CAPÍTULO VII LA CONFIGURACIÓN DEL EJE JAIME-MATÍAS #2
—Austero, pero muy digno. Localicé una imagen restaurada y de medidas más que razonables en Casa Nazaret. ¿La conoces?
—Sé que existe, pero no he estado nunca. Supongo que debe localizarse en nuestro intrincado y viejo Madrid.
—Sí. Junto a la Iglesia de San Ginés. Y poco a poco lo fui enriqueciendo. Encargué a un ebanista un reclinatorio. Madera de haya con su correspondiente apoyabrazos y con una base acolchada de terciopelo rojo.
—Te debió quedar muy elegante.
—La verdad es que sí. Y poco a poco lo fui completando. Compré una hornacina para la Virgen y reforcé el cableado eléctrico para que resistiera un potente foco y un respetable número de velas eléctricas.
—Me voy haciendo una idea —responde Matías que ya ha expulsado su sorpresa inicial, pues de no hacerlo o solo hacer ver que lo hacía, habría sido un hipócrita y habría demostrado una falta de respeto y confianza hacia su recién conocido compañero.
Si Jaime le ha hablado de su oratorio, piensa Matías, es porque le habrán hecho saber que él es un hombre sincero, espontáneo y capaz de meterse en la piel de cualquier persona.
Un personaje que comprende los problemas de los demás, aunque no esté de acuerdo con algunos de ellos.
No en vano, entendía muchas de las causas que hacían delinquir a sus malhechores.
Cuando las entendía se inhibía de repartir hostias.
Todo lo contrario. Desde su ética les ofrecía el mayor número de consejos o incluso apoyo a sus familiares.
Así es Matías. Algunos regalos anónimos de juguetería o unos cuantos billetes llegaban a su destino en sobre cerrado y sin tarjeta adjunta si descubría el origen humilde de la familia del culpable.
De todas formas, Matías reconoce que tras el trance por el que tuvo que pasar Jaime, buscar el apoyo en la Virgen y en Chester fue, por muy extraño que pueda parecer, una decisión acertada.
Claro que no le ha preguntado si tiene hermanos o si todavía viven sus padres.
Unos apoyos siempre necesarios. Jaime, sin que se lo pregunte, lo intuye y se lo hace saber:
—Mis padres y mis suegros, tras la muerte del nieto ya no se rehicieron. Siguen viviendo en Madrid, pero sumergidas ambas familias en la tristeza. Y mi hermano vive en Toledo ciudad. Ganó una plaza de médico adjunto en el Hospital Universitario y su esposa, en el Virgen del Valle. Tienen dos niños.
—Entiendo a tus padres y a tus suegros. Si un día necesitas hablar de ello conmigo y pese a los años transcurridos no lo dudes.
Cuando me ofrezco, me ofrezco de verdad.
De la misma forma que me ofrecí a Ibáñez, el comisario jefe de Zamora al que relevé en el mando.
Su esposa murió de cáncer el segundo día que yo llegué a Zamora y su hijo quiso ser mujer. Murió en el intento.
— ¿Una complicación médica?
—En absoluto. Fue víctima de la incomprensión de ciertas personas. En otras palabras, un suicidio provocado por la maldad de los que van por la vida diciendo que son unos santos. En definitiva, unos hipócritas.
—Totalmente de acuerdo contigo, Matías. Sobran los falsos y faltan las buenas personas. Las buenas personas de corazón.
Final de trayecto. Matías, tras despedirse de Jaime con un fuerte apretón de manos, se baja del Audi satisfecho.
Ha sido un honor que el CNI se haya acordado de él y lo haya devuelto a la vida activa sea cual sea la misión exacta que le tengan preparada respecto a la Corona.
Y, mientras sube en el ascensor, sabe que ha de improvisar una explicación porque su familia lo debe estar esperando angustiada.
Y así es. José Luis y Almudena lo esperan en el comedor y no las tienen todas consigo.
Concha está en la cocina a oscuras por culpa de la migraña.
Se ha tomado un ibuprofeno acompañado de un vaso fresco de leche con unas gotitas de brandy.
Lo del brandy es una tradición tan familiar que de invernal se convirtió en permanente.
Seguro que ha sido la preocupación la que le ha despertado uno de sus súbito s y viejos conocidos ataques de migraña que ha llegado, como de costumbre, con una breve aura en ambos ojos.
Ante el ambiente de preocupación que se respira, Matías y a fin de ganar unos minutos para improvisar una explicación plausible y desorientadora al mismo tiempo opta por dirigirse a buen ritmo al servicio con un « Ahora os lo explico » .
Matías, tras mirarse al espejo un instante y completar una inspiración profunda, sale y se sienta en su butacón orejero.
Dandi se sienta a sus pies para recordarle que por muy bien que se encuentre rodeado del resto de la familia, su dueño es él.
Nadie mejor que un perro para reconocer la cúspide jerárquica en una familia.
Concha es una mandona, pero Matías asume el mando en plaza.
Eso es, juego, paseo y cuenco lleno de pienso dos veces al día.
