Rumbo al Palacio de la Zarzuela CAPÍTULO I NUESTRO PROTAGONISTA. EL COMISARIO JUBILADO MATÍAS RUBIO #6
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CAPÍTULO I NUESTRO PROTAGONISTA. EL COMISARIO JUBILADO MATÍAS RUBIO #6

¿ Un café y un orujo para la sobremesa? ¿Se animan a seguir con sus opiniones políticas? Si no les interesa, sáltensela s. Perderán algunos detalles, pero no el hilo de la trama que estallará en la segunda parte de esta novela. ¡Y de qué manera lo hará!

De todas formas, hay que entender a Matías de lo contrario no iremos a ninguna parte.

Siempre ha sido un policía al que nunca le ha importado acudir al lugar de los hechos a cualquier hora del día o de la noche estando o no de servicio; por mucho que la fiebre le haya subido; o haya tenido que sacrificar algún que otro evento festivo de carácter familiar.

Jamás ha pedido una baja laboral salvo cuando le alcanzaron las dos balas en sendos actos de servicio.

En otras palabras, un auténtico servidor público y, tal y como ya se ha advertido, todo ganado a pulso.

Nadie como él defiende mejor la función pública frente a los envidiosos, mediocres y sectarios que querrían eliminar el sistema de oposiciones.

Esas oposiciones que la mayoría de ellos nunca habrían ganado si no hubiera sido por su adscripción política, por el amiguismo tan imperante en España o por las masivas estabilizaciones de personal cuando el número de interinos se desborda por falta de previsión.

«¡ Esos políticos son todos unos inútiles!

» vocea en su domicilio, entre los amigos de sus dos peñas, la taurina y la futbolística, o incluso entre algunos de sus subordinados de más confianza.

Y son muchos los políticos, sigue afirmando Matías, que se olvidan de aumentar con regularidad las plantillas de los funcionarios socialmente productivos.

Y de entre estos últimos, la Policía con mayúsculas es uno de ellos.

De todos es bien sabido que en estos últimos años los delitos provocados por la violencia machista, los vinculados a la droga y las bandas latinas han crecido hasta tal punto que, en ocasiones, incluso han alcanzado a algún que otro miembro de la Policía Nacional o de la Guardia Civil.

Miembros que han olvidado el lema válido para todos los cuerpos de seguridad.

« El honor es mi divisa. Una vez perdido no se recobra jamás » .

— ¡Será posible que no calculen el inevitable aumento tanto de los viejos como de los nuevos delitos que ha traído nuestra tan tolerante como blanda democracia!

—exclama Matías. Unos adjetivos estos últimos formulados en régimen de suspiro silencioso tal y como se lo ordena su esposa.

Que no se meta en líos, aunque de un tiempo a esta parte, duda si la democracia española es tan perfecta como decían que sería.

¿ Será cierto aquello de los mismos perros con distintos collares?

O peor todavía, entre unos y otros acabarán matando a España, aunque ella sola se morirá.

Eso al menos es lo que le dicta su ideología conservadora.

Moderada la llama él. En absoluto ultra.

La Constitución de 1978, sostiene nuestro comisario, quiso contentar a todos.

A los de izquierdas y a los de derechas, a los unionistas y a los separatistas, a esos y a aquellos, pero…

¿Es España un país tan rico para mantener una estructura política tan amplia y encima insatisfecha?

¿Acaso no habría sido mejor invertir en profesores, médicos, bomberos , policías, electricistas o en cualquier otra profesión social productiva?

¿Tan mal le habría ido a España si se hubieran reducido el número de políticos y burócratas y, encima, con funciones duplicadas o triplicadas?

¿ Y no habría sido mejor que hubiera desaparecido de una vez por todas el vuelva usted mañana de Mariano José de Larra?

Y pese a que hay quien dice que sí ha desaparecido, para Matías lo que ha ocurrido es que se ha transformado en un cínico «A bra nuestra página web y hágalo desde su casa.

Y si no lo sabe hacer, pida cita como todo el mundo.

¡Hay que ver que exigentes se han vuelto los españolitos!

¡Como si los funcionarios estuviéramos a sus órdenes!

¡ Será posible! ¡Y a ver cuándo de una vez por todas la tercera edad se pone al día con la informática!

No sea que los jubilados de hoy en día sean capaces de vivir hasta los cien y nos jodan la marrana » .

Y Matías no se detiene. Sus repetidos pensamientos brincan como caballos desbocados.

Echemos una ojeada a un par. Con un par será más que suficiente no sea que el CNl nos lo robe antes de tiempo y no pueda explayarme a mi gusto.

Matías no entiende por qué los políticos ejerciendo de legisladores son tan permisibles con el Código Penal.

