Rumbo al Palacio de la Zarzuela CAPÍTULO I NUESTRO PROTAGONISTA. EL COMISARIO JUBILADO MATÍAS RUBIO #4
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CAPÍTULO I NUESTRO PROTAGONISTA. EL COMISARIO JUBILADO MATÍAS RUBIO #4

Para nuestro comisario todos los inquisidores necesitan formar parte de una manada protegida por un líder humano o por un Dios invisible, pese a que él, a su manera, es creyente.

Le encantan las tradiciones religiosas. Sus pesebres de Navidad son una obra maestra y no digamos lo que le gustan las silenciosas procesiones de la Semana Santa castellana o las más alegres de Andalucía con sus saetas incluidas.

Y volviendo a los inquisidores, si no fueran por sus muletas no serían nada.

Ni se atreverían a mirarse al espejo. Solo verían lo que son.

Unos… ¿qué? Que cada lector los defina como lo crea conveniente, si es que los quiere definir.

El inquisidor sí se sabe definir a sí mismo, mantiene Matías Rubio:

— ¡ Qu é bien ando con mis muletas y cómo me recreo reprimiendo o marginando a los que se definen libres e independientes!

A esos que, por ir a su aire, me atrevo a degradarles.

Si tuvieran protectores, no me atrevería a tocarlos.

Claro que, en ocasiones —añade Matías Rubio con cierta malicia—, aceptan a pies juntillas todo lo que los de arriba les ordenan.

En definitiva, « burladores burlados » que dijo el dramaturgo.

Y, ¡ atención! Los espíritus fuertes y libres también pueden extraviarse si consiguen el éxito.

Pueden convertirse en unos rencorosos opresores debido a los sufrimientos que arrastran de su pasado.

A más de uno y a más de dos, su éxito recién estrenado los puede convertir en unos tipos odiosos, vengativos e incluso malos.

Así de claro. Malos. Las personas malas y buenas existen.

El maniqueísmo es otra cosa. Matías Rubio no es un maniqueo.

Quienes lo conocen saben que nunca distingue entre ángeles y demonios.

Solo los enfrenta a sí mismos. Su larga experiencia como policía le ha ayudado en ese arduo trabajo.

Ya de pequeño, cuando jugaba en la calle con sus compañeros a policías y ladrones, intuyó que tantas trastadas hacía cuando le tocaba ser policía como cuando ejercía de ladrón.

Matías Rubio ha conocido a varios de esa especie que han logrado alcanzar lo que para ellos es su cima profesional.

Quizá un ascenso político ha sido suficiente.

Y cuando su suerte ha ido a mejor, su vanidad los ha convertido en mezquinos.

Créanlo. Ayer decían ser honestos defensores de la libertad y de la tolerancia.

Hoy, solo son casta enriquecida incapaz de renunciar a cualquier privilegio que les aporte fama, poder y dinero.

Y encima, siguen siendo unos resentidos.

Como si no estuvieran contentos consigo mismos.

¿Por qué? ¿ Quizá porque un malestar interior les corroe por dentro?

¿Mala conciencia por el modo que han conseguido su éxito?

¿Por qué aún no están satisfechos del todo?

Pero ¿por qué no han de estar satisfechos del todo?

Porque quieren vengarse. Así de sencillo.

Necesitan despertar los rencores interiorizados de su pasado que los lleva, si pueden, a castigar a todos los responsables directos de sus fracasos o a todos aquellos que, en su día, no se implicaron lo suficiente en sus contratiempos.

Unos no se tomaron en serio sus aspiraciones profesionales y otros, ni se dieron cuenta que existían.

Matías Rubio sonríe, se encoge de hombros y echa mano de su propio pasado.

En su pasado no aparecen cosas terribles.

¿Contrariados? No lo estén. Solo repart ía hostias a los delincuentes más perversos y, sobre sus espaldas, aunque no sobre su conciencia, arrastra dos cadáveres.

Uno, por proteger su propia vida y el otro, por impartir justicia a su manera.

En otras palabras, si se hiciera en España un censo de las personas libres y al mismo tiempo honestas y moderadas, ¿cuánt as arrojaría el mencionado censo?

