Rumbo al Palacio de la Zarzuela CAPÍTULO II ALGUNOS RECUERDOS PARA SEGUIR ENTENDIENDO MEJOR A MATÍAS A LAS PUERTAS DE SU JUBILACIÓN #3
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CAPÍTULO II ALGUNOS RECUERDOS PARA SEGUIR ENTENDIENDO MEJOR A MATÍAS A LAS PUERTAS DE SU JUBILACIÓN #3

Las profecías catastróficas de su compañero siempre las interpretó como algo muy lejano y así se lo repetía día tras día .

Cierto que los ataques de Méjico y de Venezuela a Felipe VI orquestados desde Madrid fueron mucho más que unos nubarrones negros.

También es verdad que Matías está convencido de que muchos de los dirigentes separatistas no quieren sus respectivas independencias.

Solo son su modus vivendi . Trayectorias como la del orbital Gabriel Rufián parece darle la razón.

Y junto a ese último pensamiento hay otro que también le tranquiliza.

Mientras los separatistas catalanes y vascos quie ran estar presentes en el Congreso de los Diputados y en el Senado, la cosa aguantará.

Habría sido mucho más preocupante que no hubieran querido estar.

Un escaño siempre es un escaño y en Madrid se come bien y se hacen más amistades que enemistades.

En otras palabras, no se vive nada mal. Cuando uno se acostumbra a Madrid y sea cual sea la profesión que se tenga, cuesta abandonarlo.

Y mucho más si es el Madrid de la Carrera de San Jerónimo o el de la calle Bailén, número dos.

Y si alguien no se lo cree, sostiene Matías, que acuda a Casa Manolo y saboree sus churros y porras junto a sus señorías.

Los altercados que se producen en el hemiciclo del Congreso desaparecen por ensalmo.

Trifulcas en la vida oficial para justificar la sinecura y buena armonía en la vida privada, aunque Matías reconoce que la armonía se deteriora cada día que pasa.

Un deterioro que, con algo de suerte, es posible que favorezca a Felipe VI si se sabe acercar al pueblo.

Ahora bien, a Matías la excesiva confrontación le preocupa y no digamos si hay quien recoge fruto.

No falta la familia que logra colocar a sus hijos en la vida política o en la función pública, a ser posible en una plaza burocrática.

Poco trabajo y nómina asegurada. Sí, muchos de esos jóvenes que con antelación han fracasado en el fútbol o en algún que otro grupo musical.

Lo mismo que sucedía antaño buscando una oportunidad en el mundo de los toros.

— ¡ Gana más que un torero! —todavía exclama Matías hoy en día.

Respecto a los desplantes independentistas que le llegan a Felipe VI vía Cataluña, País Vasco o de los gobiernos estatales de izquierda no le preocupan en demasía.

Forman parte del atrezo republicano. Cierto que, para Matías, la Corona es el último bastión de la unidad de España y la izquierda y los independentistas lo saben.

¿Se atreverán con ella? El tiempo lo dirá.

Y aunque pueda parecer una paradoja, nuestro protagonista también está muy preocupado por la suerte que puedan correr en el futuro los socialistas que han abandonado la socialdemocracia.

Los militantes socialistas de base y sin comérselo ni bebérselo se han convertido en comunistas, bolivarianos y prochinos.

No vaya a ser que tengan un susto fuerte si a Trump y a sus adláteres les da por empitonar con la fuerza de un miura.

— ¡ De qué manera esos socialistas se han complicado la vida si con Felipe González siempre habían sido moderados! —afirma Matías.

Y respecto a los líderes separatistas:

— ¿ Qué les ocurrirá si regresan de Madrid con las manos vacías?

—se pregunta. Piensa en los más de dos millones de independentistas catalanistas que se han manifestado en Barcelona durante tantos años.

¿ Se sentirán defraudados por sus dirigentes?

¿Se tirarán al monte? ¿Estarán dispuestos a morir por su Patria, no sin antes haber pasado cuentas por las promesas incumplidas o por las luchas intestinas?

¿Se olvidarán y regresarán a su vida cotidiana?

¿Sí? ¿N o? El madrileño de Matías no ha estado nunca en Cataluña, lo que eleva su incertidumbre.

De los catalanes siempre dice lo mismo. Son muy trabajadores, pero muy amantes del dinero.

Y de los españoles mantiene que son poco trabajadores, pero muy desprendidos.

Bien sabe que ambas aseveraciones no son ciertas, pero no le importa mantenerlas.

Una inercia arraigada a lo largo de los siglos como cualquier otra.

