CAPÍTULO VIII EN LA SEDE DEL MINISTERIO DE DEFENSA
Hoy, segundo día de la verbena de la Paloma, Almudena y José Luis han intentado extraerle a Matías la máxima información posible sobre el extraño trabajo que ayer le encomendaron, pero no lo han conseguido y mañana, a primera hora, han de abandonar Madrid destino Cantabria.
Objetivo: pasar lo que les resta de vacaciones en un camping situado en San Vicente de la Barquera.
Que los muchachos respiren la brisa del Cantábrico, vean las barcas varadas por la marea baja, aprecien el sabor de las anchoas tan típicas de esa tierra, y conozcan algunos de los valles interiores de la Montaña. Ya miren al mar o a Castilla.
En cuanto a la verbena, ha seguido siendo bulliciosa como no podía ser de otro modo, pero, de tanto en tanto, Matías se desentiende de ella para pensar cómo engañará a Concha respecto a su secreta visita de mañana al Ministerio de Defensa.
Sabe cu á ndo comenzará la reunión, pero no cuándo acabará.
Pese a la duda, sospecha que a la hora del almuerzo ya estará de vuelta.
Respecto a la misión que le encomendarán, tranquilidad absoluta.
Lo que llegue, llegará. Ese es otro de sus lemas preferidos.
Y en cuanto a lo que le dirá a Concha al fin lo ha decidido.
Le explicará con pelos y señales todo aquello que le pueda explicar.
Que se sosiegue. ¿Y qué más le podrá explicar?
Tras barajar varias opciones, ha escogido un falso aniversario de un amigo de su peña taurina con el que, junto a otros compañeros, se tomar á n un espléndido vermut.
Seguro que a la hora del almuerzo ya habrá vuelto y si no ha llegado le enviará un wasap.
—Si llego tarde, no te preocupes. Ya me conoces, como si estuviera en activo.
¿Te acuerdas cuando un caso se me complicaba o cuando una banda latina me hacía trotar por las calles de Usera?
¿A qué hora llegaba a casa? Pues imagíname ahora.
Jubilado e inmerso en un aniversario con esos que tú llamas mis amigotes del alma.
Seguro que antes de las tres de la tarde estaré de vuelta.
Tras el paseo matinal del día siguiente con Dandi, Concha le ha resuelto a Matías el primer pequeño problema antes de salir con un:
—No te voy a dejar ir a ese aniversario con pantalón corto y gorrita. Al menos ve decente. Un comisario, por muy jubilado que esté, sigue siendo un señor comisario.
Matías se encoge de hombros, pero le recuerda que el sol de Madrid pica y su coronilla hace tiempo que ya ha dado paso a una amplia calvicie entre mechas de pelo negro, gris y blanco que todavía se dejan peinar.
Para Concha, la decencia ha consistido en un pantalón beige largo, una camisa blanca de manga corta, pero sin los tirantes, unos mocasines marrones y un sombrero panamá.
A Matías lo del sombrero panamá le ha parecido demasiado, pero Concha no le ha dado la razón.
Ha utilizado el mismo argumentario de Matías.
El sol de Madrid es de los que en agosto aprieta y exige cubrirse la calva.
Además, el mundo del toreo también exige señorío.
Lástima que no haya sido invierno, pues el abrigo, el traje, la corbata y el sombrero Borsalino le habrían dado más empaque.
Y antes de salir y junto al tradicional beso en la mejilla le ha pasado una bolsita de frutos secos para la media mañana.
Que se tome el café en una cafetería, pero nada de cruasanes.
Ante la clásica expresión de Matías —un día es un día, mujer—, la respuesta no ha encerrado ninguna duda.
Frutos secos y punto. Y que les recuerde a sus amigotes que es diabético. Como más pronto lo diga, mejor.
— ¡Hace años que lo saben! —ha sido la respuesta.
—Por eso mismo —replica Concha—. —Porque son tus colegas no les importará insistir en lo que tú mismo has dicho: «U n día es un día » . ¡Sí los conoceré yo a esos truhanes! Si te sube el azúcar, ellos se desentenderán y seré yo la que me cargaré con el muerto.
— ¡Joder, Concha! Asustas al más pintado.
Tras el correspondiente transbordo de la línea tres del metro a la seis, Matías se ha detenido a una distancia prudencial de la fachada del imponente edificio del Ministerio de Defensa, sucesor del que un día fue el Ministerio de Información y Turismo.
Dirige su mirada hacia la no menos impresionante fachada con sus seis columnas, una breve escalinata y unas puertas de cristal con marcos dorados.
No tarda en divisar a Alfredo que viste traje azul claro, se está retocando en este instante el nudo de su corbata azul y también otea el horizonte.
Sus respectivas miradas ya se han encontrado.
Tanto el uno como el otro inician su mutua aproximación y tras unos amigables y distendidos saludos se dirigen hacia la puerta central.
Tal y como quedaron anteayer, Alfredo, sin añadir ningún detalle nuevo, lo acompaña al despacho del coronel Arturo Martínez Seco.
