Rumbo al Palacio de la Zarzuela CAPÍTULO VI EL CNI PRESENTA SUS CREDENCIALES #10
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CAPÍTULO VI EL CNI PRESENTA SUS CREDENCIALES #10

—Siguió nuestro consejo. En la dana de Valencia Felipe VI ejerció de Rey ante el pueblo enfurecido y los puntos que elegimos de Cataluña fueron calculados al milímetro.

La Iglesia Católica por muy montserratina que sea siempre juega con dos barajas y Badía del Vallés sabíamos que no nos iba a defraudar con sus alcaldes socialistas desde que se fundó el pueblo.

—¿Un pueblo nuevo?

—Un pueblo nuevo.

—Seguí sus visitas por la tele. Fue todo un éxito. Pero, ante los que ponen palos a su rueda, ¿no se enfada nunca ?

—Frunce el ceño.

—Ya que lo dices, en más de una ocasión se lo he visto hacer. De ahora en adelante no perderé el detalle cuando lo vea en la tele —responde Matías con una amplia sonrisa.

Y Alfredo prosigue:

Con la llegada de Salvador Illa a la Generalitat y como ya te he dicho, las asperezas han descendido considerablemente. ¡Ha bía cada una! Los funcionarios encargados del protocolo iban de puto culo, pero ¿qué podían hacer? Nada. Solo esperar acontecimientos.

—Acontecimientos que están a punto de llegar. ¿No es así?

—Así es. De no estar seguros, no te habríamos convocado.

—Me lo imagino. Los desplantes del Gobierno de Cataluña y del propio Gobierno central los conoce todo quisque, pero los del Gobierno Vasco parece que pasan más desapercibidos. ¿No crees? —pregunta Matías con su clásico pícaro tono de voz.

—El Gobierno del País Vasco es más elegante, más educado, pero no menos peligroso.

Cuando lo crea conveniente se en frentará al Rey, sobre todo si la izquierda abertzale lo derrota en las urnas.

Entonces lo boicoteará para no ser menos que los de Bildu.

Cualquier motivo le valdrá. Que si el País Vasco nunca ha apoyado la monarquía hereditaria; que la inviolabilidad del monarca es intolerable; que por qué su Majestad no visitó la Casa de Juntas de Gernika.

Por cierto, esta última fue la razón por la que no acudió el lehendakari a la jura de la Constitución de la princesa Leonor. ¿Te enteraste?

—No presté la debida atención. Esos vascos no son latinos. No son de los nuestros.

— ¿Qué has querido decir con eso de que no son de los nuestros?

—Nada. A veces sueño que todas las lenguas hijas del latín deberían configurar una gran unidad política tanto en Europa como en América.

Y por soñar que no quede. Me habría gustado que Roma no hubiera perdido el norte de África.

Si mis sueños se hubieran convertido en una realidad ¡qué mar Mediterráneo más hermoso tendríamos!

—El País Vasco también es hermoso.

—No digo yo que no. ¿Quieres que te sea sincero?

—Más vale que te calles.

—Me callo y tal y como lo pintas, parece que estáis totalmente seguros de que el Rey y la princesa Leonor avanzan a toda máquina hacia el precipicio cargados de un desbordante optimismo.

—Mejor no lo podías definir. Las monarquías europeas y, aunque no lo digan en público, se están poniendo nerviosas.

Todas creen que la monarquía española es tan constitucional, hereditaria e inviolable como ellas, pero si cae, caen todas.

Nunca hay que descartar el efecto dominó, aunque es cierto que todas están muy enraizadas en sus respectivos países.

Sin embargo, si algún miembro directo de la familia real ha co metido un delito, va a la cárcel como cualquier hijo de vecino. Así sucedió en Noruega.

Matías no desaprovecha la afirmación de Alfredo.

—Aquí también hubo quien visitó la cárcel y según Concha, experta en tales materias, el noruego no pertenec ía a la Casa Real.

— ¡Coño con Concha! ¡ Hay que ver lo enterada que está!

—Ya sabes, una empedernida seguidora de la alta sociedad. En cualquier caso, las monarquías escandinavas son muy populares y la inglesa, no digamos.

—También hay antimonárquicos en el Reino Unido, pero, ¿ qui é n nos iba a decir que en España los bolivarianos de Podemos y los comunistas de Izquierda Unida y de Sumar se multiplicarían tan rápido; que la socialdemocracia desaparecería con Rodríguez Zapatero y Pedro Sánchez a la cabeza; y que los separatismos alcanzarían el grosor que han alcanzado?

Hemos de reconocer que la monarquía española no ha tenido suerte.

Sus enemigos están consiguiendo sus objetivos y a buen ritmo.

Pactan entre ellos cualquier cosa. El no y el sí se funden en una única amalgama antimonárquica.

¡Y qué decir de la derecha y de la extrema derecha!

—No sé qué decirte, Alfredo. No he perdido la esperanza en el pueblo español. De momento se hace el despistado por culpa de la gran cantidad de euros que les caen del cielo, pero quizá reaccione si las cosas se complican.

—Lo dudo, Matías. Es el pueblo quien vota y da la mayoría a los enemigos de la Corona.

