Rumbo al Palacio de la Zarzuela CAPÍTULO V MANIOBRA DE APROXIMACIÓN DEL CNI
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CAPÍTULO V MANIOBRA DE APROXIMACIÓN DEL CNI

CAPÍTULO V

MANIObrA DE APROXIMACIÓN DEL CNI

—Papás, ¿qué os parece si por hoy damos por concluida la verbena y nos vamos a casa? —insinúa Almudena algo preocupada por el exceso de tapas y limoná que han consumido. Sobre todo, por la limoná que esconde más azúcar de lo que aparenta.

— ¿Con la temperatura que hace, Almudena? Hay que aprovecharla al máximo, no se puede pedir más para una noche de agosto como la de hoy —responden al unísono Matías y Concha.

—No es por lo bien que se está, es por lo que ya lleváis comido y bebido. Insisto, deberíamos irnos. Pensad que mañana volveremos con los niños si es que los señoritos quieren venir. Se nos han hecho mayores.

—Cierto. David se ha hecho un mocetón. Será un buen ingeniero y a Luisito no tardaremos en verle operar a los jugadores del Betis —opina orgulloso Matías al tiempo que se levanta para ir al servicio.

Una oportunidad que también la aprovecha Concha.

Tras regresar escalonadamente, pues las mujeres tardan, por norma general, más que los hombres , salvo si son prostáticos, Almudena recupera la conversación sirviéndose del Peugeot.

— ¿ Est áis contentos con él?

—Nos ha salido chipén. No te puedes imaginar lo amplio que es, claro que no sé por qué tu padre se tuvo que gastar tanta pasta gansa. Con uno más pequeño y a nuestra edad habría sido más que suficiente —responde Concha entre satisfecha y protestona.

Y Matías le pregunta como quien no dice nada:

—Y en Sevilla, ¿ cómo os lo montáis? ¿Tú conduces el Seat Ibiza y José Luis el nuevo Opel SUV que os comprasteis el año pasado?

—Papá, si imaginas lo que me imagino, olvídate.

— ¿Y se puede saber qué imagino?

—Que José Luis por ser el hombre de la casa lleva el coche grande y nuevo y yo, por ser la mujer, llevo el pequeño y gastado.

— ¡Bah! Ni se me había pasado por la cabeza. Además, siempre has sido muy buena conductora. Te sacaste el carnet a la primera y que yo sepa nunca has tenido ni has provocado el menor accidente o incidente.

—Solo lo he dicho por si te había pasado por la cabeza.

—Sirviendo en la UFAM cómo quieres que haya pensado tal cosa. En cualquier caso, veo que hay muchas mujeres que prefieren conducir coches pequeños.

—La coletilla no es necesaria. Las mujeres conducimos igual o mejor que los hombres y también sabemos resolver más de un problema mecánico. S é cambiar una rueda pinchada o poner las cadenas si vamos a la nieve.

—Cambiemos de tema. ¿ De verdad que no echas en falta nuestro Madrid, Almudena? Ya son muchos años los que tú y José Luis llev ái s destinados en Sevilla —pregunta y afirma Matías.

—Al principio sí lo echaba , pero no tardamos en adaptarnos a Sevilla. Los peques, solo llegar, se hicieron hinchas del Betis, como muy bien sabes.

—Eso sí que lo sentí. Espero que el día que aceptéis el traslado a Madrid recuperen nuestra tradición colchonera, la mía y la tuya. Todavía no entiendo por qu é traicionaron al Atleti.

—José Luis, desde el primer día, los llevó al Benito Villamarín y muchos de sus amigos del cole y del instituto eran aficionados del Betis.

—Al menos alguno habría del Sevilla, digo yo.

—Sin lugar a duda, pero la influencia de su padre y el ambiente del Benito Villamartín… aunque no creas, también siguen las andanzas del Atleti por deferencia a ti y a mí.

—Lo importante es que estudien y saquen buenas notas —interrumpe Concha que nunca ha sido futbolera.

Y Almudena añade:

—Fue fácil adaptarse a la Semana Santa sevillana, a la alegre Feria de Abril y a la Feria de San Miguel con sus corridas de toros. Ya sabéis que al padre de José Luis también le encantan los toros.

—Cierto. ¿Qué tal le sienta a Ricardo la jubilación por Sevilla? —responde y pregunta Matías.

—Muy bien, aunque a Matilde 11 el asma no la deja en paz.

—Nos lo imaginamos. Las enfermedades crónicas no matan, pero no dejan vivir —responde Matías que está hasta los mismísimos huevos tanto de su diabetes como de sus incidentes prostáticos.

—Y la verdad sea dicha —añade Almudena—, he de reconocer que entre las fiestas de la Virgen de la Paloma y las de la Virgen de los Reyes, que también se celebran esta semana, me quedo con nuestras castizas de la Paloma.

Aprovechando el primer silencio que ofrece la conversación, Matías se despoja de la chaqueta y del corbatón y se pasea por la frente el vistoso pañuelo blanco de su bolsillo superior para secarse el sudor.

Señal inequívoca de que ha comido y bebido demasiado.

Y lo mismo hace Concha. Se quita el pañuelo de la cabeza y se libera de su tradicional mantón de Manila blanco con bordados azules. Herencia artesana de su abuela materna.

—Papá…

— ¿Sí?

—Nos siguen. Desde que he entrado en la Ronda de Toledo llevo un Audi pegado al maletero.

He reducido la velocidad, pero no me ha querido adelantar y eso que es de alta cilindrada, un A8.

