Rumbo al Palacio de la Zarzuela CAPÍTULO I NUESTRO PROTAGONISTA. EL COMISARIO JUBILADO MATÍAS RUBIO #11
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CAPÍTULO I NUESTRO PROTAGONISTA. EL COMISARIO JUBILADO MATÍAS RUBIO #11

Claro que, con Franco, tanto la familia de Concha, vinculada a la Guardia Civil, como la suya, vinculada a la función pública del Ayuntamiento de Madrid, no vivieron nada mal.

Esa es la realidad. Decir lo contrario sería faltar a la verdad y mostraría una desvergüenza negarlo.

¿Por qué negarlo? ¿Para sacar tajada de la nueva democracia española nacida al amparo de la Constitución de 1978?

Ya lo he dicho. Matías no es un trepa, no necesita caer bien a nadie para ascender, no es un lameculos ni es un farsante.

Si ha de defender alguna de las cosas que hizo Franco y que a él le parece que estuvieron bien, las defiende.

El Seguro Obligatorio de Enfermedad, por ejemplo; las dos pagas extras, la del dieciocho de julio y la de Navidad que aún perduran con nombres cambiados; el despegue del turismo con Fraga Iribarne sigue siendo uno de los pilares económicos más importantes del país por más protestas que haya contra su masificación; los pantanos ante las pertinaces sequías; o el plan Badajoz.

La provincia de la que emigró su bisabuelo para encontrar trabajo en el Sur de Madrid con la colaboración del habla castiza que no tardó en aprender para adaptarse mejor y, al mismo tiempo, ser bien acogido.

En otras palabras, para ser un madrileño más.

Y si alguien le pregunta: «¿ Acaso te has olvidado de que muchas de sus obras públicas fueron llevadas a cabo por presos políticos?

», Matías acepta la observación, pero de inmediato lanza una o varias de sus andanadas.

Que no se olviden del Gulag soviético por aquello del tú más que tanto utilizan nuestros políticos o de qué manera algunas multinacionales actuales tratan a sus trabajadores en ciertos países del Tercer Mundo o incluso en la propia España.

— ¿ Cuál es la diferencia mi viejo amigo mío?

—preguntará Matías guiñando su ojo derecho—.

Y añadirá: — ¿ No has visto a esos pobres repartidores a domicilio montados en bicicleta y llevando paquetes de un lado a otro a una velocidad endiablada para ganar unos cuantos euros que ni siquiera llegan a ser proletarios?

¿Acaso son más libres con nuestra democracia?

Preg ú ntaselo a uno de esos inmigrantes como se lo pregunto yo cuando se detienen a mi lado en el semáforo.

Y que conste. Nunca he utilizado sus servicios.

Si he de ir a por una pizza, cosa rara teniendo a Concha en casa, soy yo quien va a patita.

¡Hay que ver los señoritos que nos hemos vuelto lo españoles!

¡Y no me digas que no soy solidario con ellos por ir a patita! ¡Qué te veo venir!

E insisto. Ni su padre ni él necesitaron ningún tipo de recomendación para ingresar por oposición en la Policía Municipal del Ayuntamiento de Madrid o superar la oposición a inspector del Cuerpo Nacional de Policía.

Sus respectivas plazas se las ganaron por méritos propios.

Algo que Matías quiere que se sepa. Y lo de jurar lealtad a los principios del Movimiento Nacional que todavía les cogió, ya hacía muchos años que eran papel mojado entre los opositores a cualquier administración pública.

Incluso los comunistas los acataban y los catalanes, vascos y gallegos no dudaban en castellanizar su nombre de pila al firmar sus respectivas oposiciones.

«¡De qué —decían— vamos a perder una plaza por oposición en un país de funcionarios!

» . Y no digamos si algunos de ellos no solo acumulaban los conocimientos necesarios, sino también aquella parte invisible de su currículum que reflejaba su lucha contra el Régimen franquista.

Lucha que había comportado un nutrido número de sufrimientos vividos en comisarías, cárceles o por haber sido expedientados.

En cualquier caso, a los viejos funcionarios de los días de Franco les interesaba estar a bien con los nuevos por muy comunistas que fueran.

Intuían que serían ellos quienes no tardarían en gestionar la administración pública así que muriera el dictador o el cau dillo.

Según c ó mo lo interpretaran. Claro que, hoy en día, ya todos lo interpretan como un dictador, no sea que caigan en desgracia o sufran acoso político.

Bueno, entre la extrema derecha todavía hay quien lo reconoce como caudillo.

Esa es la verdad. Y Juan Carlos I no se ha olvidado que fue Franco quien lo convirtió en Rey.

Hay que ser respetuoso con la Historia. Una afirmación que le honra.

Al poco tiempo de morir Franco, afirma Matías, más de una familia precavida retiró del comedor la foto en la que se veía a Franco dando la mano al cabeza de familia que ostentaba o había ostentado algún cargo local, provincial o nacional.

Cuando llegó la Constitución del setenta y ocho la mayoría de dichas familias la recibi ó bien.

