Rumbo al Palacio de la Zarzuela CAPÍTULO VIII EN LA SEDE DEL MINISTERIO DE DEFENSA #5
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CAPÍTULO VIII EN LA SEDE DEL MINISTERIO DE DEFENSA #5

—Lo más parecido a un oficial de caso, pero sin serlo, será el capitán de navío en la reserva que lo conocerás hoy mismo.

Se llama Francisco Bouza. Paco para nosotros.

Trabajarás con él codo con codo. Su objetivo será transferirte información cuando lo creamos necesario.

Acumula una gran experiencia en el Centro. ¿De acuerdo?

—De acuerdo.

—Y no olvides que se te ha llamado solo para salvar a la Corona.

Una Corona que, a día de hoy y aunque te pueda sorprender, ya ha perdido una parte importante de Cataluña por mucho que se empeñe con los premios princesa de Gerona.

La legislatura se inició monárquica, pero puede acabar siendo republicana. Estamos a la espera de acontecimientos.

— ¿ Estáis seguros?

De momento solo es una razonable conjetura —responde Martínez Seco.

—Eso es lo que siempre me decía Laínez. Que la Monarquía acabaría mal.

—Te sorprenderías si te decimos que fue Laínez quien nos aconsejó que te visitáramos en Zamora cuando lo de la Paula Andrea.

— ¡ Coño con Laínez! ¿También es numerario del CNI?

—Digamos que era una persona muy entrañable, pero su progresiva inclinación hacia la extrema derecha no le permitía aproximarse más de la cuenta al Centro.

Necesitábamos un tipo como tú, que siempre vas a tu aire.

Tan pronto te metes con la izquierda como con la derecha.

En otras palabras, disfrutas quedándote solo. Tienes madera de héroe.

—Es posible, pero en honor a la verdad, critico m ás a la izquierda que a la derecha . Una estricta neutralidad y a pesar de haber sido policía me habría aburrido —replica Matías.

—Tu afirmación no te hace menos peligroso para la derecha. A más de uno de derechas y por tráfico de droga lo jodiste. Recuerda que lo sabemos todo de ti.

—Todos somos iguales ante la ley —replica de nuevo nuestro comisario jubilado al tiempo que recupera a Laínez. —O sea, que Laínez es uno de los vuestros.

—En efecto —responde Martínez Seco.

—Hace mucho tiempo que no sé nada de él. Hoy mismo le telefonearé.

— ¿Has estado atento al tiempo verbal que hemos utilizado cuando nos hemos referido a Laínez, Matías? —pregunta Martínez Seco.

—Por supuesto. Habéis utilizado el pasado. ¡Joder! No me digáis que ha muerto.

—Están muertos. Tanto él como su esposa.

—Será por eso que no me enteré. Su esposa me habría telefoneado. Conocía nuestra amistad y yo habría acudido a su entierro. Laínez me caía bien. Y… ¿de qué murieron?

—De nada que se salga de lo común. Primero murió su esposa de cáncer y él la siguió con un ataque de corazón. Se dijo que no soportó la separación. Demasiados años juntos.

—Hacían una buena pareja. ¿ Y cuánto tiempo hace que murieron?

—No mucho. Hará unos seis meses. Se llevaron pocos días el uno del otro—contesta Alfredo.

— ¡Vaya! Nos felicitábamos por Navidad —añade Matías con la ayuda de una cierta mirada perdida.

—Pues ya ves, Matías —interviene Martínez Seco—, nacemos, vivimos, nos reproducimos y morimos. Lo importante es saber y poder morir lo más dignamente posible.

— ¿ No sufrió?

—Murió en su residencia de la tercera edad mientras dormía. Una de las trabajadoras sociales a eso de las siete de la mañana se lo encontró en la cama disfrutando del sueño eterno tal y como tú lo llamas.

—Una muerte dulce sin lugar a duda y, claro está, muy digna.

Ya la querría para mí —responde Matías y añade—: y aunque nuestros debates políticos no coincidían del todo debido a su radicalismo de derechas, permitieron que naciera entre nosotros una gran amistad a lo largo de aquellos siete años zamoranos.

—Como te acabamos de decir no tuvo que pasar por ninguna decadencia física. Solo el sufrimiento al ver cómo transcurrió el último año de la vida de su esposa—ratifica Alfredo.

— ¿Se le hizo la autopsia?

—Se nota que eres policía, Matías. ¿Por qué se la tenían que hacer? —pregunta Martínez Seco.

—Pues… por ser un agente infiltrado del CNI. ¿No es motivo suficiente? En fin, me pregunto por qué nadie me hizo saber su deceso.

—No te lo sabría decir—le responde Martínez Seco con un exagerado encogimiento de hombros.

—Si algún día me doy una vuelta por Zamora igual le hago una vista al cementerio para mantener mi última conversación.

Soy todo un experto hablando con cadáveres.

Mantuve una interesante conversación en el Instituto Anatómico Forense de Zamora con el Alejandro, mi querido narco colombiano, y también con Paula Andrea, que yacía cadáver en plena calle.

—Hidalgo y yo sí fuimos a su entierro. Todo normal. Nada sospechoso. Piensa que si tus viejos compañeros zamoranos hubieran sospechado algo te lo habrían hecho saber —interviene Alfredo.

—Seguro que sí. Guardo buenos recuerdos de todos ellos.

—Lo sabemos —responde Alfredo.

—Y hoy conoceré al que será mi compañero de la Armada y con el que al parecer tendré que compartir información. ¿No es así?

