Rumbo al Palacio de la Zarzuela CAPÍTULO II ALGUNOS RECUERDOS PARA SEGUIR ENTENDIENDO MEJOR A MATÍAS A LAS PUERTAS DE SU JUBILACIÓN #4
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CAPÍTULO II ALGUNOS RECUERDOS PARA SEGUIR ENTENDIENDO MEJOR A MATÍAS A LAS PUERTAS DE SU JUBILACIÓN #4

Y Matías, como de costumbre, repite una y otra vez: «¿ Por qué hoy en día nadie quiere reconocer los crímenes, las torturas o las delaciones que hicieron sus familiares de derechas o de izquierdas y solo cargan las culpas a los del otro bando?

» . Sería, en su opinión, la mejor manera de cerrar las heridas que España arrastra desde 1936.

Menos leyes de memoria democrática y más hablar de un futuro sin rencores.

Un futuro próspero acoplado al de la Unión Europea.

Nunca le ha seducido la máxima que dice: « Hay que conocer el pasado para no incurrir de nuevo en los mismos errores » .

Además, remover los errores del pasado es arriesgado.

Siempre habrá quien los utilice en provecho suyo.

« Cada tiempo histórico —afirma— tiene suficiente con sus propios errores.

¡ Solo falta que nos carguemos con los del pasado!

Y pensando en el futuro, que nadie se llame a engaño.

Siempre cometeremos errores. Viejos y nuevos.

¡Quién no los comete! ¡Qué me lo diga el más listo de la clase! » , exclama Matías.

Disueltas las semillas en el yogur al ritmo lento de su cucharilla, Matías sigue pensando en sus compañeros de aquel su primer año zamorano.

El comandante Luque 7 no tuvo suerte. Poco después de ascender a teniente coronel, un cáncer de pulmón dio cuenta de él.

Pese a que había dejado de fumar, el daño ya estaba hecho.

Toda una lección para Matías, pero… ¿qué podía y qué puede hacer si el único vicio que tiene más allá de su hambre canina es el de fumar?

Ante la disyuntiva se limitó a reducir su con sumo de tabaco, pero sin renunciar del todo.

¿ Debía acudir a su médico de cabecera para que le ofreciera alguna estrategia reductora de su humeante vicio?

No. No se la hubiera ofrecido. Le habría ordenado que dejara de fumar de una vez por todas y que huyera del humo de los otros fumadores como de la peste.

Sin embargo, Matías prefirió elaborar su propia teoría, una teoría que le llevó a elegir la pipa como alternativa.

Pese al humo, calculó el tiempo que la tendría apagada entre sus manos y dedujo que dicha estrategia mermaría el derroche de nicotina y de las otras sustancias químicas nocivas que acompañan al tabaco.

— ¡Eso no te lo crees ni tú! —le replicó y le sigue replicando Concha—. Pero Matías se aferra a su teoría y Concha, que en lo de mantener su criterio es de armas tomar, le recuerda de que no hay más sordo que el que no quiere oír . La nicotina y el humo matan y es verdad que diría el poeta 8 .

En cuanto al característico olor que desprende su pipa, ni Concha ni Dandi nunca han protestado.

Y todos sus vecinos de escalera lo han aceptado, pues saben cu á ndo el señor comisario acaba de utilizar el ascensor de subida o de bajada con la pipa encendida.

Un rastro en absoluto mal visto. Si algún comprador de una vivienda pregunta por el olor, la respuesta es contundente:

—En esta escalera vive nada más ni nada menos que un comisario jefe de la Policía Nacional. Toda una garantía de seguridad en tiempos de ladrones y okupas.

Respecto al modelo de su primera pipa, había elegido una sencilla de palo de rosa negro que, cuando no la usaba, se la colocaba en el bolsillo superior de la chaqueta.

Con el paso del tiempo y siguiendo los consejos de su estanquero, decidió usar varios tipos de pipas.

Pipas rectas y curvas, largas y cortas, de cuencos de diferentes tamaños…

y así, conforme el número de pipas fue creciendo, se convirtió no solo en un experto, sino en un auténtico coleccionista.

Descubrió, por ejemplo, que cada pipa le ofrecía un gusto diferente, aunque utilizara el mismo tabaco.

Y no solo eso, cada una de ellas tenía su propio tiro, un detalle que le exigió todo un aprendizaje.

En cuanto al tabaco, se decantó por un Davidoff Argentina en bolsa hermética y, siguiendo también la recomendación de su estanquero, lo alternó con un Peterson en lata.

Y para no fumar tanto, prensaba y sigue prensando las cazoletas con las yemas de sus dedos índice y pulgar para ralentizar al máximo el ritmo de su pipar, o dedica un tiempo más que generoso a triturar también con las yemas de sus dedos el tabaco del interior de la bolsa o de la lata.

Una maniobra que, si lo cree conveniente, le sirve para detener su mecanismo de trituración cuando conversa con alguien o cuando habla solo en voz alta si se le ha disparado la adrenalina.

