Rumbo al Palacio de la Zarzuela CAPÍTULO I NUESTRO PROTAGONISTA. EL COMISARIO JUBILADO MATÍAS RUBIO #5
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CAPÍTULO I NUESTRO PROTAGONISTA. EL COMISARIO JUBILADO MATÍAS RUBIO #5

Y es tal su compromiso con los policías bajo su mando que siempre los ha puesto por delante de sus ascensos.

De la misma manera que miles de profesores y médicos prefieren priorizar a sus alumnos y pacientes antes que hacer carrera.

También me entienden con eso de hacer carrera, ¿verdad?

No soporta los ascensos por méritos políticos, burocráticos o por explotación y expoliación del trabajo de sus subordinados.

Solo acepta los conseguidos por sus éxitos ganados a pulso con el apoyo de sus equipos; por ampliación de sus propios cursos y estudios; o por antigüedad.

Para Matías, el respeto al escalafón es sagrado y los trienios, a Dios gracias, no tienen ideología.

Claro que ya se encargarán los políticos de ideologizarlos.

No tardarán mucho en hacerlo si es que ya no lo han hecho.

Hasta en estos detalles son mediocres. Dirán que lo hacen para optimizar la calidad y el rendimiento del trabajo, pero ellos no se quitarán ni uno.

Se justificarán en su propia carrera política o en sus cargos burocráticos que no les han permitido mejorar sus respectivas profesiones si es que tienen alguna.

Y mientras observa como de costumbre los expedientes, guiña su ojo derecho con cierta picardía.

Sabe muy bien que esos casos ya no los resolverá.

Será su sucesor quien lo haga. El nuevo comisario jefe que está a punto de llegar.

Un veterano procedente de Valencia que ha ejercido de inspector jefe de operaciones, comisario interino y buen conocedor de las modernas Unidades de Prevención y Reacción.

En otras palabras, todo un experto en orden y seguridad ciudadanas.

Será ese nuevo comisario el encargado de resolverlos y deberá hacerlo pronto.

Si alguno se le resiste más de la cuenta tendrá que poner toda la carne al asador porque los expedientes que reposan sobre las baldas de la estantería metálica prescriben mucho antes de los veinte años.

Ninguno de ellos ha sido fruto de una acción terrorista, genocida o vinculada a un conflicto armado.

Si quiere cerrar con éxito los pocos casos que a Matías le han quedado abiertos, tendrá que darse prisa.

El tiempo apremia y, si no lo consigue, prescribirán.

Por cierto, Matías nunca ha aceptado que los delitos prescriban al cabo de un determinado tiempo.

Sostiene que no deja de ser un acicate para los delincuentes, un problema para la policía cuando la fecha límite está al caer, y una injusticia para las víctimas.

Y no digamos si se trata de un homicidio doloso.

A lo largo de su vida profesional ha procurado que los familiares de las víctimas se hayan sentido satisfechos del trabajo de la policía española al saber que, ¡ por fin!

, han detenido al culpable. Ha costado, pero se ha conseguido y se va a hacer justicia si es que el legislador o el poder ejecutivo permiten que se haga justicia en España, claro está.

Es muy triste comprobar que quienes han cometido una fechoría sea del tipo que sea se burlen de los que han sufrido sus tropelías por el mero hecho de que su delito haya prescrito ante la ley.

Y eso lo sabe muy bien Matías. Quizá el único policía que, cuando de muy tarde en tarde prescribía alguno de sus casos más graves, visitaba por su cuenta y riesgo a los familiares de la víctima tanto en Usera como en Zamora.

Necesitaba hablar con ellos. Les explicaba todo cuanto había hecho por descubrir y detener al culpable, pero había sido incapaz de presentar pruebas sólidas ante el fiscal o ante el juez.

En ocasiones, el delincuente, con o sin ayuda de cómplices, había hecho desaparecer el cadáver sin dejar rastro alguno.

Algo difícil de entender, pero así era. Matías siempre se ha preguntado cuántos cadáveres deben estar ocultos en los enormes vertederos de las grandes ciudades de España o en las profundidades del mar comidos por los peces.

A alguna víctima tal vez le quede un hueso atrapado en la cuerda atada a la piedra con la que, por norma general, los asesinos se deshacen de sus víctimas.

Y es probable que la propia piedra y para complicar más la búsqueda, se haya convertido en el sustrato que da vida a un universo de corales, algas y moluscos.

En definitiva, un siniestro bosque submarino.

Ante la enorme sorpresa de las pocas familias que ha visitado a lo largo de su dilatada carrera —pues siempre ha sido un buen sabueso—, ni una sola le ha afeado su fracaso.

Al contrario, todas le han agradecido su visita.

En alguna ocasión y pese a remover amargos recuerdos, le invitaban a tomar un café.

