CAPÍTULO I NUESTRO PROTAGONISTA. EL COMISARIO JUBILADO MATÍAS RUBIO #10
Matías se ha preguntado muchas veces si los españoles de a pie saben distinguir entre el Consejo de Europa , el Consejo Europeo o el Consejo de la Unión Europea .
O si saben que juez representa a España en el Tribunal Europeo de Derechos Humanos .
Est á más que convencido de que no lo saben.
¡ Qué coño van a saberlo si tampoco lo sabe él!
Lo poco que han oído de dicho tribunal es debido a las incontables veces que los separatistas catalanes han acudido a pedirle amparo.
¿Pero dónde diablos se localiza dicho tribunal?
¿En Bruselas? ¿E n Estrasburgo? ¡Qué importa!
En honor a la verdad y pese a que a Matías no le cae bien el señor Puigdemont, cada día que pasa le reconoce más su talento político.
Ha llegado a convertir al gobierno español en una peonza que gira sobre su eje sin detenerse jamás.
«¿Será una nueva ley de la física?» se pregunta el siempre socarrón de Matías.
Claro que… si Puigdemont no se da prisa en tomar una decisión de gran envergadura, la posibilidad de que surja un nuevo partido más separatista que el suyo con un líder o lideresa más joven y bien preparado es más que una posibilidad.
Al fin y al cabo, Israel y según tiene entendido, ya ha invitado a una tal Silvia Orriols.
¿La conoce el pueblo llano español? ¡Qué va! Claro que él tampoco.
Y Matías sigue en sus trece. « ¿Y qué decir de las dos flotillas de la libertad organizadas por los amigos de la activista Ada Colau en defensa de los gazatíes y contra los israelíes?
¿Acaso se han preguntado qué consecuencias nos pueden reportar?
». Y sigue especulando. «¿Adónde quiere ir a parar el señor Puigdemont con su estrategia de que cuanto peor vaya Cataluña, mejor?
» . Matías está convencido de que el pueblo catalán no se sublevará por mal que vayan los trenes de cercanías.
¿Por qué? Porque lo que quiere la gente es tener salud, trabajo, vacaciones y la máxima felicidad posible. ¿Y los retrasos? Mañana será otro día.
En fin, no todo han de ser preocupaciones políticas.
Una de las mayores satisfacciones que le ha dado Zamora a Matías, aparte de los casos que ha resuelto y de haber ayudado a un buen número de víctimas, ha sido el civismo y la moderación que han ofrecido las cada vez más repetitivas manifestaciones callejeras.
Tanto los manifestantes como los policías han sabido comportarse y han dejado bien alto y claro lo que él y Concha ya sabían.
Que en Zamora se vive bien y es una ciudad pacífica en el transcurrir de su día a día más allá de las inevitables fechorías o de alg ún que otro desastre natural.
Y de entre estos últimos, el voraz incendio de la sierra de la Culebra en la que ardieron treinta mil hectáreas, pero que entre pitos y flautas acabaron siendo sesenta mil las afectadas.
Una catástrofe medioambiental todavía no recuperada y que se convirtió en una pesadilla para los lugareños, las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, los bomberos y la Unidad Militar de Emergencia.
Con él se cumplió el terrible y sempiterno axioma: las pequeñas ciudades y las provincias poco pobladas, esas que ahora las llaman vaciadas, solo salen en las cadenas televisivas de alcance nacional por un desastre natural, un accidente de gran envergadura o por uno de esos crímenes que golpean sin conmiseración la conciencia de la opinión pública.
Una conciencia que, en ocasiones, se transforma en entretenimiento gracias a alguna que otra novela, película o documental cuyo único objetivo es el de explayarse con la tragedia y ganar unos dinerillos.
Y Matías se pregunta de nuevo: «¿Acaso no es eso lo que quieren los lectores o los espectadores ávidos de las fuertes emociones que ofrece el mal?
» . Y es que Matías es tan espontáneo y sincero consigo mismo o con cualquiera que tenga delante que es un personaje único e irrepetible.
Incluso se negó a ver la película Lo imposible que recreaba el terrible tsunami que sufrió Tailandia.
Como tampoco soportó el visionado completo de Torrente, el brazo tonto de la ley .
Le dijo a Concha que salía al vestíbulo a fumar uno de sus Ducados y no regresó.
Ya en la Gran Vía madrileña Concha le preguntó:
—Matías, ¿que no te encuentras bien?
—Mejor que nunca, pero no soportaba la película.
—Pero ¿por qué todo te lo has de tomar a la tremenda? A mí me ha hecho reír. Torrente me cae bien. Qué quieres que te diga.
