CAPÍTULO I NUESTRO PROTAGONISTA. EL COMISARIO JUBILADO MATÍAS RUBIO #7
Y recuperando su obsesión por el Código Penal, Matías se reafirma.
Los ciudadanos que sí cumplen con los deberes de ciudadanía se sentirían mucho más tranquilos, complacidos y dignificados al comprobar que en España se respeta la ley sea cual sea el delito y sea quien sea el que lo cometa.
Y si alguien le critica por defender el endurecimiento de las penas, se encoge de hombros, pero sin morderse la lengua, repite lo que siempre ha repetido hasta la saciedad:
Las democracias se han de hacer respetar. Si no lo hacen, los transgresores de la ley la toman por el pito del sereno y mucho más si, encima, algunos empresarios, policías o políticos corruptos, aforados o no, solo piensan en s í mismos.
Y los pensamientos de Matías no se detienen:
Si el pueblo español amara a España, sus calles, plazas y jardines brillarían como una patena.
Nadie ensuciaría el suelo y desde él, peldaño a peldaño, nuestra fama como país culto y civilizado alcanzaría las cotas más altas de nuestra historia.
Y hasta las ratas al salir de las cloacas al anochecer dirían: ¡ Hay que ver cómo ha cambiado España!
¡Quién la ha visto y qui é n la ve! A este paso no nos quedará otra que emigrar.
Escapémonos antes de que nos exterminen.
A veces, los españoles tienen muy mala leche.
Cada cierto tiempo necesitan atizarse entre ellos.
Qué se lo pregunten a don Quijote de qué manera lo molieron a palos o a Sancho Panza cómo lo mantearon en la venta.
¡Si hasta Cervantes y Lope de Vega estuvieron a punto de zurrarse por sus mutua envidias!
E insiste con sus obsesiones. Los propios fiscales y jueces nada pueden hacer ante el delito.
Están atados de pies y manos. Los primeros por depender del poder ejecutivo.
Y los segundos, sean conservadores o progresistas, no acaban de encontrar el camino.
Al parecer no hay jueces capaces en ninguno de los dos bandos de objetivar sus sentencias, algo que desean los ciudadanos pacíficos y de bien.
¡Pero, no! Ya se encargan los políticos y cierta prensa en desestabilizarlos.
Tras la afirmación de que el fiscal general del Estado depende del poder ejecutivo, no tardará el poder judicial en ser engullido.
Es tan insaciable el poder ejecutivo que, por mucho que quiera perpetuarse en el poder, acabará devorándose a sí mismo.
Tiempo al tiempo, profetiza Matías. Solo Felipe VI y si sabe jugar las cartas constitucionales como las jugaría él , podrá moderar ese desmesurado apetito.
— «¿ Y si el Rey no lo consigue? —se pregunta Matías mostrando cierta inquietud—. Entonces llegará la Tercera República. Republicanos, comunistas y separatistas ya se encargarán de romper España. ¿Y qué hará la Unión Europea? Nada. Absolutamente, nada. La conoce muy bien sin conocerla.
Y pese a la dialéctica entre el poder ejecutivo y el judicial, Matías reconoce que todos los gobiernos tienen el derecho a indultar o amnistiar.
Sin embargo, está persuadido de que los delincuentes se lo pensarían dos veces antes de actuar si las penas fueran más severas.
Pero en España no faltan sentencias políticas que ya llevan incorporadas las peticiones de indulto por si las moscas.
Y también se deberían vigilar los excesos de su imaginario Código Pena l.
No fuera que le diera por ver podencos por todas partes.
«¡Cuidado! Este delito es podenco. ¡Guarda! » se dirían m ás de uno y más de dos .
Respecto al hecho de que la justicia lleve los ojos vendados para poder ser imparcial a Matías tampoco le hace el peso.
La intención es buena, pero quizá sería mejor que se quitara de una vez por todas la venda y viera cómo los poderes políticos, religiosos o económicos y también la raza y el género de las personas influyen más de la cuenta en las sentencias.
Matías estaría más tranquilo si la justicia abriera bien los ojos de la misma forma que siempre los ha abierto él ante sus delincuentes.
«¡Te cogí pillastre!» grita usando el lenguaje de los tebeos de su infancia .
Y hay otra cosa que también le molesta. Todo el mundo habla de los derechos humanos.
De acuerdo, concede Matías, pero: «¿ Por qué se habla tan poco de los deberes?
¿Por qué son difíciles de cumplir? ¿Por qué no están recogidos por el derecho internacional?
No. Porque son muchos los que no los quieren cumplir».
Y lo de ubicarse en el lado correcto de la historia que esgrime la progresía no le convence.
