Rumbo al Palacio de la Zarzuela CAPÍTULO I NUESTRO PROTAGONISTA. EL COMISARIO JUBILADO MATÍAS RUBIO #12
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CAPÍTULO I NUESTRO PROTAGONISTA. EL COMISARIO JUBILADO MATÍAS RUBIO #12

En cuanto al inglés, todavía sigue en dique seco, pues no lo ha estudiado ni con el ahínco ni con el entusiasmo debidos.

Entre escoger los casos que cada día le llegaban y el inglés, nunca lo dudó.

Escogió los primeros. Además, en Zamora, el inglés tiene poco futuro en el día a día.

La geografía del delito est á más bien relacionad a con unos determinados barrios cuyos colectivos también se ubican lejos de la lengua inglesa.

Hispanoamericanos, magrebíes, subsaharianos procedentes casi siempre del viejo colonialismo francés y, tras la caída de la URSS, ciudadanos de la Europa del Este.

Todos ellos inmigrantes obligados a venir a España en busca de trabajo precario y mal pagado.

Solo los exiliados políticos ejerciendo por norma general de tertulianos televisivos han podido encontrar un trabajo algo más digno.

Respecto a la informática, les preguntaba bromeando a sus ayudantes de campo si el almacenamiento, la custodia y la seguridad de los datos estaban a buen recaudo en la nube de la Policía Nacional.

Una nube que, en su imaginario particular, la situaba y la sigue situando sobre los cielos de El Escorial 4 y de Canillas, respectivamente.

Al menos en primera instancia, pues es consciente de que toda nube híbrida se nutre de una red mundial de servidores remotos.

Una cosa es que no le guste la informática y otra muy distinta es que sea un zoquete.

En cuanto a la Inteligencia Artificial y por edad ya no le coge. ¿Un tipo con suerte? Más que posible.

Y su segundo descargo respecto a sus problemas con la informática es simple.

La policía tiene a su alcance multitud de vías para dar con los delincuentes por muy sofisticados y virtuales que sean sus m étodo s.

Al final, cuando los caza, son de carne y hueso, aunque Zamora, todo hay que decirlo, no es tierra de grandes cabecillas mafiosos, más bien es tierra de personajes secundarios.

En cualquier caso, desmontar sus líneas de peones físicos no está nada mal.

Por los camellos se saca sino todo el ovillo, al menos una parte.

Una parte que, en más de una ocasión, ha permitido el arresto de algún capo o el descubrimiento de un importante alijo de droga localizado lejos de Zamora.

Un alijo recién llegado a Galicia, Barajas o Algeciras, por citar algunos de tantos puntos calientes en esa buenísima España que ya ha perdido la guerra ante el narcotráfico.

« Y si la ha perdido —se pregunta Matías —, ¿ cuánto tardará en convertirse en un narcoestado?

» . ¡Ah! ¡ Si él hubiera llegado a ser presidente del Gobierno!

Los narcos habrían vadeado España al contemplar sus cojones incorruptos. Y no los de España. No. ¡Los suyos!

En este preciso instante, las manecillas de su reloj de pulsera, el reloj que le regalaron sus compañeros de Usera cuando ascendió a comisario mientras le cantaban « Se va el caimán, se va el caimán a Barranquilla » , acaban de marcar las once, la hora de su segundo desayuno.

Si toda su vida se había tomado su cafetito bien cargado y un cruasán con sus compañeros en los bares de los alrededores de las distintas comisarías en las que había servido, desde que ascendió a comisario jefe son muchos los días que se ve obligado por razón de trabajo y rango a tomarlo sin salir de su despacho.

Y mucho más, cuando, justo al tomar posesión de su cargo en Zamora, una endocrina de la clínica Ruber Internacional de Madrid lo elevó a la categoría de diabético y le hizo saber que la bollería que acompañaba al cafetito matinal o al de media tarde debía pasar a mejor vida.

A partir de aquel instante, su esposa, sin transigir ni un solo día en estos últimos siete años, lo ha puesto a dieta.

Un minimalista desayuno al levantarse y otro igual de minimalista para cubrir a media mañana las necesidades de su implacable apetito canino, hijo legítimo, según dicen, de su diabetes.

La bolsita de plástico que le prepara Concha todas las mañanas lo ha convertido en toda una estampa para sus compañeros.

En invierno acompaña a su abrigo, bufanda, traje y sombrero Borsalino.

Y en verano, a sus trajes de lino gris o beige.

Y el que no utilice su coche privado, un potente y flamante Peugeot 3008 que ha sustituido al ya cansado Peugeot 207, es debido no solo a que vive cerca de la comisaría, sino a que cumple a rajatabla lo que le ha seguido exigiendo su actual doctora zamorana: que cada día camine como mínimo una hora a buen ritmo y no se olvide de la pastilla que toma junto a su primer desayuno, el de las siete en punto.

Y así lo ha hecho e interiorizado día tras día y año tras año.

Durante los escasos diez minutos que durará el segundo desayuno de hoy disfrutará de su único y solitario descanso salvo que ocurra algo grave en Zamora.

Y de su bolsita de plástico extraerá el yogur natural; una pieza de fruta de índice glucémico bajo; unas pequeñas dosis de semillas de sésamo, lino o chía; y, para finalizar, un pequeño puñadito de nueces.

Nueces que Concha, además de habérselas puesto en remojo durante toda la noche para eliminar sus taninos, se las alterna a fin de que no se canse de ellas con almendras, avellanas, pistachos o anacardos.

Eso sí, finalizado su frugal tentempié, acude como un rayo a la máquina expendedora de café vaya bien o no para la diabetes.

Por cierto, nunca se queja de la calidad del café que le expende la máquina.

Él n o es uno de esos exigentes finolis que no han conocido aquel tiempo de la achicoria o de la malta, sustitutas del café y de las que guarda un recuerdo de infancia más o menos borroso , pero feliz.

De todas formas, Matías lo ha tenido siempre claro.

No es lo mismo un paciente obediente que uno que no lo sea y obligue a la familia a vivir en vilo mientras lo trasladan al hospital víctima de un subidón, de un bajón, o de un coma inducido por él mismo.

Además, a lo largo de estos siete años, todavía no ha necesitado inyectarse insulina, algo que solo de pensarlo le horroriza.

Claro que cuando llegue el momento, sostiene, todo se reducirá a habituarse.

Solo faltaría que un policía hecho y derecho como él tuviera pánico a una leve y diaria autoagresión abdominal.

Si no lo tuvo cuando pasó por el quirófano por sus dos balazos recibidos, menos lo tendrá cuando llegue el tiempo de la insulina.

Claro que… ¡quién sabe! Cuando llegue ese día es posible que le diga a Concha: «Pínchame, que llego tarde».

Y Concha le responderá: «¡A ver cuándo te lo haces tú!

¡Qué ya eres mayorcito!». «¡Mañana, mañana!

Mañana sin falta» será su respuesta. No les quepa la menor duda.