CAPÍTULO I NUESTRO PROTAGONISTA. EL COMISARIO JUBILADO MATÍAS RUBIO #8
Y aprovechando que en estos momentos está solo en su despacho, piensa que tal vez es una buena ocasión para hacer el balance de sus siete años como comisario jefe en Zamora.
No se asusten, intentaré no alargarme. Quizá no encontrará una oportunidad mejor que esta.
Siempre se ha sentido satisfecho de lo que ha dado de sí su vida profesional desde que entró a formar parte del Cuerpo Nacional de Policía.
Claro que ni los comisarios jefes provinciales ni los teniente coroneles jefes de las comandancias de la Guardia Civil pueden estar satisfechos del todo.
Mejoran la seguridad de sus conciudadanos, por supuesto, y, en ocasiones, incluso son premiados con alguna que otra medalla.
No digamos si han arriesgado su propia vida tal y como la ha arriesgado él, pero los delincuentes, sean profesionales o no, son incansables.
La conducta delictiva, sostiene Matías, forma parte de la condición humana.
Una condición que con unos buenos abogados o unos políticos buenísimos sabe que tiene el camino despejado.
«¿Y el honor? ¿Y la honestidad? ¿Y la honradez?
Pero ¿es que hoy en día alguien cree en semejantes bobadas?
» , se pregunta nuestro protagonista. Y no contento con tales preguntas también se interroga a sí mismo: «¿ Por qué mis padres insistieron tanto en lo de ser un hombre de bien?
¿ Acaso no vivieron una guerra civil que les permitió conocer el mal?
». « En fin, no voy a seguir pensando. Si sigo, me tomarán por un idiota. Hasta Concha me lo tira en cara » .
Y así es.
—Matías, deja la honestidad y la honradez en paz. Ya sabes que solo te traen problemas. Cuando en Usera ayudabas a las prostitutas a escapar de sus chulos no faltaba quien decía que antes te las habías llevado a la cama. ¿Verdad o mentira?
—A las habladurías no les hacía ni puto caso.
Siempre les respondía con el silencio. El silencio circunspecto hunde en el desamparo psicológico y biológico al calumniador.
No lo dudes. Mientras perdura el silencio también perdura la incertidumbre entre los malnacidos en expandir sus malévolas habladurías.
¿Qué forma tomaba mi silencio cuando lo convertía en opinión tan sonora como pública?
¿Eh, Concha? ¡Ah, mi querida Concha! Provocaba p ánico .
Se dice… se rumorea… yo no he dicho nada señor comisario.
Se lo juro por la salud de mis hijos… —contesta Matías con su tan habitual como simpático guiño ocular.
Matías aprovecha también para hacer el balance de los delitos, aunque reconoce con satisfacción que Zamora sale muy bien librada en las estadísticas. Se sitúa entre las ciudades más seguras de España pese a que tuvo que salir al rescate de Dandi, su fiel y viejo amigo.
¿Hablo un poco de Dandi, su galgo? ¿Sí? ¿No?
Yo diría que sí. Al fin y al cabo, sabemos que este primer capítulo sirve para dar a conocer el mayor número de detalles que configuran su forma de ser.
Debo decir que Matías profesa un gran cariño a los perros y por eso no dudó en adoptarlo.
Dandi, pues así lo bautizó, ha convivido con ellos durante sus últimos cinco años en su piso zamorano.
Cierto que Concha le exigió a Matías un solemne juramento.
Le hizo jurar que él sería el encargado de sacarlo a pasear todas las mañanas y todas las noches antes del almuerzo y de la cena.
Hiciera frío, calor, lloviera o nevara. Y también debería encargarse de su intendencia o de llevarlo al veterinario.
Un juramento necesario porque Concha ya tenía suficiente con llevar todo el peso de la casa.
Un trabajo que, quienes la conocen, saben muy bien que no le viene impuesto por su condición de mujer.
Es ella la que, por voluntad propia, ejerce de dueña y señora de la casa.
No permite que nadie se inmiscuya en sus quehaceres domésticos.
Todo tiene que ser y estar a su gusto. En otras palabras, nada de contratar a señoras de la limpieza.
—Como tú quieras, Concha —le repite Matías una y otra vez.
— ¿Has usado esta sartén, Matías?
—No. ¿Por qué tenía que usarla?
—No lo sé. Las sartenes siempre las coloco en el armario de abajo y esta está sobre la encimera.
—La habrás dejado tú misma sin darte cuenta.
—Has intentado hacerte un huevo frito o una tortilla francesa, ¿verdad?
— ¡Qué dices! ¿Hacerme yo un huevo frito o una tortilla francesa? ¡Qué disparate!
— ¡Cuántas veces te he decir que te esperes a que yo llegue! Ahora me toca el doble de trabajo. Freír el salmón que acabo de comprar para hacerlo en la sartén grande y limpiar esa pequeña a la que le has vertido aceite.
— ¿He vertido aceite? No me asustes. ¡A ver si ya me ronda el Alzheimer!
—No te hagas el gracioso.