—Eso es lo que te acabamos de decir. Tu misión, Matías, corre prisa.

—Tomo nota de vuestra advertencia—responde Matías colocando su mano derecha a la altura del corazón y generando de nuevo su clásica mueca facial a lo Lee Marvin.

—Dado que en tu último caso como inspector jefe de Usera te enamoraste del Gran Café Gijón por su tradición literaria y artística, nos pareció un buen inicio para esta misión que tu primer encuentro con Francisco Bouza fuera también en otro café con una tradición parecida.

¿Has visitado alguna vez el Café Varela? —pregunta Martínez Seco.

—No, pero he oído hablar de él. Me consta que no queda lejos de la plaza del Callao.

—En efecto. Calle Preciados, 37. Abrió sus puertas en 1884 y, al parecer, acudía la flor y nata de la literatura de antaño.

Según tenemos entendido, no faltaban personajes como Unamuno, Pío Baroja o los hermanos Machado.

Y de no ser que a la hora del almuerzo queremos que estés en tu casa para evitar que Concha se ponga nerviosa, te podrías zampar una buena fabada asturiana.

— ¿No podría ponerme previamente en contacto con Concha para dar buen cumplido de esa fabada que, al parecer, me voy a perder?

—Por hoy será suficiente un rato de charla con Bouza acompañada de alguna que otra tapa.

— ¿Alguna recomendación? —pregunta Matías a salto de mata.

— ¿De qué tipo? —preguntan.

— ¡ De qué va a ser! ¡De tapas!

—Prueba sus anchoas del Cantábrico. En cualquier caso, deja que las tapas las escoja Bouza, es un habitual del Varela —responde Martínez Seco.

—Si esa es vuestra recomendación, las probaré. No tengáis la menor duda.

—Y si tienes suerte, quizá coincidas con el escritor Juan Manuel de Prada. ¿Has oído hablar de él? —pregunta Alfredo.

—Hace años que Concha y yo leímos La Tempestad . Mi hija, que es una gran lectora, sé que también ha leído alguna de sus obras y no sé por qué, pero juraría que algo tiene que ver con Zamora.

—No te equivocas. Sus padres eran zamoranos y vivió en Zamora durante un cierto tiempo.

—Lo veis. Mis siete años destinado en Zamora de algo me tenían que servir.

También me enteré de que el poeta León Felipe había nacido en Tábara, un pueblo de la provincia al que tuve que acudir por un asesinato.

Una operación combinada con la Guardia Civil.

Y todavía había otro escritor de un pueblo muy cercano de Tábara del que ya no recuerdo su nombre. Me consta que todavía vive.

Martínez Seco pulsa un botón de su interfono de mesa y le pide a una de sus secretarias que localice el nombre de un escritor zamorano actual nacido en un pueblo cerca de Tábara , provincia de Zamora.

Ante la sorpresa de Matías, Martínez Seco le hace saber que en el CNI son muy meticulosos tanto con los grandes como con los más insignificantes detalles. Incluidos los que no vienen al caso.

—Hoy no sería capaz de dormirme sin conocer el nombre de dicho escritor —afirma Martínez Seco.

— ¡ Caramba con el CNI! Algo zumbados sí que estáis.

Se abre una lucecita roja del interfono y llega una respuesta casi instantánea.

—Jesús Ferrero. Santa Eulalia de Tábara. 1952.

— ¡ Qué secretaria más eficaz! —exclama Matías.

—Es la wikipedista de guardia para asuntos informales. Nada más.

—A propósito, en el CNI, ¿se lee mucha literatura? —pregunta Matías con cierta picardía.

—La suficiente para un país que no lee —responde Martínez Seco.

Y Alfredo añade:

—En alguna ocasión leemos libros aconsejados.

— ¿ Qué clase de libros?

—Qué te diría yo… Todos los cielos conducen a España de José Manuel García-Margallo. ¿Te suena?

— Últimamente s olo me suena el García-Margallo televisivo.

Y con una sonrisa ayudada por un movimiento positivo de cabeza Matías no abandona el mundo de la cultura literaria.

—Mi último caso como inspector jefe y como muy bien habéis dicho, me vinculó al Gran Café Gijón.

El Gijón me llevó a descubrir a Francisco Umbral y, de rebote, también me llevó a la provincia de Zamora.

Su esposa era zamorana. Se llamaba o se llama España.

Un nombre muy patriótico. Y no es necesario que le pidas información inmediata a tu secretaria wikipedista.

Te lo confirmo: era zamorana. Puedes dormir tranquilo —agrega Matías con sutil ironía.

—De acuerdo. Información confirmada.

—Y otra cosa. Uno de los camareros del Gijón, que me sirvió de confidente, también me mostró la mesa que todavía debe utilizar Arturo Pérez-Reverte.

—Lástima que no fueras escritor, Matías.

—Mejor que no. De haberlo sido no habría cazado al asesino del catedrático y académico. Era un cliente fijo del Gijón y entre la amistad y su tertulia quién sabe si no me hubiera olvidado del delito.

—Es posible —afirma Alfredo—. Seguro que existe una solidaridad entre las almas bohemias, aunque a veces el arte también comporta celos, envidias y plagios. Este último, si no estoy mal informado, fue el causante del caso que te encargaron resolver, ¿no es cierto?

—Cierto. Lo fue.

—Y lo cazaste, pero se te suicidó.

—Así es. Su suicidio me cogió de sorpresa. No quiso asumir el deshonor que le caía encima. Quizá fue el último suicidio en España por honor.