La Historia siempre ha estado al lado de los vencedores, digan lo que digan los perdedores o los limpios de corazón.
Y no solo eso. Muchos de nuestros políticos se creen capaces de crear su propia escuela de derecho internacional.
« ¡Ingenuos! ¡Engreídos ! No os dais cuenta de que España no es una potencia y que son muchos los países que les importa un pito lo que digáis o hagáis.
Acabaréis más solos que la una y los españoles también » .
De igual forma, Matías teme a la extrema derecha asustada por la inmigración ilegal sobre todo la procedente de África y por su suspicacia respecto al futuro que les aguarda a los esta dos nacionales europeos.
Sin embargo, él no ve tanto peligro. Como mucho, teme más a los islamistas, a la Rusia de Putin y a un posible subidón del Estado de Israel ante tanta provocación de las flotillas de la Ada Colau, pero poca cosa más.
Lo que sí ve y le preocupa es la trivialidad de la sociedad europea.
Una trivialidad gestionada por los políticos, por algunos periodistas y por unos personajes en constante crecimiento llamados influencers.
Sean quienes sean esos influencers , los ve peligrosos.
¿Cómo no los va a ver peligrosos si ni siquiera se ha dedicado a conocerlos?
Solo algún compañero en el ejercicio de su función policial o su esposa a título privado le transmiten información sobre algunos de ellos.
Los de Concha, siempre vía YouTube, hablan de moda, de cocina, de diseño y, sobre todo, de la Casa Real.
Matías los sitúa entre los culpables principales de la decadencia de Occidente.
¿Decadencia? Sí. Decadencia. Jamás había visto tanto infantilismo extendido a todas las edades.
Nunca ha comprendido a quienes leen los mangas japoneses o a Harry Potter más allá de los treinta bien cumplidos.
Él, con catorce años, dejó de leer sus entrañables tebeos para reemplazarlos por Salgari, Julio Verne o Stevenson.
Y el día que descubrió a Sinuhé, el egipcio murió su adolescencia literaria.
Una novela que le gustó mucho, que todavía la guarda y, lo más importante de todo, intuyó que con ella había alcanzado su primera madurez cultural amén de El Quijote .
Aquel don Quijote leído en la escuela en régimen coral y del que dedujo que las primeras líneas de una novela son las que enganchan al lector.
Nadie se lo tuvo que decir. Lo experimentó con aquel lugar de la Mancha de cuyo nombre…
Es verdad que hay días que Matías lo ve todo negro.
Casi todos los colectivos, por no decir todos, salen con algún que otro rasguño.
Junto a su obsesión por la gran cantidad de políticos a los que responsabiliza de las estrecheces por las que pasa una multitud de familias españolas incorpora en sus debates a otras organizaciones.
En más de una ocasión se ha preguntado si los líderes sindicales de la democracia lo único que han conseguido es muy parecido a lo que consiguieron los falsos funcionarios del sindicalismo vertical.
Burocratizar, politizar y pedir subvenciones para sus respectivos sindicatos.
Tampoco le convencen los sindicatos de la policía.
Sindicatos y función pública los interpreta como dos mundos casi opuestos.
¿La razón? Entró en el Cuerpo Nacional de Policía por vocación. Vocación de servicio, se entiende.
Y qué decir de los grandes empresarios con sus dinastías, sus matrimonios interesados, su obsesión por escatimar salarios, explotar al Tercer Mundo o dirigir las diferentes patronales.
Algunas de estas últimas navegando entre la unidad de España y las diferentes nacionalidades históricas que la conforman.
De no haber sido por su familia, por sus peñas y por algún antiguo compañero de la policía, Matías habría acabado más solo que la una.
— ¡Hala! , deja de leer el periódico y prepara la mesa que el cocido ya está en su punto —le ordena Concha.
Matías acepta la orden, pero sin dejar de murmurar:
— ¡Puto miedo que tiene la gente! Nadie se atreve a opinar en público, ni siquiera a pensar en voz alta. Y si alguno lo hace es porque tiene un amo que le protege el bolsillo y el culo.
Y las o los periodistas que se dedican al cotilleo, preferentemente relacionado con la Casa Real, le provocan sarpullidos.
Excepción hecha de quienes la tratan con dignidad y sin necesidad de ejercer de cortesanos y mucho menos de lameculos.
Lo hacen por convicción y porque reconocen los esfuerzos de Felipe VI para cumplir con sus obligaciones constitucionales.
Cuarta pausa lectora.
¿Un té con limón y las pastitas de media tarde? Algo cursi y demasiado inglés para un tipo como Matías. ¿No creen? O quizá no. ¡Quién sabe! Igual nos sorprende y le da por atiborrarse de semejantes dulces. Como les he dicho, un tipo contradictorio.