CAPÍTULO III ¡ADIÓS, ZAMORA, ADIÓS! #2
Desde hace dos semanas, todos los inspectores jefes han cursado las correspondientes órdenes para que hoy salga todo perfecto en la toma de posesión.
Ni el más mínimo error. Respecto al almuerzo de despedida de Matías, se decidió que, cuanto más pronto se hiciera, más pronto regresaría a Madrid.
Y el nuevo comisario que está a punto de llegar, Fernando Fernández Alcántara, así se llama, le ha telefoneado varias veces interesándose por todo aquello que a un comisario le ha de interesar respecto a su nuevo destino.
A las once en punto de la mañana ha comenzado el traspaso de mando con una Concha relajada porque sabe que los discursos de hoy correrán a cargo del nuevo comisario jefe recién llegado y del delegado provincial del Gobierno.
En cuanto a la entrega del bastón de mando, se ha decidido que no sea Matías quien lo haga, sino el comisario jefe de la Superior.
Tras cantar el himno del Cuerpo de la Policía Nacional con el mismo tesón de hierro con que siempre lo ha hecho Matías, ha seguido el tradicional picoteo en la sede de la Subdelegación, un pica-pica de categoría.
Todo cuanto se ha servido ha sido de primera calidad y no ha sido poco.
Matías se ha encargado personalmente de que así fuera.
Acabado el picoteo, regreso al domicilio y la preceptiva llamada telefónica a Almudena para hacerle saber que todo ha salido perfecto.
Por la tarde, su último paseo con Concha por Santa Clara a la caza y captura de unos vinos con sus correspondientes pinchos, una cena frugal, y, dado que entre él y Concha ya lo tienen todo empaquetado para abandonar Zamora mañana por la tarde, solo resta tomar posesión de la cama con sus tradicionales treinta minutos dedicados a la lectura.
Una lectura casi siempre aconsejada por Almudena, pues conoce sus gustos.
Novelas originales y con argumentos con crítica tanto política como social.
Respecto a la tensión narrativa, ni Concha ni Matías sienten demasiada predilección por ella.
Cierto que, a Concha y como mujer tradicional, le encantan todo tipo de dramas y traiciones; en definitiva, todas las maldades y desgracias individuales o colectivas posibles.
Bueno, todas no. No le gustan aquellas novelas de la guerra civil y del franquismo cuyo objetivo es generar de nuevo el odio o la revancha entre los españoles.
Esas últimas las caza al vuelo. Cuando leyó a la ya fallecida Almudena Grandes reconoció de inmediato su talento literario y también le gustó que se definiera española, pero lo que ya no le gustó en absoluto que se definiera roja y convirtiera a los maquis en sus héroes. «¿Todavía más guerra?» se preguntó.
Y sobre la mesita de noche se han acumulado, por falta de tiempo, El nudo Windsor , de S.J.
Bennett, una novela policial válida tanto para Concha como para Matías gracias a la activa presencia de la reina Isabel II de Inglaterra; Lejos de Luisiana , de Luz Gabás —claro que, para Matías, siempre serán la Luisiana o la Florida—; y, finalmente, El niño que perdió la guerra , de Julia Navarro.
Esta última suscita una malévola reflexión de nuestro comisario.
—Concha…
— ¿ Qué?
—Estoy convencido de que si el niño hubiera ganado la guerra no se la habrían publicado.
—Seguro.
— ¡ Coño, Concha! Pero si siempre me llevas la contraria. ¿A qué es debido este cambio?
—Porque tanto tú como yo fuimos niños que ganamos la guerra.
Nuestras infancias y con la hegemonía de la izquierda política de hoy en día no interesan a nadie.
En el 36, tu abuelo, aviador nacional destinado con toda tu familia en Zaragoza, y el mío, destinado en la comandancia de Valladolid.
Ambas, zonas nacionales. La suerte estuvo de nuestro lado y son muchos los lectores a quienes no les interesa en absoluto la suerte de los vencedores.
Disfrutan más con los crímenes franquistas y con los sufrimientos de los derrotados. ¿Me equivoco?
—No. No te equivocas. Quien más quien menos tiene sed de mal o de venganza. La bondad aburre. Claro que tal vez ese niño que perdió la guerra también la perdió en la Rusia de Stalin.
—Será cosa de leerla —responde Concha dejando escapar una suave sonrisa.
—Estoy de acuerdo, aunque espero que no se trate de una novela lacrimógena. En la vida, tengas la edad que tengas, hay que saber ganar y perder. Algo que se tendría que aprender ya en la escuela.
—Vas cortito de sentimientos, Matías.
—Así me educaron mis padres, ¿qué quieres que le haga? E insisto: el mal atrae a los lectores.