—De gracioso nada. Hablo muy en serio y… ¡ qué no te oigan las feministas!
—Las feministas que canten misa, yo soy una mujer de los pies a la cabeza.
¡Si no hubiera sido por mí no sé qu é habría sido de tu carrera!
Mientras tú te encargabas de tus casos, ¿ quién si no yo me encargaba de llevar todo el trabajo de casa?
Y sin olvidar el cuidado de nuestra hija y de nuestros respectivos padres que los fuimos acogiendo hasta que murieron.
Tú, sin hermanos y mi hermana arrastrando su cáncer hasta el final, todo recaía sobre m í .
— ¡De acuerdo! ¡De acuerdo! Pero yo también colaboraba, ¡eh!
— ¡Pero si ni siquiera sabías darle el biberón a Almudena! La posibilidad de que se atragantara te horrorizaba, no lo niegues.
— ¡ Eres una exagerada! Quién te oiga creer á que soy un inútil.
—Para ciertas cosas, sí. Un inútil total.
— ¡ Será posible! —siempre le ha contestado y le sigue contestando Matías, pero sin un ápice de enfado. Bien sabe que Concha no siente la mayor parte de las cosas que dice, solo forma parte de su exaltada forma de ser.
Y si una noche Matías ha llegado tarde a casa por razón de trabajo, es Concha, refunfuñando, quien se ha encargado de bajar a Dandi a la calle, pues las necesidades fisiológicas del animal apremian.
Ahora bien. Si se encuentra con una vecina que también ha bajado el suyo, porque hoy en día quien más quien menos tiene una mascota canina, todos son elogios para Dandi.
No hay en la vecindad perro más inteligente, silencioso, educado y pacífico que el suyo, afirma orgullosa.
Nada que ver con esas miniaturas ladradoras que no se sabe si ladran por mal genio o por miedo a esos mastodontes de presa cuyos dueños ni siquiera les ponen bozal.
— ¡Qué poca cultura cívica tiene este país, Dios mío!
—protesta enfadada Concha. Y no digamos si, de tarde en tarde, se cruza con una de esas ratas nocturnas que merodean la basura orgánica abandonada junto a los contenedores o avista la gran cantidad de papeles; plásticos; toallitas; colillas; defecaciones de otros perros; latas de Coca-Cola; botellas rotas de cristal, preferentemente de cerveza; globos explotados de alguna fiesta infantil; preservativos, jeringuillas o chicles mil veces masticados y pisados que la obligan a bordear el Manzanares con los ojos bien abiertos, pues a la que se descuida, Dandi ya se ha llevado a la boca algo nada recomendable.
Y si alguna noche a Matías y con las prisas se le olvidan las bolsas recogedoras de excrementos.
¿Qué hace? ¿Hacer ver que no se ha dado cuenta?
No. Como ciudadano responsable y agente de la autoridad que es, otea el horizonte hasta dar con un conciudadano que lleve mascota.
Le pide auxilio y con una bolsa donada regresa al lugar de los hechos.
Chorreo a Dandi sin razón y réplica de Dandi con un par de ladridos.
Ambos se entienden bien. Tal para cual. Cuando no hablan de la situación política de España, hablan de fútbol o de toros, y se comprometen a asistir a sus respectivos funerales muera quien muera primero.
En cuanto a Concha, Concha es eterna, afirman ambos.
Y de todos los delitos que ofrece la sociedad española los cuatro que más le han preocupado han sido los derivados de la violencia machista que sufren las mujeres y los homosexuales; el tráfico de drogas; la maldad difamatoria o estafadora que llega online ; y la aparición de los okupas.
Al primero, no le ha dado tregua. Al fin y al cabo, fue la violencia de género la impulsora de su ascenso y destino.
Respecto a la droga, su primer caso en Zamora tuvo que ver con ella.
Para los delitos online se ha sabido rodear de un buen equipo de expertos informáticos porque de sus conocimientos más vale no hablar .
Le tiene una fuerte aversión a la informática.
Y en cuanto a los okupas, sostiene que han crecido gracias al apoyo descarado que recibieron de los partidos de izquierda tras conseguir una importante cuota de poder.
Ocupar un piso sin encomendarse ni a Dios ni al diablo, sostienen, no es un delito, es un derecho constitucional.
— ¡ No te jode! —profiere Matías con una elevada dosis de irritación.
Por cierto, el «¡ No te jode! » es una de sus expresiones más utilizadas en su vida diaria.
Cuando le comunicaron su ascenso a comisario, lo que significaba aban donar su querido Madrid, no se pudo reprimir de utilizar la citada expresión:
— ¡La jodiste Matías!
Una exclamación que Concha ratificó.
—Con lo bien que vivíamos en Madrid, no sé por qué tuviste que hacer el curso de promoción.
—Lo sabes muy bien. Me lo aconsejaron todos los compañeros de la comisaría comenzando por el propio comisario. Y no te olvides lo pesada que se puso nuestra hija para que lo hiciera —responde Matías cada vez que su ascenso salta al ruedo.