CAPÍTULO VIII EN LA SEDE DEL MINISTERIO DE DEFENSA #2
—Si lo que quieres saber, Arturo, es si he leído documentación específica vuestra, novelas de espías, libros de agentes jubilados españoles o visionado películas a lo largo de estos años pensando en vosotros, te diré que no.
Y no solo eso. No he leído ningún libro sobre las cloacas del Estado y, aunque te parezca mentira, no he prestado la atención debida cada vez que en los telediarios sale alguno de vuestros escándalos o alguna de vuestras malas prácticas.
— ¿ Me puedes ofrecer algún ejemplo de esas malas prácticas que ofrecen los programas de las diferentes cadenas de televisión o ciertos artículos periodísticos?
—Hace pocos días volvieron a salir como de costumbre unas conversaciones muy comprometedoras del excomisario Villarejo.
— ¿ Solo de Villarejo?
—Solo. Por cierto, da la sensación de que en España solo tenemos ese agente secreto.
Siempre sale él . Con su gorrita inclinada hacia adelante, sus gafas de sol y su cartera atrapada y presionada sobre el pecho.
Una carpeta que, por la fuerza con la que la atrapa, debe estar repleta de documentos clasificados poco recomendables.
—Tranquilo. La estrategia funciona. La ciudadanía, vía medios de comunicación , ya se ha acostumbrado a Villarejo.
Es importante que a los españoles nuestras cosas les lleguen en pequeñas dosis.
¡Qué sería del CNI si no saliera n en la tele Villarejo tal y como salió en su día el pequeño Nicolás!
Alguien tiene que salir. Como muy bien sabes, nuestras cositas siempre están bajo secreto de sumario sean ciertas o no.
¿Nunca te pasaste por vuestra Brigada Operativa de Apoyo mientras estuviste en activo?
— ¡ Qué dices! Ni loco. Entre mi clientela de Usera primero y la de Zamora después tenía más que suficiente.
—Está bien… pero alguna novela de espías habrás leído, ¿digo yo? —le espeta Martínez Seco.
— ¿Qué queréis que os diga? De espías propiamente dichos leo pocas. Solo sé que una buena mentira tiene un valor incalculable si se sabe transmitir… ¿Prosigo?
— ¡Prosigue! ¡Prosigue! A ver adónde nos llevas —le invita Martínez Seco.
Matías inicia su perorata con el propósito de dar golpes de ciego lo más contundentes posible por aquello de si cuelan, cuelan.
—Está bien. Una casa de espías siempre ha de tener dos puertas.
Es mala para guardar, cierto, pero buena para escapar.
Y tanto para las novelas como para las películas, una buena persecución de coches a la americana y un ratito de sexo no está nada mal, aunque solo un ratito.
Por cierto, hablando de sexo me pregunto por qué los novelistas y los cineastas nos ofrecen una amplia visión de la anatomía femenina y, en cambio, son tan tiquismiquis ofreciendo la anatomía genital masculina tanto en toda su extensión como en su mínima flacidez.
— ¡ Joder, Matías! Si alguien te oye creerá que eres maricón —interviene Alfredo.
— ¡ Bah! Son muchos los machos que se pirran por exhibir sus penes o por ver los de los otros en los lavabos públicos de Madrid.
Supongo que solo se trata de un ejercicio comparativo.
A ver quién lo tiene más grande. No creo que las cosas vayan más allá.
Otra cosa muy diferente eran los puntos de reunión de los chaperos que teníamos localizados.
Los desmantelábamos, cazábamos los clientes, más de uno navegando por la tercera edad, pero los soltábamos.
Al fin y al cabo, los jueces también los absolvían. No sabían qué hacer con ellos.
— ¿ A quiénes absolvían? —pregunta Alfredo.
—A todos. Por las propias confesiones de los chaperos a favor de los clientes, por las desconsoladas peticiones de los clientes que no les arruináramos sus vidas y las de sus familias y porque había tantos chaperos que nosotros tampoco sabíamos qué hacer con ellos.
Y encima, la mayoría eran menores de edad.
Además, no te imaginas el barullo legal que rodeaba su mundo. ¡Menudo país tenemos!
—No te excites, Matías —le aconseja Alfredo.
Y Martínez Seco le pregunta:
— ¿ Dirías que los bajos fondos de Madrid han crecido con la democracia?
— ¿Si han subido? ¡Claro que han subido!
La violencia juvenil, las bandas latinas y los chaperos siempre han existido.
Sin embargo, la mancha aceitosa del mal se ha extendido hasta alcanzar límites inimaginables.
E l acoso escolar se ha disparado. Un mal síntoma.
Y si a ello le sumamos el alcohol y la droga en sus múltiples versiones; el ínfimo apoyo que dan las autoridades a los maestros, algunos incluso caen en depresión; y la conducta de ciertos padres en los partidos de fútbol de sus hijos, pues…
no veas. ¿También lo habéis notado en el CNI?
—También, pero se lo dejamos a la policía. Claro que encontrar a un espía extranjero camuflado entre la prostitución es algo muy viejo. Y si encontramos a alguno circuncidado no deja de ser un detalle interesante.