Consolidada su afición a la pipa, Concha, que ha tenido el monopolio de todas las actividades domésticas, no tardó en asumir la tarea de limpiarle la costra de las respectivas cazoletas colocadas en el soporte situado sobre la mesa de su despacho familiar.

Se justific ó diciendo que su marido no las limpiaba bien.

Y Matías, acostumbrado a las exigencias de su esposa, sonrió, call ó y otorg ó sin protestar.

¿Para qué? Suficiente tuvo con aprender a encenderlas y controlarlas para que no se le apagaran.

Un proceso no exento de dificultades. Diferentes modelos de carga y presión; inhalación del aire, encendido con mechero o cerilla...

Y cuando Ibáñez, el anterior comisario jefe de Zamora, le advirtió que si seguía con su hambre canina no tendría otro remedio que sustituir el cinturón por los tirantes, Matías le contestó que lo asumiría sin problema alguno.

Es más, incluso le haría sentirse más comisario.

A partir de cierta edad, sostuvo, los tirantes no dejaban de enaltecer la madurez, sobre todo si esta llegaba con unos cuantos kilos de más.

Respecto a su forma y color ya vería. Quizá unos azules o del color que eligiera Concha.

Al fin y al cabo, sería ella quien lo decidiría y, de paso, la tendr ía contenta.

Nada de discusiones domésticas. Todo un símbolo de cordura en cualquier matrimonio que aspire a ser de largo recorrido.

Y entre bocado y bocado de su segundo desayuno, recuerda la visita que le hicieron el comisario Luis Hidalgo y el inspector Alfredo Suárez al día siguiente de la muerte o, mejor dicho, de la ejecución de Paula Andrea.

Ambos de Asuntos Internos y procedentes de Madrid.

Cuando Luis Hidalgo le preguntó qu é haría en el caso de que determinadas formaciones políticas o de cualquier otra naturaleza quisieran socavar la Monarquía hasta derrocarla y expulsarla de España, le respondió sin morderse la lengua.

La salvaría sin abandonar la Constitución del setenta y ocho y con la ayuda de un conjunto de estrategias constitucionales.

«¿Qué clase de estrategia s? » , le preguntaron ambos.

Unas que combinaban inteligencia, perspicacia y arrojo para unos determinados momentos exquisitamente elegidos, les contestó.

Y cuando Luis Hidalgo le mostró las tres siglas que acababa de escribir con lápiz en la palma de su mano izquierda, Matías comprendió que no los había enviado Asuntos Internos ni los servicios de inteligencia de la Policía Nacional, los había enviado el Ministerio de Defensa.

Un regalo envenenado, sin lugar a duda. Un día u otro entraría en su vida el CNI, aunque hoy en día y siete años después de aquella visita todavía está a la espera.

Matías sabía que no podía negarse. Su respuesta positiva le salvó de una sanción muy grave o incluso de ser expulsado del Cuerpo Nacional de Policía por haber liquidado a Paula Andrea sin contemplaciones.

Su disparo fue el resultado de una firme decisión.

Una decisión que quedó expresada de forma clara y contundente:

— ¡ Vete al infierno, mala pécora! Acabas de asesinar a Méndez y has dejado a una esposa viuda y a unos niños huérfanos. Has probado de tu propia medicina y ya has visto lo bien que te ha sentado, puta.

Acabado el tentempié de media mañana, Matías se levanta y se dirige tal y como se ha indicado a la máquina expendedora de café situada en el pasillo.

Un café bien cargado y… de vuelta al despacho.

¿Será bueno el café para la diabetes? Tal vez sí, tal vez no, pero se queda con lo que le interesa quedarse.

Es un gran antioxidante, quizá mejor que el cacao puro al cien por cien, otro buen y viejo amigo suyo.

Y de nuevo su cerebro sigue elucubrando.

Matías habría querido nacer en un país moderado y tolerante.

Un país en el que tanto los fascismos como los comunismos de toda índole no existieran ni hubieran existido jamás.

Sin ellos, está persuadido de que desaparecerían los sectarismos que tanto daño han hecho y siguen haciendo a todas aquellas personas deseosas de beber en las aguas de la libertad individual tal y como lo hace él.

Incluso los mismos fascistas y comunistas serían más felices al liberarse de las purgas internas que suelen acompañarlos.

Un país, sigue sosteniendo Matías, en el que solo gestionaran la vida pública los partidos políticos centristas moderados, si es que el centrismo moderado existe, claro está.

Sus políticos, alejados de cualquier extremismo o corrupción y bien preparados profesionalmente, solo deberían pensar en el bienestar de los ciudadanos.

En otras palabras, que no entendieran la política como su medio de ganarse la vida; que no se eternizaran en el poder; y que al acercarse unas elecciones no utilizaran falsas promesas o brindaran peligrosas concesiones políticas y económicas solo por el hecho de mantenerse en el escaño.

En definitiva, unos partidos políticos de tradición democrática occidental y cuya única diferencia entre ellos fuera su mayor o menor grado de sensibilidad social o medioambiental.

Y otra cosa: