Rumbo al Palacio de la Zarzuela CAPÍTULO II ALGUNOS RECUERDOS PARA SEGUIR ENTENDIENDO MEJOR A MATÍAS A LAS PUERTAS DE SU JUBILACIÓN #2
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CAPÍTULO II ALGUNOS RECUERDOS PARA SEGUIR ENTENDIENDO MEJOR A MATÍAS A LAS PUERTAS DE SU JUBILACIÓN #2

Y con las manos entrelazadas por encima de su estómago y los codos apoyados sobre los brazos de su silla giratoria, se recrea pensando en sus nietos.

¡ C ómo han crecido , Dios mío! Cuando llegó a Zamora, David, el mayor, tenía once años y Luisito, nueve.

Hoy, David, y después de quemar todas las etapas de la difícil adolescencia —entiéndase por difícil adolescencia el paso por los videojuegos, los botellones de fin de semana o estudiar menos que las chicas por estar mal visto entre los colegas—, ya ha encarrilado su futuro inmediato.

Ha conseguido ingresar en la Escuela Técnica Superior de Ingeniería Informática de la Universidad de Sevilla.

Su novia, su primera novia, que acaba de entrar en la Facultad de Medicina de Sevilla —pues los dos tienen la misma edad—, ha sido decisiva.

Solo por eso, la chica se merece una condecoración, piensa Matías.

Adiós a esos botellones hijos disminuidos y deteriorados de lo que un día fue la movida madrileña tras la muerte de Franco y que ya solo muestran la decepción de los jóvenes ante una clase política bien agarrada al poder con sus corruptelas económicas legales, ilegales o alegales.

Sí, alegales. En España todo lo que es alegal es legal.

¡Menuda estafa! Y no se cansa de volver a la carga.

— ¿ Por qué algunos padres se ven obligados a esperar a sus hijas a la salida de las discotecas? ¿Tal vez desde que se estrenó Fiebre del sábado noche ?

No. Desde que los progres alcanzaron el poder.

Y es que Matías siempre ha sido y será un hombre de orden con una alta estima de sí mismo gracias a su vocación de servir a España y proteger a sus ciudadanos.

A todos. A los de derechas y a los de izquierdas.

¿Y si alguien no quiere su protección? Como persona y policía nunca se ha planteado tal dilema.

A nivel político sabe que en Cataluña o en el País Vasco quieren su propia policía autonómica.

De acuerdo. Lo entiende, pero en Zamora o en Madrid…

— ¡ Matías! Lo de los progres sobra —le recuerda Concha día sí, día también .

Cierto que como hombre de derechas, toma algunas medidas de seguridad cuando alguien le hace una pregunta algo capciosa.

En cierta ocasión, uno de sus amigos de la peña del Atleti, le preguntó qué opinaba de la exhumación del cadáver de Franco del Valle de los Caídos.

El muy cuco de Matías le contest ó que Dolores Delgado, ejerciendo de notaria mayor del Reino, iba muy elegante.

Ante la sorpresa de su interlocutor, se limitó a añadir de inmediato:

—Espero que si un día le toca exhumar los cadáveres de Lenin y Stalin vista igual de elegante.

Y no sigas preguntando que estoy rellenando la quiniela.

Esta semana se presenta complicada para el Atleti y yo le debo de dar mi voto de confianza.

No tengo otra opción. Este es el precio que he de pagar por ser colchonero.

Ya conocemos a Matías. Si algo no le sale como él quiere, siempre regresa a su obsesión preferida.

La adivinan, ¿verdad? El exceso de políticos, burócratas, asesores y colaboradores enchufados en las empresas públicas que viven a costa de los españoles.

«¡Parásitos! ¡In útiles ! No saben hacer nada que tenga cara y ojos.

Ni tan siquiera gestionar los trenes de cercanías.

Solo saben construir aeropuertos perdidos en la nada o carreteras nuevas de solo dos carriles hasta que los muertos en accidente les obligan a desdoblarlas y convertirlas en autovías », grita de vez en cuando y con la ayuda de algún que otro adjetivo poco halagüeño.

Está convencido de que los españoles nunca podrán calcular lo que los políticos se llevan del erario público entre nóminas, prebendas y componendas, ni tampoco sabrán cuántos hay.

Al contrario. Cada día habrá más y de más colores.

Y como cuando se enfada dice lo que no debe decir, proclama a los cuatro vientos que si fuera por él cerraría todas las facultades de Ciencias Políticas.

Hasta la fecha no han hecho otra cosa sino envenenar la política española.

«¡Qué gran error el de la princesa Leonor haber escogido dicha carrera!

» —exclama Matías y prosigue «se debía haber alejado del jolgorio y haber escogido carreras como Arquitectura, Medicina o alguna de esas j ó venes y novedosas ingenierías que hacen avanzar al país.

Todas ellas y por su alto nivel, sobrevolarían por encima de las cabezas de los aprendices a políticos.

Y si la princesa cosechaba algún suspenso debido a su complejidad no ocurriría nada.

Los suspensos humanizan y el pueblo los acepta porque los comprende »

— ¿ Y por qué no la haces estudiar tauromaquia, Matías? —le pregunta Concha socarrona, pero Matías no le responde y prosigue con su obsesión.