Matías se encoge de hombros y retomando el hilo inicial de la conversación que ha iniciado Martínez Seco añade:
—En cuanto al suspense que se supone debe acompañar al mundo de los espías tiene más mérito el de las novelas que el de las películas.
— ¿Por qué? —interrumpe algo sorprendido Martínez Seco.
—Como le quites el sonido a una película se va a freír espárragos el suspense.
—Más que probable —afirma Alfredo.
— ¿ Cómo que más que probable? Demostrado.
Concha, que es una miedica, se lo quita cuando ve una película de terror en la tele.
Cuando reina el silencio el miedo se convierte en una gansada.
Claro que hay gente que, en vez de taparse los oídos, cierra los ojos o se ríe para combatir el miedo.
Eso es lo que hacía yo de niño. Y que conste, no era un miedica, pero el jodido de Fu Man Chu ¡N os daba cada sobresalto!
— ¿Es cierto q ue estás escribiendo una carta al Vaticano para que compense los miedos que muchos niños pasaron por culpa del pecado y del infierno que los curas inventaron?
— ¡Coño! ¡Coño! Lo sabéis todo. Pues sí. Fueron tantos años que duró aquello, al menos en España, que la caja fuerte del Vaticano se quedará vacía. Estuve a punto de ir a ver al Papa cuando vino a España.
—Muchos de aquellos niños ya habrán muerto —interviene Alfredo.
—Siempre quedará algún que otro familiar a recompensar.
Memoria democrática, ya sabéis. El Vaticano pondrá mala cara, pero no se negará y Rodríguez Zapatero no protestará.
¡ Había tantos niños asustados! En el mismo saco estaban reunidos tanto los de derechas como los de izquierdas.
Reconozco que de estos últimos no había tantos porque sus padres, puertas adentro de sus hogares ejercían de contrapeso.
Sin embargo, conocí a un montón de los dos bandos y no digamos si los de derechas se acababan de hacer una paja.
Pecado mortal. Sin parvedad de materia. Y no suficiente con ello, enfermedad física que te crío.
Lesión en la columna vertebral como mínimo.
Martínez Seco, tras un movimiento lateral de cabeza y con su correspondiente sonrisa maliciosa, le recuerda que determinados métodos del CNI son idénticos a los de la Policía Nacional y Guardia Civil.
Sobre todo, en lo que respecta a crear agentes infiltrados para salvar a España y con ella, a todas las instituciones del Estado y a sus ciudadanos de un real o hipotético peligro proceda tanto del exterior como del interior.
Sin remilgos de ninguna clase. Y eso significa ir bastantes pasos por delante de lo que pueda ocurrir.
Un descuido, una lentitud, una duda y el atentado terrorista o la destrucción de la unidad de España están servidos. Y Martínez Seco insiste:
— ¿ De verdad que no has leído nada sobre nosotros a lo largo de todos estos años?
—Nada. Solo literatura y, a ser posible, policíaca. Ya os he dicho que en Zamora tenía mucho trabajo.
— ¿Estás satisfecho de que te hayamos venido a buscar? —pregunta Martínez Seco.
—Mucho. Claro que ya no soy el mismo de aquel mi primer año zamorano. Los años no pasan en balde.
—Eso es lo que se dice. Y… ¿ crees que somos tan malos como nos pintan?
—De acuerdo con ciertos periodistas sois malos, malos y por malos no quiero decir incompetentes, sino malos, malos de verdad.
— ¿Un ejemplo, Matías?
—Si vosotros denunciáis cuentas corrientes de los independentistas fuera de España, ellos afirman que no tienen cuenta corriente alguna; que los supuestos testaferros trabajan para vosotros y si los relacionáis con Rusia responden: « Todo mentira, puta mentira » .
— ¿ Te crees a los que nos difaman?
—No he dicho tal cosa. Solo que el gobierno y la justicia española lo indulta todo. Y si queda algún fleco, el Tribunal Constitucional termina por absolver o amnistiar a todo quisque viviente. ¿Es verdad o no?
—Algo de razón sí llevas, Matías —asevera Martínez Seco.
—Lo veis. Y… ¿cómo os lo montáis a nivel ético cuando trabajáis sin pruebas?
Porque yo, mientras fui policía, las pruebas siempre las tenía encima de la mesa.
Negro sobre blanco. Mis hostias nunca sirvieron para hacer cantar a nadie.
Las hostias y las cogidas de solapas solo las proporcionaba cuando cazaba a un delincuente infraganti o ante un delito repugnante.
Uno de esos delitos que, por su naturaleza, deshumaniza a la víctima y al delincuente lo convierte en una alimaña digan lo que digan los hipócritas de los buenísimos.
—De todas formas, Matías —interviene Alfredo—, algo ingenuo sí eres.
Ya te lo hemos dicho. Si nos hemos de sacrificar por la Patria o por el Estado, nos sacrificamos.
Y si hemos de cargar el muerto a alguien o si hemos de manipular la verdad, también lo hacemos.
Lo mismo que hacen todos los servicios secretos del mundo.