Almudena y José Luis, con cara de circunstancias, le preguntan ansiosos cómo se ha resuelto el desenlace.
Concha regresa de la cocina con su mano derecha sobre los ojos para que la oscuridad ayude a liquidar los últimos destellos de su aura y se sienta en su propio butacón orejero.
Matías toma la palabra. Sabe que el silencio o cualquier atisbo de duda en esta ocasión son contraproducentes.
—Bueno, familia, ya tengo un nuevo trabajo.
Si queréis que os diga la verdad, echaba en falta algo de entretenimiento.
Y no me preguntéis nada que no debáis preguntar.
Solo os puedo decir que hay alguien que confía en mí.
Cuando uno es buen profesional, es buen profesional, ¡qué coño!
Como siempre digo, la jubilación debería llegar cuando cada persona lo decidiera si sus condiciones físicas y mentales se lo permitieran y sin quitar el trabajo a nadie.
A mí no me habría importado alargar algo más mi vida profesional.
Con una media jornada me habría conformado.
Hay profesiones que se llevan muy adentro digan lo que digan esos de Sumar con la señora Yolanda Díaz a la cabeza.
—No me digas, Matías —interviene Concha—, que te han encargado algún trabajo privado. ¿Te llamaron de alguna empresa de seguridad y no me lo dijiste?
—No me llamaron de ninguna empresa. Si me hubieran llamado, te lo habría hecho saber, mujer. ¡Mira que eres desconfiada! Solo puedo deciros que me han encargado un trabajito de nada.
— ¿ Qué clase de trabajito, papá? —pregunta Almudena manteniendo su preocupación no solo por ser su hija, sino también por ser inspectora jefe de la UFAM.
—Un trabajo de vigilante. Nada que se salga de lo normal.
— ¡Ya! —exclama una incrédula Almudena al tiempo que es interrumpida por Concha con su característico tono elevado de voz.
— ¿Pero para qué querrá este hombre un trabajo ahora, digo yo?
¿Para que algunos de esos jóvenes que van colocados le monten un cirio a la puerta de una discoteca o para que unos ladrones le den un susto de muerte?
Si como ahora no había mos vivido nunca.
¿ Y se puede saber quiénes te han encargado el trabajo y qué clase de trabajo?
—Ya os he dicho que no me preguntéis nada, pero para que os quedéis tranquilos se han limitado a decirme que la Monarquía necesita protección.
Y hasta aquí puedo llegar. De todas formas…
¿No me diréis que para un monárquico como yo no es un gran honor y una inmensa satisfacción que me hayan hecho saber que la Corona necesita de mis servicios?
—Si usted lo dice, señor Matías…—interviene de nuevo José Luis con el apoyo de una insegura y media sonrisa.
—Lo digo y lo afirmo, José Luis. Así como me veis, podría ser el puntal jubilado, diabético y prostático más sólido de la Monarquía en Madrid. Y si me lo proponen, de toda España. Del extranjero no puedo decir lo mismo, ya sabéis que mi inglés necesita del pinganillo.
—Lo sabemos… lo sabemos… no te puedes imaginar hasta qué punto lo sabemos —interviene Almudena con un profundo suspiro que refleja de alguna manera lo pesado que se pone su padre con el inglés.
— ¡Matías! —grita Concha de nuevo con su característica voz subida de tono gracias a que su ataque de migraña ya se encuentra en claro retroceso.
— ¿¡Qué!? Y no grites tanto, ¡joder! ¡Que te va a oír todo el vecindario y vas a despertar a los nietos! ¡Que ya son más de las tres de la madrugada! —pregunta y se queja Matías al mismo tiempo.
—Haz el favor de decirnos la verdad y deja la Monarquía en paz. Dinos algo que, al menos, nos tranquilice, aunque solo sea un poco, porque de ti no me fío un pelo. Lo de la Monarquía y conociéndote como te conozco, no es otra cosa que una de tus tantas astucias para salir del paso.
—Está bien, Concha. Cuando hace siete años disparé a la Paula Andrea mi trayectoria profesional estaba a punto de irse al garete y…
hubo quien me echó un cable a cambio de devolverles el favor.
Y ahora he de devolver el mencionado favor.
Y os lo repito. No me preguntéis nada más. No voy a decir ni mu.
Almudena interviene de nuevo.
—Papá…
— ¿Qué? —pregunta Matías echando mano de un paciente tono de voz.
—Si te hicieron ese favor y te dijeron que se lo cobrarían, deduzco que tú nunca lo has olvidado.
—Se nota que eres policía, Almudena. De tarde en tarde lo he recordado, pero sin inquietarme. Ya me conoces.
—Te conozco, papá. No te ha cogido desprevenido el alcance de esta noche. Te has preparado durante todos estos años, ¿verdad? Estoy convencida de que tú vas por delante de ellos, sean quienes sean los que estaban en el Audi. ¿Me equivoco?
—No te equivocas.
—¿Y no has podido escoger mejor excusa que la de la Monarquía?
—He dicho que no diré ni mu. Demasiado que he dicho. Y ahora a dormir. Mirad cómo Dandi ya se ha ido a su colchón.