—No lo creas, Matías. La literatura tiene como objetivo principal advertirnos que el mal real también nos puede alcanzar. Los escritores preparan a sus lectores para cuando les llegue la tragedia de verdad.
— ¡ Caramba, Concha! Y yo que creía que los escritores eran más malos que la tiña.
—Hablando de los escritores, ¿estás de acuerdo con lo que dice Almudena?
— ¿ Qué dice nuestra hija?
—Que España tardará muchos años en tener un Premio Nobel.
—Alguna posibilidad debe haber, digo yo.
—Según ella, solo hay uno con posibilidades.
— ¿Solo uno? ¿ Te dijo cómo se llamaba?
—Hace poco tiempo que me lo dijo y por eso recuerdo su nombre. Se llama Enrique Vila Matas.
— ¿ Y qué ha escrito?
—Eso ya no lo sé. Además, t ú y yo somos gente del pueblo. Ya sabes, necesitamos libros sencillos por muchas páginas que tengan.
—Cargados de humor como los de Eduardo Mendoza, ¿no es así?
—Para ti, sí. Para mí, no. Me gustan más las escritoras que reflejan los sufrimientos de las mujeres. Ya lo sabes.
—Lo sé, pero no sé de qué te quejas. Haces lo que quieres. Nadie te lleva la contraria.
—No lo niego, pero a ti ya te ha llegado la jubilación, en cambio ¿cuándo llegará la mía?
—Recuerda que nunca has querido una señora de hacer faenas. Además, eres insustituible.
—¡No te lo tomes a broma! Hablo muy en serio.
—Lo sé, pero sabes muy bien que a mí no me hubiera importado seguir en el tajo. Echaré en falta mi profesión de policía por mal que le pese a algunos de esos comunistas y sindicalistas que están convencidos de que me han hecho un gran favor liberándome de mi profesión.
Y esta noche habrá sexo, aunque, a su edad, el sexo se limita a una vez por semana.
El tiempo de los gemidos ha caducado, aunque las fantasías eróticas se mantienen tan intactas como silenciosas.
Seguro que Matías se imagina desnuda a Berta, la inspectora de la Científica que le cayó bien desde el primer día que llegó a Zamora.
Respecto a las fantasías de Concha, imposible conocerlas, pero las tiene.
Y el hecho de que la toma de posesión haya salido perfecta ha mejorado el acto sexual.
Ni la persistente migraña que ha acompañado a Concha toda su vida ni la próstata de Matías con alguna que otra súbita flacidez, han provocado estropicio alguno.
« No se puede llegar a viejo » , acostumbra a decir Matías sin perder su sentido del humor cuando la hiperplasia prostática benigna le da por fastidiar.
Dicen que hay quienes se suicidan ante la decadencia de la tercera edad, pero Matías es de otra raza.
Resistir es vencer, salvo que su enemigo sea el Alzheimer o la demencia senil.
No quiere ser una carga para nadie. Ni para su familia ni para las trabajadoras o los trabajadores sociales que le asignen.
Pedirá que le apliquen la eutanasia. Una cosa son sus tradiciones religiosas suavizadas por la modernidad y otra muy distinta es que la religión esclavice la libertad de los españoles.
Si Matías es un acérrimo defensor de las tradiciones católicas, también lo es de la libertad y mucho más él, que, por su forma de ser, no tolera que nadie le mancille su libre albedrío y su dignidad.
Claro que… sobre el aborto, ¿ qué opina?
Ante el aborto, no sabe qu é decir. ¡ Con lo que les costó que naciera Almudena debido a un problema anatómico de Concha!
Era tan grande el deseo de tener hijos que a Concha no le importó jugarse la vida para poder tenerla.
Cada vez que en una conversación sale el derecho a abortar, Matías se encoge de hombros, arquea las cejas y mantiene la respiración durante un par de segundos.
Defiende el derecho a la vida, pero, ante las complejas situaciones que le plantean los defensores del aborto, no sabe por dónde salir.
« Tal vez entre el Estado y la Iglesia deberían pagar la manutención del niño sin separarlo de los padres » dice.
Pero son tantos y tantos los casos límite que lanzan los abortistas.
¿Qué hacer si el niño nace con una malformación congénita?
¿Y si está en peligro la vida de la madre?
¿Acaso en la época de Franco no había familias católicas que llevaban a su s hijas a abortar a Londres o a Holanda?
Ante la ofensiva abortista, su respuesta no está a la altura y él lo sabe.
Sus encogimientos de hombros, sus arqueos de cejas y sus inspiraciones sostenidas no le sirven de nada.
Quizá el derecho al aborto es la única cosa de este mundo que hace tambalear al imperturbable Matías.
¿Un vestigio del poder de la Iglesia Católica?
¿Un vestigio de su ética? Se limita a guardar silencio.
Decepcionante. ¿No creen? O… tal vez no. Dec í danlo ustedes.