¿Será porque tienen miedo de ser ellos quienes visiten la cárcel por alguna que otra malversación económica o por algún que otro acto que nunca debieron haber cometido?

Lo hemos dicho. De ser Matías el legislador, endurecería las penas del Código Penal.

Eso sí, analizando y confirmando con meticulosidad todas las pruebas.

Sin margen de error. Claro que, en alguna ocasión, terminado el interrogatorio, con la confesión en la mano y sin ejercer ningún tipo de tortura, a Matías no le habría importado decir en voz baja al autor del crimen:

—Si tu v í ctima hubiera violado y asesinado a mi hija como lo hizo con la tuya, yo hubiera hecho lo mismo que tú, no lo dudes.

Entre nuestra ley penal y la ley del talión, siempre queda un resquicio intermedio para la justificación.

A veces, también la ética tiene que capitular ante lo horrendo.

Y ahora, silencio. Juraré que no he dicho tal cosa y no me definas como un hipócrita, pues te doy mi palabra de honor que no lo soy.

Ni siquiera soy un tipo contradictorio. ¿Entendido?

Quienes me conocen de verdad me entienden divinamente.

Respecto a su segunda obsesión tampoco tiene la menor duda.

Aligeraría los impuestos que, por norma general, imponen los partidos de izquierda con la colaboración de unas complicadísimas declaraciones de Hacienda que, en ocasiones, hacen dudar a sus propios funcionarios.

Y de entre todos los impuestos no soporta el de sucesiones.

Toda la vida trabajando para poder dejar en herencia a su hija y a sus dos nietos el piso del paseo de las Delicias.

Claro que tampoco se queda corto con los políticos de derechas.

—Tanta corrupción y tanta privatización, ¿ para qué?

… ¿¡para qué! ? ¿Para seguir llenándose los bolsillos a costa de los económicamente más débiles?

¿Cuándo la economía financiera será derrotada por la economía real, la única impulsora de la riqueza auténtica y generadora de puestos de trabajo?

¿Lo conseguirá Donald Trump? ¿Destruirá Wall Street y reconstruirá Detroit con sus legendarias fábricas de coches?

¿Volverán todos los haigas americanos que desaparecieron?

No. No lo conseguirá por más aranceles que imponga.

Los coches chinos hace tiempo que ya se ven por Madrid.

Se habrá olvidado que la reindustrialización de América es lo que el pueblo sencillo americano debe estar esperando de Trump.

Ese Trump que quizá sí cambiará el mundo pese a que por palabrería contradictoria no hay quien le gane.

Ya saben lo que llegó a decir: «E n una noche har é desaparecer Irán » .

Y Matías sigue dándole vueltas a su cabeza.

—Si Trump no fuera como es y no dejará las cosas a medias quizá sí que acabar ía con el comunismo de Cuba, el chavismo de Venezuela y la teocracia de los ayatolás.

Un convencimiento que se lo echan por tierra algunos de sus contertulianos taurinos o futboleros al recordarle que solo le interesa el petróleo.

Ni la lengua española ni los latinos le interesan en absoluto.

De interesarle ya habría convertido a Cuba y Venezuela en los estados cincuenta y uno y cincuenta y dos, pero el maldito racismo que tanto daño ha hecho a los Estados Unidos se lo impide.

Rusia y China solo protestarían por la anexión, pero de ahí no pasarían.

Y las Naciones Unidas hace tiempo que ya no son lo que un día quisieron ser.

— ¡No podrás estar callado alguna vez , Matías! Deja en paz a Trump que tan pronto dice una cosa como la contraria —le increpa Concha.

— ¡No! ¡No puedo! —responde Matías tanto si mira un informativo de la televisión como si lee el Marca , su diario deportivo preferido.

Y, cambiando de tercio, se pregunta por qué los españoles se creen las declaraciones de bienes que presenta la clase política cuando toma posesión de sus cargos.

Algunas son de auténtico escándalo. Eso, al menos, es lo que él cree.

Entre las retribuciones, el escaso patrimonio financiero que dicen tener y las hipotecas que también dicen arrastrar están más pelados que la una.

Y de sus parejas o de sus dinastías familiares, chitón.

No tienen la obligación de declarar ni sus actividades económicas peligrosamente aledañas a la política ni mucho menos sus orígenes.

Nadie dice esa boca es mía. Y, encima, más de uno y más de dos ni siquiera saben hablar en inglés.

Tampoco lo habla él, cierto, pero siempre ha sido lo suficiente honesto para no aceptar uno de esos cargos públicos que sin conocer la lengua inglesa comprometen la dignidad de España ante cualquier foro internacional.

Lo del pinganillo en el oído no le vale.

En las reuniones informales que se dan en las cancillerías o en los organismos internacionales el no saber inglés lleva a una tan triste como demoledora soledad. Soledad para España, soledad de España.