—Pues a mí, no. ¡Qué coño de tanta roña policial!
Para envilecernos ya están los extranjeros, ¡c ojones!
¿Por qué Torrente no encarna a un remilgado inspector de Scotland Yard ?
¿Por qué? ¿Eh? ¿Por qué? —elevó Matías su tono de voz y añadió que si él mandara en España la convertiría en una potencia de primer orden.
En otras palabras, nadie reiría las gracias legañosas del Torrente.
Y no por temor, sino por la firme convicción de vivir en un país de cinco estrellas.
Respetado en todos los organismos internacionales.
—¡Mira que eres retorcido, Matías! No sé cómo me casé contigo. Siempre a contracorriente de todo el mundo.
— ¡Qué culpa tengo yo si la gente que a ti te encanta ha convertido a Belén Esteban en la musa de España!
—No vengas por donde no has de venir y a Belén Esteban no la convirtieron en musa, la convirtieron en princesa de España.
— ¡ Vaya por Dios! Tan monárquica como dices ser y no elevaste una protesta al negociado correspondiente de la Zarzuela. Debías haber escrito una carta de protesta a la reina Letizia. Sí. Como quienes escribían a doña Carmen Polo de Franco para que interviniera en lo que fuera menester.
—Menos mal que nunca has querido ser político.
— ¿Por qué lo dices?
—Por lo que tú ya sabes.
—Hay que joderse con tus respuestas. ¿Y qué sé yo?
—Lo que tú ya sabes, Matías. Y si te apetece una tortilla de patatas a mí también, lo que no sé si tengo cebollas.
—Con cebolla o sin cebolla todas te salen espléndidas.
—Deja de adularme —le respondió Concha, que le encanta que la adulen.
Sus platos son para chuparse los dedos, algo que Matías certifica.
No en vano, llevan una pila de años casados y cuando acuden a un restaurante ya sabe lo que debe decir.
Como tu cocido, Concha, ninguno, como tu besugo a la madrileña, ninguno, como tus callos, ni punto de comparación.
Sexta pausa lectora.
¿Un Manhattan nocturno? ¿Un Old Fashioned?
Matías pedirá un mojito cubano sea o no comunista, no lo duden.
—¡Qué coño de tantos anglicismos! —. Eso sí.
Solo uno. De lo contrario acabaremos todos borrachos perdidos, nos clavarán una multa nada más coger el coche y tendremos dificultad para finalizar este primer capítulo que intenta reflejar con mayor o menor fortuna algunos de los rasgos más genuinos de nuestro protagonista.
Unos rasgos que a unos lectores les encantará y a otros les sacará de quicio.
No tengan la menor duda. Sin embargo, Matías siempre ha transmitido una sensación de seguridad a los probos ciudadanos sea cual sea su ideología, religión o militancia política.
Y si alguien se sorprende de que sus casos pendientes est é n en su despacho y en archivadores de cartón o en carpetas de plástico, tiene su explicación.
Toda la información se encuentra almacenada en los ordenadores de las diferentes brigadas y unidades de la comisaría, pero Matías siempre ha preferido trabajar con papel.
Y para cada caso tiene, además, su libretita de notas.
Y son tantas las libretitas que ha coleccionado a lo largo de su dilatada vida profesional que conforman no solo una numerosa biblioteca, sino que con ellas se podría obtener una precisa y diáfana visión de cómo ha evolucionado la policía española desde los últimos tiempos de Franco hasta nuestros días.
O, para ser más exactos, desde que él ingres ó en el Cuerpo Nacional de Policía.
Su hija, inspectora jefe de la UFAM de Sevilla, le insta a que, cuando tenga tiempo, las utilice para escribir un manual de práctica policial, pero absteniéndose de incorporar cualquier referencia a la vida política.
Que no se defina tan monárquico. Las aguas, aunque no lo parezca, cada día que pasa aíslan más a la Monarquía, pese al refuerzo de la princesa Leonor y al apoyo fraternal de la infanta Sofía.
El toisón de oro entregado a la reina doña Sofía pertenece al pasado.
Solo dos partidos políticos asistieron y uno de ellos republicano y virando a toda máquina hacia la República.
Por todo ello, insiste Almudena, vale más que se calle y mucho más ahora que la jubilación está al caer.
La jubilación y, para ciertas cosas, le recuerda, es tiempo de retiro.
Pero Matías nunca dejará de ser un monárquico del Sur de Madrid como lo eran su padre y su abuelo.
Unos hombres persuadidos de que la monarquía constitucional era el mejor sistema político para un país tan difícil de gobernar como España.
Todo consistía en tener un rey o una reina dignos de serlo.