He intentado darle esquinazo por sorpresa, pero tampoco ha picado el anzuelo.

Se nota que conduce concentrado. No tengo la menor duda, no nos quiere perder de vista.

—Lo sé, Almudena. Es a mí a quien me siguen.

— ¡ A ti! Y, ¿por qué te han de seguir? —exclama y pregunta al mismo tiempo una más que preocupada Concha.

—La palabra dada hay que cumplirla. Una deuda es una deuda.

— ¿Qué ocurre, papá? ¿De qué deuda hablas? Un Audi A8 no es un coche cualquiera. ¿Mafiosos?

—Si se trata de lo que yo me imagino, la deuda no esconde misterio alguno. Cuando liquidé a la Paula Andrea hubo quien me salv ó de una sanción muy grave, tal vez de mi expulsión del Cuerpo. Acepté el pacto y… deja de preguntar.

—Voy a acelerar y, si lo crees necesario, pediré refuerzos.

—Ni loca. Sigue conduciendo con toda normalidad y cuando alcancemos el paseo de las Delicias, detén el coche. Bajaré y me enteraré de qué va el asunto.

— ¿Corres peligro, papá ? He memorizado la matrícula del coche, aunque es posible que sea falsa o tal vez se trate de un coche robado.

En absoluto. No corro ningún peligro. Si lo corriera te habría ordenado que aceleraras a tope y continuaras dándoles esquinazos como si se tratara de una película americana. Supongo que te habría gustado recibir una orden de tal guisa. ¿Me equivoco?

—No me habría gustado, como tampoco que pare y bajes del coche. ¿Llevas la reglamentaria?

— ¡ Para qué coño la voy a llevar si ya estoy jubilado!

Y haz lo que te digo. Cuando yo te lo indique, te detienes.

Me bajo, tú continúas hasta nuestro domicilio como si tal cosa y entras en nuestro parquin.

Y te lo repito. Ni se te pase por la cabeza llamar a la policía ni le digas nada a José Luis.

Seguro que los muchachos y él ya duermen salvo que la sesión de videojuegos haya durado más de lo previsto.

—De todos modos, se lo diré. ¿Y quiénes son los que te siguen?

—No preguntes más, Almudena. He de saldar una cuenta pendiente que tengo con ellos. Se lo prometí y ya me conoces, soy hombre de palabra.

— ¿Quiénes son ellos? Haz el favor de no asustarnos —pregunta y afirma con genio Concha.

—Si se han pegado a la parte trasera de nuestro coche y no nos han querido adelantar es por la sencilla razón de que se quieren identificar.

Habría sido más preocupante que se hubieran puesto a nuestra altura y entonces, sí.

Habríamos oído el prolongado fragor de sus metralletas al más puro estilo gansteril o al más típic o estilo de Las aventuras del FBI , uno de los c ó mics preferidos de mi infancia…

—Deja de hacerte el bromista —interrumpe Concha con su característico malhumorado tono de voz.

— ¡Ah, Concha! Se nota que tus tebeos de infancia no incorporaban el ra-ta-tá de las metralletas de los míos. Sin ellos, ¿qué hubiera sido de mi infancia? Te lo diré: nada.

—Habrías sido un pacifista, como mínimo —interviene Almudena con cierta ironía.

—Como muy bien sabes, Almudena, no creo en el pacifismo ni en nada que termine en -ismo . Todo lo acabado en -ismo acaba siendo una religión con sus correspondientes tiranías, mentiras, estupideces o fanatismos propios de la condición humana.

—No exageres, Matías —interrumpe Concha.

—No exagero.

Y Almudena con la ayuda de un suspiro recupera el hilo de la conversación.

—Pero, papá, ¿ por qué te persiguen si se puede saber? ¿Cuál fue exactamente esa palabra dada?

—En primer lugar, no me persiguen, solo me siguen.

Eso os debe quedar muy claro. Estoy convencido de que quieren contactar conmigo.

Me deben necesitar. Estoy seguro de ello.

Algo ha ocurrido o va a ocurrir. De hecho, y aunque no os lo haya dicho, mi sexto sentido los ha localizado mientras bailaba con tu madre, pero ni ellos se han acercado a mí ni yo a ellos.

Solo te puedo repetir, Almudena, que favor con favor se paga y no te pongas pesada.

No preguntes más. Como os acabo de decir, ellos me ayudaron y ahora sospecho que me toca a mí hacer lo mismo.

Pero, insisto, nada que temer. Quienes van en el Audi no son miembros de ninguna mafia, ¿entendido?

Dentro de media hora, a lo más tardar, estaré de vuelta a casa.

Sano y salvo. Nada de poneros nerviosas.

Limitaros a esperar. Y tú, Concha, si no lo consigues, te tomas una de tus tisanas.

—Si te han seguido estando jubilado debe ser por algo muy grave —supone Concha mientras mira a su marido temerosa pese a su recio carácter.

—Será por eso. Les habrá surgido algún imprevisto que quieren que sea yo quien se lo resuelva.

Eso es todo. Y tú, Almudena, lo que te he dicho: continúa conduciendo como si tal cosa.

Cuando yo te lo diga, te detienes con toda suavidad y me apeo.

Y nada de intranquilizar a los muchachos, a José Luis y mucho menos a Dandi.

A estas horas debe de estar dormido como un tronco, pero en cuanto os oiga entrar y no me vea, bajará las escaleras de cinco en cinco y ya en la calle, no parará de olfatear hasta dar conmigo —afirma Matías con orgullosa y satisfactoria sonrisa.