Mientras caminan, solo una sonriente y pícara pregunta de Alfredo.
¿Qué tal capeó ante su familia el sorprendente alcance del Audi?
¿Se tuvo que someter a un intenso interrogatorio?
La respuesta de Matías no puede ser más optimista.
El alcance alertó al c ó nclave familiar, pero el susto fue minimizado.
Es más, se diría que la preocupación y quizá por la tradición policial de todos sus miembros les gustó la sorpresa salvo a Concha.
En cualquier caso, se mantuvieron ciertas reticencias.
Y esta mañana, Concha no ha podido tener una idea mejor.
Le ha dicho que fuera lo más elegante posible.
Y no se ha equivocado. El CNI, al parecer, también viste elegante, al menos en el paseo de la Castellana.
Un par de golpecitos en la puerta del despacho del coronel Martínez Seco seguidos de un «¿ Se puede?
» , de Alfredo, y de la consiguiente respuesta: « ¡P asad!
¡Pasad! » . Martínez Seco, de pie y vestido también de paisano —traje azul marino, camisa blanca y corbata rojiza—, le estrecha la mano a Matías.
—Tenía ganas de conocerte personalmente, Matías. Ya me han hecho saber que te gusta que te tuteen y que tanto monta, monta tanto un coronel como un comisario jefe provincial del Cuerpo Nacional de Policía —le dice Martínez Seco con la ayuda de una amplia y espontánea sonrisa.
—Eso es lo que creo. Claro que también nos podríamos tratar mutuamente de usía. Si no ando equivocado ese es el tratamiento que recibís los coroneles y que os debe dar una cierta prestancia y satisfacción.
—Hoy en día todo se ha democratizado. Con un mi coronel es suficiente. Y contigo con un simple Arturo.
Matías inclina lateralmente el cuello e interviene.
—Como le dije ayer a Alfredo, sospecho que en el CNI y, a la vista del Audi A8, vais más holgados de dinero que cuando yo estaba destinado en Zamora.
Será porque vivís en Madrid o por las necesidades de vuestro servicio.
Mientras ejercí en Zamora mantuve pocas reuniones de trabajo en restaurantes de categoría, más bien usábamos barras bien surtidas de tapas y pinchos de palillo a precios asequibles.
—En Madrid, y como muy bien sabes, no nos quedamos cortos en lo del tapeo —responde Martínez Seco.
Al tiempo, agrega:
—En fin, supongo que a lo largo de todos estos años habrás pensado en más de una ocasión que un día u otro apareceríamos en tu vida.
—Lo he pensado. No te voy a mentir, pero al cruzar la frontera de la jubilación bajé algo la guardia. Estaba convencido de que ya os habías olvidado de mí.
—Y sospecho que te habrás informado de cómo funcionamos en el CNI. ¿Me equivoco?
—No creas, Arturo. Cada día que pasaba el número de delincuentes crecía y el trabajo se me acumulaba de tal manera que no me quedaba tiempo para conocer vuestro funcionamiento o vuestro organigrama.
Supongo que te habrán dicho que siempre he sido un policía callejero.
Todo un podenco y, al mismo tiempo, todo un hidalgo español.
Interpreta esto último como te parezca. Y si a la calle le sumas el despacho, no veas las horas extras que me he tirado trabajando y sin cobrar extra alguna, pero la vocación es la vocación. ¿No piensas como yo?
—Lo pienso. No hay descanso para el personal del CNI. Siempre hemos de estar al acecho. Y eso quiere decir que yo sé más de ti que tú de m í .
—No te quepa la menor duda y no te lo tomes a mal, pero no sabía ni que existías.
Y volviendo a mi trabajo de policía siempre digo lo mismo.
No sé adónde vamos a ir a parar con la sociedad de hoy en día.
Me pregunto qué va a ser de la juventud actual.
¿ Qué va a ser de nuestros nietos? ¿Tienes nietos, Arturo?
—Cuatro. Dos por cada uno de mis dos hijos, pero desengáñate, Matías.
Cada generación ha de hacer frente a sus problemas.
Nuestros padres y abuelos tuvieron que hacer frente a una guerra y a una posguerra.
Sin embargo, sobrevivieron. Igual que los tuyos.
He seguido su rastro. Conozco tus orígenes y tu trayectoria profesional.
— ¿N o tendréis por casualidad un agente infiltrado del CNI entre mis colegas atléticos o taurinos?
—Con una aproximación visual y acústica fue más que suficiente.
Fútbol, toros y política conforman la trilogía de vuestros encendidos debates tanto si camináis por la calle como si os aposentáis en uno de vuestros bares.
Tus opiniones sobre la situación de la Monarquía y tus diatribas sobre el trato que recibe la Policía Nacional y la Guardia Civil por parte del Ministerio del Interior son de antología.
Y, te lo repito, Matías, ¿ de verdad que no te has interesado por el CNI en estos últimos tiempos? ¿ De cómo trabajamos, por ejemplo?