—Con un sesenta por ciento menos de políticos y burócratas y la eliminación total de asesores privados no serían necesarias las deudas soberanas y los españoles viviríamos de forma mucho más holgada.

La España productiva y la social productiva renacería de sus cenizas.

En otras palabras, Concha, un catedrático de enseñanza secundaria volvería a ser un señor catedrático y no un trabajador de la enseñanza al que, si pudieran, muchos de esos políticos sin carrera ni oficio lo harían ir vestido con un mono de trabajo industrial.

¡Sí! ¡Sí! Con uno de esos de color azul mahón —aclara Matías con un tono de voz enojado y tenga quien tenga delante.

Y no se detiene—. Y lo mismo ha sucedido con los médicos y las enfermeras.

De qué manera les han debilitado su poder adquisitivo y su estatus social. ¡Dios santo! ¡Verlo para creerlo!

Y a él , por falta de plantilla, nunca le ha quedado un minuto libre salvo para el café de media mañana o para leer el Marca y la revista taurina Aplausos así que llega a su domicilio.

Y hasta que no regrese a Madrid, ni tardes de fútbol ni de toros.

¡Qué se le va a hacer! El Zamora Club de Fútbol moviéndose por la Segunda Federación nunca le ha atraído.

Y a los toros, solo por las fiestas de San Pedro.

El resto del año, un páramo. Bueno, un páramo absoluto, no.

Si ha podido librar algún domingo por la tarde, la plaza de Las Ventas le ha permitido disfrutar del toreo.

Y no se olvida de Luisito, su nieto pequeño.

Ha dado un salto importante. Desde su infantil deducción de que no era necesario estudiar demasiado para ser profesor de guardería a su última y más convincente decisión.

Quiere ser traumatólogo o fisioterapeuta para curar las lesiones de los jugadores del Betis o del Atlético de Madrid.

Este último por deferencia a su abuelo y a su madre.

Matías sigue y sigue haciendo volar su imaginación hacia el pasado.

Parece que fue ayer cuando se despidió de sus compañeros de la comisaría de Usera-Villaverde; saludó en el andén de la estación de ferrocarril de Zamora a sus nuevos colegas de narcóticos que le esperaban aquella fría noche de enero; y recuerda el día que tom ó posesión acompañado de su esposa, de su hija Almudena y del subinspector Ignacio Márquez, un antiguo compañero de Usera al que le había pedido ayuda bajo mano para localizar al Alejandro de marras.

¿Y quién coño era el Alejandro de marras?

Un narcotraficante que ambos conocían por sus fechorías en Madrid y que terminaría sus días en la sala de autopsias del Instituto de Medicina Legal de Zamora.

Su asesina, vinculada también al tráfico de drogas, le había descerrajado por sorpresa un tiro en la nuca.

Y Matías, asumiendo todas las consecuencias, se lo había devuelto sin el menor atisbo de duda ni el menor problema de conciencia.

Paula Andrea, así se llamaba la interfecta, acababa de asesinar al oficial Méndez, su ayudante de campo por excelencia.

Al ver cómo Méndez se desplomaba junto a él y, a golpe caliente, hizo lo que hizo.

La liquidó sin contemplaciones. A veces piensa en ella.

Si la muy estúpida no les hubiera disparado, hoy seguiría viva.

Solo le faltaban unos metros para entregarse a la Guardia Nacional Republicana portuguesa. En fin, ella se lo buscó.

Y no solo no la perdonó por la muerte de su compañero, sino porque dejaba viuda y dos niños de corta edad.

Los niños, sean víctimas o huérfanos, no los olvida jamás.

Quienes lo conocen lo atribuyen a que es un sentimental.

¿Un sentimental? «¡Qué coño sabréis lo que es ser un sentimental!

» protesta Matías en voz alta. Claro que desde que ETA dejó de atacar a ciegas, el número de niños muertos de forma violenta ha descendido de forma considerable.

Los filicidios provocados por la violencia de género o las criaturas que mueren ahogadas al hundirse las pateras procedentes de África son dos tragedias que no las soporta.

De hecho, esa ha sido su desazón más grande.

No haber estado en el sitio y en el momento adecuados para evitar la muerte de un niño.

Y mientras Matías va mezclando el yogur con las semillas y los frutos secos recuerda la jubilación de su buen compañero y amigo Laínez 6 .

Hasta no hace mucho tiempo, todavía mantenían sus tremendistas discusiones políticas.

Ambos sostenían que la destrucción de la unidad de España avanzaba con más fuerza que nunca; los separatistas vascos y catalanes junto a los podemitas, los comunistas de toda la vida, los socialistas radicalizados y los extremistas de derechas la llevarían a cabo no sin antes haber derribado al Rey.

Un Rey, en su opinión, que no se daba cuenta de que ya tenía encima la calma chicha que antecede a la tormenta.

Sin embargo, el apocalipsis, tal y como Laínez lo llamaba, aún no ha hecho acto de presencia.

O, al menos, eso es lo que Matías cree a día de hoy.