CAPÍTULO II ALGUNOS RECUERDOS PARA SEGUIR ENTENDIENDO MEJOR A MATÍAS A LAS PUERTAS DE SU JUBILACIÓN #7
Ante el último sorbo de café, Matías suspira y sonríe de nuevo.
Con la jubilación en la mano continuará siendo un forofo del Atleti y, respecto a los toros, seguirá siendo un defensor de la fiesta nacional.
Claro que, como comisario jefe y ante el movimiento antitaurino cada día más pujante, siempre ha optado por el silencio.
Solo habla del mundo de los toros con sus amigos de las peñas.
Tanto de la madrileña como de la zamorana.
Y cuando llegue a Madrid con la jubilación bajo el brazo seguirá discutiendo sobre quiénes son los mejores toreros; las mejores ganaderías del momento; qué opinan sus contertulios de las corridas de San Isidro, San Fermín y de la Semana Grande de Bilbao de este año, o sobre la evolución de la propia tauromaquia entendida como el arte de lidiar a pie o a caballo.
Como comisario jefe también ha sabido respetar la opinión de los animalistas.
Al fin y al cabo, es su obligación. Además, no es un enemigo de los animales.
Todo el mundo que lo conoce sabe que no es cazador y que estima como nadie a los perros, gatos, jilgueros o canarios.
Dandi da fe de ello. Las caricias que recibe de Matías son la envidia de sus colegas cuando pasea por el Manzanares.
Verdad es que nuestro protagonista está hasta los cojones de las palomas urbanas y de las cotorras argentinas.
Ambas por sucias y ruidosas. Respecto a las ratas de cloaca, no le importaría convertirse en un genocida.
Y cuando comenta con Concha el ascenso del movimiento antitaurino, la respuesta de Concha es instantánea:
—Los tiempos cambian, Matías. Tal vez el toro solo tendría que salir cansado de la plaza, pero no cadáver. Debería volver a la dehesa por su propio pie.
Y antes de que Matías haga su movimiento negativo de cabeza, Concha se ratifica. Todo consistiría en apaciguar a la afición tal y como ocurrió cuando vio por primera vez salir al ruedo a los caballos con sus petos a fin de evitar los astados en el momento del embroque.
Matías sonríe y le responde:
—Es posible, pero los antitaurinos tampoco estar ían de acuerdo.
Seguir ía n viendo la misma crueldad igual que los ecologistas no soportan ningún avance técnico.
No lo dudes, Concha. Me pregunto si los unos y los otros ven algo bien.
Los ecologistas tampoco están de acuerdo ni con la energía eólica ni con las placas solares.
¿Qué quieren? Ni ellos mismos lo saben. Cuando van a un pueblo a manifestarse por hache o por be, van en coche.
¿ Acaso la gasolina o el gasoil son ecológicos?
Montan campañas de aquí te espero contra las ampliaciones de los aeropuertos, pero utilizan sin miramientos el avión cuando han de desplazarse, sea por la razón que sea.
¿Qué te parece? E incluso algunos se han elevado ellos mismos a la categoría de intelectuales.
¡Menudos humos! Igual que nuestros políticos activistas.
No tardaremos en ver en nuestras universidades facultades de ciencias activistas. Tiempo al tiempo.
Y volviendo a la suerte del toro que le ofrece Concha, sigue sin estar de acuerdo.
Al fin y a la postre, el respetable quiere seguir premiando la faena de los toreros con una oreja, con dos o con dos y el rabo.
Y afirmando al mismo tiempo que la parte del respetable que se ha escondido por temor a que la izquierda que se autodenomina progresista lo acuse de bárbaro e inhumano es posible que un día regrese a la fiesta nacional.
Pero Concha no se rinde. Tal vez los toreros aceptarían tomar unos vinos con el toro al acabar la faena y accederían a que sus orejas y rabos fueran de oro, plata o bronce.
Matías niega con la cabeza y cambia de tercio.
Prefiere meterse con los vegetarianos y veganos que tan de moda se han puesto.
¿Por qué? Porque él es un gran carnívoro, le chiflan las barbacoas de costillas de cordero, cerdo o ternera; los embutidos; el ja món ibérico de bellota pata negra; el pulpo de Galicia; los pesca í tos de Málaga ; las morcillas burgalesas o los caracoles a la madrileña.
De todas formas, reconoce que, si el negocio cárnico hubiera tratado mejor y alimentado de forma más sana a los animales, los veganos no habrían cogido tanto vuelo.
¿Quién se atreve hoy en día a dar hígado a los niños?
Según le decían sus padres, fueron los filetes de hígado que comió en su infancia quienes le salvaron de la anemia que le diagnosticaron.
¿Y por qué no ahora? Matías lo tiene claro.
Por la enorme ingesta de antibacterianos que les dan y que acaban refugiándose en el hígado.
Ante tal panorama y como medida de precaución, Almudena, de pequeña, ya no comió.
Eso sí, que nadie le quite las manitas o los pies de cerdo y la panceta. ¿Y los antibacterianos?
— ¿ Quién ha hablado de antibacterianos?
—preguntará Matías haciéndose el longuis.
Siempre ha opinado que no hay alimento que aporte más sabor que la panceta frita en su propia grasa o más colágeno que unas buenas manitas o pies de cerdo.
Y mucho más si las cocina Concha. ¡Ah! Y el rabo de toro que no falte.