Todos podrían vivir en paz. Los unos y los otros.

Claro que, con el paso del tiempo, muchos de los hijos de los derrotados de la Guerra Civil e incluso de los vencedores ya la quieren cambiar.

Para Matías lo bueno dura poco. Siempre ha sido así en su España de los rencores.

Rencores disfrazados de memoria democrática que no tardarán en despertar la memoria de los otros ll á menla como la llamen cuando llegue.

Desde hace un tiempo los rótulos de las calles trepan o se desploman como en un tobogán.

Cierto que ni su padre ni él nunca aceptaron los dos sostenes del Régimen franquista: ni el beato ni el falangista.

No soportaban la influencia de la Iglesia sobre las mujeres, aunque no por ello dejaban de oír misa los domingos.

Tampoco a los beatos expiatorios que en vez de dejar la herencia a su familia se la dejaban a la siempre acaparadora Iglesia.

Y no toleraban la violencia de algunos antiguos y jóvenes falangistas cuando les daba por asaltar una librería, provocar algún que otro desorden público contra el propio Régimen y la recién llegada Democracia, o mostrar un enfado mal digerido al ver cómo la gran mayoría de los falangistas habían cambiado la camisa azul por la blanca.

— ¡Chaqueteros! ¡Volveremos! —gritaban.

La verdad sea dicha, piensa Matías, quizá han cumplido con su promesa.

Ese nuevo partido político llamado Vox que tanta puñeta le hace al Partido Popular y a la derecha española en general algo ha recogido de aquel ¡Volveremos!

La ultraderecha, entre católica y falangista, se ha despertado de su letargo, aunque Matías está convencido de que quien la ha despertado de verdad ha sido la entente cordial de la izquierda con los separatismos.

Todo un nudo gordiano que solo Felipe VI puede deshacer sin usar sable alguno. Pero ¿cómo?

Eso. ¿ C ómo ? ¿Cómo lo hará si la radicalización camina de nuevo hacia el guerracivilismo?

De un bando y del otro. Los vencedores de ayer, cuando la aritmética parlamentaria les va en su contra, siempre se sienten vencidos y encima cometen errores de bulto.

Y los vencidos de ayer todavía no se sienten satisfechos del todo con la democracia de hoy.

Necesitan saldar más cuentas. Y Matías se pregunta: «¿ Tan malos fueron nuestros padres y abuelos que no les importó enzarzarse en una guerra civil?

Fueran del color que fueran. Azules, rojos, nacionales, republicanos…

todos iguales. Si fuéramos capaces de convertirnos con el apoyo de la Monarquía en constitucionalistas, europeístas y algo más españoles sin perder cualquier otra seña de identidad nacional o lingüística otro gallo nos cantaría » .

Séptima y última pausa lectora.

¿Sueño? ¿Cansancio? ¿Dolor de cabeza? Hagan lo que hacen Matías y Concha ahora mismo. Están leyendo una novela en la cama, aunque no tardarán en quedarse dormidos pese al todavía llevadero dolor de huesos pregonero de la llegada de la tercera edad.

Y si alguien y a estas alturas de la novela se sigue preguntando por qué Matías siempre ha preferido plasmar sus casos en papel, la respuesta no encierra misterio alguno.

Reconoce que la informática brinda un impresionante volumen de información, una increíble velocidad de consulta y una gran simplificación, sin embargo, se ha resistido a ponerse al día ante los nuevos programas que ofrece el imparable y eficaz mercado del sector informático con sus respectivos soportes y aplicaciones.

Y en sus siete años destinado en Zamora siempre ha sabido que deb ía justificarse por ello, cosa que no ha dudado en hacerlo y por partida doble.

Ahí va su primera justificación. Dice que se siente un hombre más del siglo XX que del XXI, aunque bien sabe que dicha afirmación no es suficiente para convencer a sus subordinados y mucho menos a sus superiores.

Ese es el motivo por el cual sus ayudantes de campo, tal y como él los denomina, y sabedores de la enorme pereza que tiene para ponerse al día en todo lo que se refiere a la informática, le han cubierto sus espaldas desde el primer día que asumió el mando.

En alguna ocasión, incluso fueron más lejos.

Hará tres o cuatro años le propusieron que hiciera un grado de criminalística online que ofrec ía cierta universidad.

Ellos le secundarían y quizá dicho curso le facilitaría su ascenso a comisario principal.

¿Por qué no? Era una remota posibilidad.

Pero, ¿ acaso no dicen que quien la sigue la consigue?

Matías, y como de costumbre, se mantuvo en su negativa.

Agradeció el detalle, pero su respuesta fue un no tan sonriente como rotundo.

Con el par de cursos superiores que le había endosado su hija años atrás , uno en la propia División de Formación y Perfeccionamiento de la Dirección General de la Policía y otro, ofrecido por la Universidad Francisco de Vitoria y que aceptó con resignación, ya había hecho suficientes méritos para ganarse un más que merecido descanso en todo lo referido a su ampliación de estudios.