Rumbo al Palacio de la Zarzuela CAPÍTULO II ALGUNOS RECUERDOS PARA SEGUIR ENTENDIENDO MEJOR A MATÍAS A LAS PUERTAS DE SU JUBILACIÓN
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CAPÍTULO II ALGUNOS RECUERDOS PARA SEGUIR ENTENDIENDO MEJOR A MATÍAS A LAS PUERTAS DE SU JUBILACIÓN

CAPÍTULO II

ALGUNOS RECUERDOS PARA SEGUIR ENTENDIENDO MEJOR A MATÍAS A LAS PUERTAS DE SU JUBILACIÓN

Y sí, así fue. Un mes de enero de hace siete años Matías llegó a Zamora en un tren Alvia.

Ahora mismo y mientras desayuna mira el calendario de sobremesa del propio Cuerpo Nacional de Policía.

Sonríe para sus adentros, aunque con una sonrisa agridulce.

Lo que tenía que suceder ya ha sucedido.

Su jubilación ha hecho acto de presencia.

No ha sido una sorpresa, la esperaba. Como cualquier otro funcionario, sabía con exactitud el día, el mes y el año que le llegaría.

Le sabe mal abandonar el Cuerpo Nacional de Policía, pues ha sido toda su vida, aunque reconoce que desde un tiempo a esta parte ya habían aparecido los primeros síntomas de cansancio físico.

Los años no pasan en balde para nadie y, al mismo tiempo, es consciente de que hay que dejar paso a la juventud con sus correspondientes ascensos.

Nada le ha satisfecho más a lo largo de su carrera que los ascensos y medallas que han logrado los policías que han servido bajo sus órdenes.

Una cosa es su ideología de derechas y otra muy distinta es no querer valorar los méritos que sus subordinados han logrado sin importarle sus diferentes formas de pensar y creer.

Jamás ha sido un sectario. «En el tranvía de la vida —sostiene— todo el mundo tiene derecho a ocupar su asiento sin molestar y, a ser posible, sin distraer al conductor ».

Y hoy, Matías ha llegado a la estación término de su trayectoria profesional como comisario jefe provincial.

Una categoría que nunca se había imaginado alcanzar, como tampoco se la imaginaban Concha, su hija Almudena, inspectora jefe de la UFAM destinada en la comisaría sevillana de distrito Nervión, su yerno José Luis, destinado en la comisaría de distrito Sevilla Este, y su consuegro, también comisario jubilado en la misma Sevilla.

Por su conducta tirando a rebelde y por ir a su aire, todos estaban convencidos de que nunca lo ascenderían.

Sin embargo, fue ascendido por promoción interna o, mejor dicho, por antigüedad selectiva.

Un ascenso que, en opinión de la mayoría de sus compañeros, se lo merecía.

No había movido un dedo para lograrlo, pero lo había conseguido.

Algo extraordinario en nuestra España actual.

Digno de ser evocado en cualquier crónica.

Sin embargo, Matías siempre se ha preguntado: ¿Quién coño movió los hilos cuando hizo su correspondiente curso?

¿Comisarios jefes como Felipe Bermejo desde su comisaría de Usera-Villaverde y a punto de ascender a comisario principal o Juanito, compañero de promoción y también comisario jefe de distrito en Retiro-Centro?

¿Quizá doña Leonor? Una agradecida propietaria aristócrata con mucha influencia en Madrid y a la que le resolvió el asesinato de su esposo, catedrático y miembro de la Real Academia Española, cuando el caso estaba a punto de cerrarse 5 .

Han pasado demasiados años para seguir indagando y a doña Leonor ya no se lo puede preguntar.

No hace mucho tiempo leyó su esquela en el ABC o, mejor dicho, sus esquelas.

Había fallecido a los noventa y dos años y en verdad se podía decir, a tenor de las susodichas esquelas, que había sido una mujer influyente.

Al menos en determinados círculos de la aristocracia, del Ejército, del Partido Popular y de alguna que otra fundación cultural entre religiosa y solidaria.

Y Matías se hace una de las muchas preguntas que se hacen algunos jubilados.

¿Se dedicará a leer esquelas para saber quiénes serán los primeros de su promoción en emprender el camino hacia el infinito o hacia el sueño eterno?

¿Será él? ¡Quién sabe! Con el régimen alimenticio que le exige su diabetes tal vez será el último en largarse.

No hay mal que por bien no venga, que dice el refranero castellano.