En cuanto a la extrema derecha, ¿qué decir de ella?

Una opción que tampoco le agrada. Pero ¿hay alguna opción que le guste?

La verdad sea dicha, no. Es un tipo demasiado libre e independiente y, encima, algo desconfiado.

Su voto se lo da al Partido Popular, lo que no quiere decir que no critique a alguno de sus líderes o que no respete a algunos políticos de otros partidos.

Y, por supuesto, no pone la mano sobre el fuego por nadie.

Conoce demasiado a la clase política española sea del color que sea.

En cualquier esquina puede aguardar un caso de corrupción.

Matías prefiere no seguir pensando. ¿Cómo ayudar a las víctimas de los corruptores políticos y económicos?

No lo sabe. ¿ Qué puede aconsejar? « Vaya usted a la policía » , « diríjase al juzgado de guardia ».

Cuando no sabe despejar una incógnita se enfada consigo mismo.

¿Y hacia dónde se dirige? Hacia ninguna parte.

Como mucho hacia un triste silencio. Ese mismo triste silencio que le acompaña cuando no ha sido capaz de devolver un piso a sus legítimos propietarios.

El movimiento okupa ha alcanzado sus últimos objetivos tácticos y estratégicos.

Tras encogerse de hombros piensa Matías que no estaría nada mal que los republicanos aceptaran el hecho de que, con la monarquía constitucional, la estabilidad política de España ofrecería una solidez mayor que con una república de naturaleza indefinida.

Una República constitucional, pero… ¿unitaria, federal, confederal, bolivariana, socialista soviética, ibérica, española, catalana, vasca…

? Todas respetables por reflejar distintas opiniones de la ciudadanía, pero para Matías y por más que la izquierda actual enaltezca lo que fue la Segunda República, está convencido de que incluso a los intelectuales liberales más brillantes de aquell a época tampoco les convenció.

Solo a los comunistas fieles a Stalin y a los anarquistas de Durruti.

Esa es al menos su opinión heredada tanto de su padre como de su abuelo.

De las mujeres de su familia y respecto al ámbito político no heredó nada.

Solo un mutismo hijo de la prudencia o de la pobre presencia pública de la mujer.

Está persuadido de que si Franco se hubiera apartado del poder al acabar la guerra y hubiera dejado paso a la Monarquía de don Juan nadie idealizaría la Segunda República.

Habrían continuado las tensiones entre monárquicos y republicanos, pero de otra forma.

Y respecto al papel de los comunistas, anarquistas y fascistas, ¿qué decir?

Cada cual que piense y diga lo que crea conveniente.

Los dos primeros boicotearon la II República por burguesa y los terceros sencillamente no la soportaban.

¿Y respecto al Ejército? Lo que oyó Matías en su casa fue que Azaña se precipitó con su reforma militar. Debía haber esperado un cierto tiempo. Astucia y siempre astucia. En algunas ocasiones un exceso de audacia es peligroso.

La reforma del Ejército debía haber avanzado pasito a pasito.

¿Se habría producido algún terremoto si Azaña hubiera mantenido las capitanías generales de toda la vida?

Ninguno. ¿Eliminar la Academia General Militar de Zaragoza y nada menos con Franco de por medio?

Jamás. Azaña debía haber mantenido la familia militar unida.

Habría sido el mejor salvoconducto para consolidar la República tras la precipitada salida del Rey.

Debía haber mantenido el escalafón. También debía haber entendido que los garbanzos y los ascensos son la médula espinal de cualquier ejército.

Solo consistía en tener paciencia, controlar a los comunistas y a los anarquistas y unos años más tarde, no muchos, habría podido ofrecer sin riesgo alguno la reducción de la plantilla militar, la correspondiente modernización y la transformación del servicio obligatorio militar en optativo y profesional.

Y al estallar la Segunda Guerra Mundial, la República se debía haber esforzado en mantener el equilibrio entre aliad ófi los y germanófilos.

Un equilibrio difícil, cierto, pero la neutralidad en la Gran Guerra del Catorce no le había ido nada mal a España, al menos para determinados negocios.

Izquierda Republicana solo debía haber mejorado el estatus económico de la clase trabajadora durante la guerra, cosa que no se hizo entre 1914 y 1918.

Uno de los muchos errores de bulto que también cometió Alfonso XIII.

Un rey que no servía para rey. Y tras la victoria aliada, todos los españoles sin dudarlo ni por un momento: aliadófilos, atlantistas y europeístas.

Ni estalinistas ni fascistas. Esa siempre fue la opinión de su abuelo y de su padre.