Ya en su día intuí que Rodríguez Zapatero pondría en una situación difícil a España.

No vio o no quiso ver la crisis económica de 2008; no respetó la bandera de los Estados Unidos en aquel desfile de la Hispanidad; no sabía hablar inglés…

¿Qué le quedaba? Subirse al tren de la Alianza Bolivariana para América.

No le quedaba otra si quería acabar con el capitalismo y el imperialismo yanqui y, de paso, acercarse a China.

Y no creas que nos lo ha puesto fácil. Si al final Trump da un puñetazo sobre la mesa, España lo pagará caro.

— ¿El diluvio? —pregunta un sonriente Matías.

—De momento, tenemos suficiente con alguna que otra dana.

—En fin. ¿Sabes?

— ¿Qué debo saber , Matías?

—A mí, Isabel Ayuso me cae bien. Es igual de espontánea que yo.

—Lo sabemos, pero si no se mueve rápido, su tiempo se agotará. La política es la esencia de lo vertiginoso.

— ¿Y el CNI qué piensa de Isabel Díaz Ayuso?

—Nunca preguntes nada sobre la opinión del CNI respecto a un político. Como te he dicho, t ú , a lo tuyo. Lo que tengas que saber ya se te dir á en su momento.

Matías, con la mirada fija, guarda silencio. ¿Silencio? Imposible. Él ha de seguir murmurando en voz baja venga o no a cuento.

—No hace muchos días leí que muchos de los nuestros habían dado la razón a Méjico cuando nos acus ó de haber liquidado a los indígenas. ¡Será posible! Me pregunto por qué nuestra izquierda odia tanto el pasado colonial de España.

—Pregúntaselo a tu amiga Ayuso cuando regresó de Méjico. Y a ver si te puedo seguir informando sobre tu misión.

Matías le mira de reojo, pero no se queda callado.

Sin dejar de musitar se lamenta pese a ser hombre de derechas de toda la vida de la desaparición de la socialdemocracia de los días de Felipe González o José Bono.

«¿Qué diablos escondían para perder su poder en el PSOE?

¿Se corrompieron en exceso? ¿Les persigue todavía el fantasma del pelotazo? » se pregunta Matías en silencio.

Y con tono molesto no puede evitar exclamar en voz alta:

— ¡¿ Por qué coño se meten en la vida política española los Echenique, los Pisarello, los Ekaizer, o las Caram?! Todos de origen extranjero.

—No te olvides de Mónica Silvana , Carmen Juares, Manuela Bergerot o Albano Dante—añade Alfredo.

— ¿Y esa s y ese último quiénes son? —pregunta Matías.

—Las dos primeras de origen argentino y la otra hondureña. Y el muchacho también argentino, pero no te preocupes. No te toparás con ellos en tu hoja de ruta. Y recuerda que, por lo que veo, en tu lista te faltan algunos políticos de derechas también de origen extranjero.

— ¿ Quiénes? —pregunta algo sorprendido Matías.

—Los exilados venezolanos como Edmundo González, Leopoldo López o María Corina Machado.

— ¿Se meten en la vida política española más allá de su exilio?

— ¿Qué te parece si te cito a Rocío Monasterio?

— ¿Es hispanoamericana?

—Es cubana. El régimen castrista le incautó sus propiedades.

—Bueno, la excepción confirma la regla. En cualquier caso, Alfredo, te lo digo de verdad.

Si yo me hubiera ido a vivir a un país que me hubiera dado trabajo e incluso la nacionalidad, habría mantenido una exquisita neutralidad.

No habría embrollado su vida política. Tenlo por cierto.

Hay que ser respetuoso con quien te acoge.

Una cosa es tener derecho al voto y otra muy distinta es complicarle la vida a tu país de acogida a través de la política, la religión o el tráfico de drogas y armas.

Lo que s í daría a conocer al país que me acogiera serían los problemas de todo tipo de nuestra España para que comprendieran mi exilio, pero, como te digo, nunca enmarañar ía al país que me diera de comer.

Respetaría su lengua, su cultura y sus tradiciones.

Y te diré más. Si no me convenciera el país de acogida, me iría a otro. Así de sencillo.

—Si estuvieras nacionalizado tendrías todo el derecho del mundo a intervenir en sus problemas internos.

—Lo sé, sin embargo, me iría salvo si con mi presencia ayudara a hacerlo prosperar con mi trabajo estrictamente profesional y mi conducta cívica.

Jamás intoxicándolo con mis ideas políticas o religiosas.

Soy hombre de paz, algo movidito, lo reconozco, pero hombre de paz.

Como te digo, les daría a conocer nuestros errores para que no cayeran en los mismos, pero jamás participando en su política ni llevándome su dinero.

¡Y qué conste! No soy pacifista, solo pacífico.

A los pacifistas de izquierda o a los que pertenecen a una religi ón c ualquiera les temo más que a la marabunta.

— ¿ No harías nada si vieras cómo la libertad y los derechos humanos son violados en ese hipotético país?

—Sabía que me lo preguntarías. Y mi respuesta es tan clara como concisa. Mantendría mi neutralidad. ¿Decepcionado?

—No sé qué decirte. ¿ Y si un día, como español, te ves obligado a exiliarte?