Ese refranero que está hecho todo un pillo.

Nunca duda en decir todo lo contrario de lo que afirma.

A quien madruga Dios le ayuda, pero no por mucho madrugar el sol sale más temprano.

Hay que ver lo listo que es. No hay quien lo atrape.

Y es posible, sospecha Matías, que haya sido él el culpable del sempiterno retraso económico del pueblo español con su característico «¿ por qué y para qué debo trabajar más y mejor si amanece o anochece cuando toca?

». Una reflexión reforzada por la izquierda política de nuestros días con su obsesión por trabajar menos y ganar más.

Para Matías, toda una boutade para arramblar con el mayor número de votos posibles.

Matías habría aceptado de buen grado jubilarse como inspector jefe en la comisaría de Usera-Villaverde, una comisaría que refleja ese Sur de Madrid en el que nació y que siempre le permitió y le ha permitido tanto a él como a su esposa, sudista también, moverse como pez en el agua.

Servir en el distrito Usera-Villaverde nunca fue un castigo, todo lo contrario, fue un orgullo.

Y quienes lo conocen o lo conocían, pues algunos ya han fallecido, saben o sabían que siempre ha preferido deambular por las calles al objeto de cazar infraganti a los delincuentes.

Algunos de ellos, viejos conocidos. M ás de uno y más de dos le mostraban el cartelito de «E n libertad provisional con cargos. No se alarme señor Matías » .

¡Qué se le va a hacer! Matías sabe que para un policía no hay sitio para el des ánimo .

Ante la adversidad se ha de seguir investigando con más ahínco si cabe y respetando el imperio de la ley inmerso en un Estado de derecho, democrático y constitucional, aunque un poco acomplejado.

Esa es su opinión repetida hasta la saciedad.

El aislacionismo internacional que provocó el franquismo; el revanchismo actual de los partidos de izquierda con su suicida política exterior; algunos escándalos económicos a ambos extremos del abanico político; el ascenso de la extrema derecha y la enérgica recuperación de los separatismos le hacen pensar que los sucesivos gobiernos seguirán ofreciendo un elevado número de concesiones de todo tipo.

Respecto a Felipe VI, al buen hombre no le quedará otro remedio que sancionar y promulgar leyes, aunque sus continuadas firmas y viajes acabarán con él .

Nada podrá hacer ante la fuerza del destino.

Otra característica de la inefable España. ¿No es verdad, don Álvaro?

Dichosos los pueblos, sostiene Matías, que saben mirar hacia adelante sin escarbar en su pasado más oscuro.

Entiende que los familiares quieran exhumar los cadáveres todavía no localizados de la guerra civil, pero sin politizarlos.

Está seguro de que los muertos desean que su descendencia convierta a España en un remanso de paz, de libertad y, de paso, la conviertan en una potencia económica.

O quizá no. Volver a las andadas fascistas, comunistas, militaristas o separatistas es otra posibilidad.

Al fin y al cabo, el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra, sea cual sea el precio a pagar.

Bueno, los hay que, a título personal, saben lucrarse tropezando voluntariamente con la dichosa piedra.

Si bien a Matías le costó lo suyo adaptarse a la vida de despacho, lo abandonará con mucha pena pese a que se reencontrará con su querido Madrid.

Por cierto, ¿ realmente habría querido ascender a comisario principal?

¿Para qué? ¿Para seguir luchando con sus hemorroides sentado en una silla giratoria?

¿Para sufrir lo indecible por no haber conseguido aprender inglés?

Quizá de haberse jubilado treinta años antes…

pero, no. Mejor de comisario jefe provincial en una provincia vaciada.

En su opinión, cada uno ha de saber evaluar sus capacidades y disfrutar de su puesto de trabajo.

¿Valía la pena seguir peleando con la informática y el inglés?

¿En qué momento de su trayectoria profesional se habría convertido en cautivo del ministro del Interior de turno al convertirse en comisario principal?

¿Alguien se habría atrevido a ascenderlo ante su indisciplinada forma de ser?

Nadie. Además, uno de sus lemas preferidos no deja lugar a ninguna duda: cuanto más lejos del poder político , mejor.

De haber ascendido, habría sido cesado. ¿Qué diablos habría dicho o hecho?

Vayan ustedes a saber, pero callado o quieto no habría estado.

Habría tirado más de una manta sin inmutarse.

Y, como ya se ha dicho, saltarse el escalafón gracias a la política, jamás.