Unas invitaciones que, por respeto y por su deseo de conocer la opinión de los familiares sobre la prescripción del delito nunca rechazaba.

Y de sus conversaciones surgían dos opiniones tan distintas como opuestas.

Quienes creían que el Código Penal debía establecer una concordancia entre el delito y los respectivos entornos del delincuente o de la propia víctima y quienes creían que solo se debía tener en cuenta el delito.

A tal delito, tal pena. Automatismo puro y duro.

Un criterio este último que Matías se lo hacía suyo, pero que perturbaba determinados componentes de su ética inmersa entre los últimos estertores del tardofranquismo y la todavía frágil democracia española.

Una democracia que, en su opinión y por falta de confianza en sí misma, sigue estando convencida de que el concepto progreso exige atenuar más de la cuenta las penas del Código Penal.

¿Por qué? Porque así entiende la izquierda el principio de proporcionalidad.

Una proporcionalidad que, al no haber encontrado su justo punto, ha provocado que el delito, sea de la naturaleza que sea, campe a sus anchas en España.

Y lo que más le saca de quicio respecto a la prescripción del delito son esas leyes tontas engendradas por algunos políticos que han eliminado conductas que un día y no por ser franquistas, sí fueron punibles, pero al meter las narices donde nunca debían haberlas metido ya no lo son.

Está persuadido de que, de estos últimos, « políticos y políticas » ejerciendo de legisladores progres —tal y como ellos mismos se definen—, cada día habrá más.

Y los que habrá si los españoles cuando acuden a las urnas no exigen de una vez por todas a la clase política una rigurosa preparación, una honestidad y una honradez a prueba de bomba que eviten los excesos de los populistas, de los buenísimos, de los ultras —sean de la especie que sean—, de los que ponen su inteligencia al servicio de su propio provecho y de los ignorantes sin más.

A estos últimos los teme. Han llegado tan lejos en sus veleidades revolucionarias para justificar su nómina que han destrozado la armonía entre los españoles y han deteriorado hasta tal punto las relaciones de España con determinados países que un día u otro nos pasarán factura.

Hablan y hablan sin pensar en las nefastas consecuencias que pueden provocar sus atrevimientos políticos.

Hasta la fecha la suerte les ha sonreído, pero la suerte acostumbra a cambiar de repente su itinerario. Tanto va el cántaro a la fuente…

Nadie, sustenta Matías, debería dejarse engañar por esa multitud de picos de oro que campan a sus anchas en esta España tan exaltada como poco exigente.

Prometen progreso, dinero, trabajo no excesivo y servicios públicos gratuitos, pero lo único que hacen es agarrarse a unas listas electorales.

Agazapados en ellas, solo buscan mantenerse en el escaño hasta alcanzar las siguientes elecciones.

Y si no lo logran, ¡hay tantos refugios políticos y económicos donde guarecerse dentro y fuera de España!

Y eso que su esposa, como de costumbre, le recuerda que no hable mal de los políticos en público porque si él fuera político, ¡qué diablos! , también haría lo mismo.

Pero Matías no se da por satisfecho. Vuelve a la carga.

En caso de perder el momio, son tantas las instituciones y organismos que la democracia ha traído consigo bajo el brazo que es casi imposible encontrar un político sin trabajo, a excepción, claro está, de los que voluntariamente se han dado de baja.

Pero de entre estos últimos, se pregunta el suspicaz de Matías: « ¿ Hay por casualidad alguno que no haya previsto tal contingencia? » .

¡ Por supuesto que la han previsto! Las puertas giratorias nunca han echado el cierre.

Las de la SEPI 3 , verbigracia, son famosas pese a que si se le pregunta si sabe qué empresas están integradas bajo dichas siglas, no lo sabe.

Solo sabe que es uno de los tantos refugios económicos que utilizan los políticos jubilados, sean del partido que sean.

Todos, sin excepción, están metidos en un círculo vicioso del que ni quieren ni pueden salir.

« El bichito es el bichito » sostiene Matías .

Pero ¿ a qué bichito se refiere Matías? Al de la política que nunca muere. Hay quien que con ochenta años todavía se agarra al pescante del autobús que lo lleva al ayuntamiento, al parlamento autonómico o incluso a Madrid.

¡Hay que joderse! Y encima, si pierden el escaño, siguen cobrando al menos durante un par de años —añade un Mat ía s totalmente desbordado por sus incontrolables subidones de adrenalina que, según los expertos, los provocan las glándulas suprarrenales cuando les da por activarse con o sin razón.

Una adrenalina que corre por su torrente sanguíneo como un río embravecido, aunque muy pocas personas perciben sus turbulencias por muy enérgicas y ruidosas que sean.

Claro que a él no le importaría en absoluto que fueran audibles tal y como sí las oyen su esposa o su hija.

Tercera pausa recomendada.