Probablemente solo una: é l. ¡Menudo personaje está hecho nuestro Matías Rubio!

Vuelve loco a cualquiera. Quizá por eso el CNI está a punto de movilizarlo pese a que él todavía no lo sabe.

Les debe caer simpático por su arrojo, por sus numerosas contradicciones o por sus excéntricas decisiones que, en ocasiones, no atienden a razones, pero dan sus buenos resultados.

¿Qué tipo de contradicciones y excéntricas decisiones? Veamos solo una. Antes de que el Rey Juan Carlos I hiciera saber a todos los que vieren y entendieren la Constitución de 1978, nuestro protagonista sostuvo que, con antelación a ella, se debía haber esculpido en oro la siguiente advertencia:

Quien en España asesine vía terrorismo, tráfico ilegal de drogas, armas y personas o violencia vicaria será castigado con cadena perpetua no revisable. Nadie ni nada podrá oponerse a la susodicha advertencia.

— ¡Matías! —salt ó en aquella ocasión su esposa—. Eso no lo digas ni en broma. ¡Será posible! ¡ Mira que me has hecho sufrir toda la vida con tus ocurrencias! ¡Pero qué dirá la gente de ti y de nosotros!

—La gente que diga lo que quiera. Eso es lo que yo pienso y te garantizo Concha que, si dicha advertencia se hubiera convertido en una realidad previa a la Constitución y a nuestro enclenque Código Penal, santo patrón de los delincuentes multirreincidentes, nuestra España democrática sería el paraíso de Europa. ¡Qué digo de Europa, del Mundo!

— ¡ Calla! ¡Calla! Algún día de esos los políticos progres que ya se han abierto camino a marchas forzadas se te van a comer vivo.

— ¡ Cuántos años llevas diciendo lo mismo!

¡Y no les tengas tanto miedo a los políticos, coño!

Estoy totalmente persuadido de que cientos de miles de españoles piensan como yo, aunque no lo digan.

Además, sé distinguir entre los criminales y sus víctimas.

A las víctimas hay que protegerlas y ayudarlas, pero a los criminales... me callo.

— ¡Más te vale! ¡ Dejémoslo correr!

Pero Matías nunca deja correr nada.

— ¿ Por qué una gran mayoría de los españoles se desentiende de lo que dicen y hacen los políticos?

¿E h? ¿Por qué? Como si no fuera con ellos.

¡Pues claro que va con ellos! ¡Imbéciles!

Cualquier día de esos, nuestra clase política nos monta una crisis con algún país extranjero o una guerra civil en toda regla.

Si es en verano nos enteraremos tomando el sol en alguna de nuestras privilegiadas playas y si es en invierno esquiando en Navacerrada, Sierra Nevada o en los Pirineos.

Solo los que tengan parné, claro está, y los que no lo tengan o sean tan ahorradores como nosotros, les cogerá en su pisito mirando la tele.

Claro que, gracias a nuestra hija, gran aficionada a la literatura, nos puede pillar leyendo en la cama algún capítulo de una novela.

Solo de una novela, nunca de un libro de esos de autoayuda que tanto se prodigan en las librerías.

—¿Por qué? —le pregunta algo sorprendida Concha.

—Es la mejor prueba de que una gran parte del país no se encuentra fina.

—Y nosotros, ¿estamos finos, Matías?

—¿Tú qué crees?

—Te lo pregunto a ti.

—No te lo sabría decir. Vivimos tiempos revueltos y demasiado competitivos.

Y respecto a su preocupación por todo lo que dicen y hacen los políticos, Matías Rubio, tras una profunda inspiración, siempre ha exclamado lo mismo:

— ¡ Suerte tenemos de sus nóminas, privilegios y artilugios!

Gracias a ellos, todos se agarran a sus escaños como lapas.

Una combinación que, por el momento, los mantiene quietos.

¡Ya veremos si un día no pasan de las palabras y de los abucheos a la acción y nos joden la convivencia! Que España no es Inglaterra.

—Pero, tú, ¿qué sabrás de Inglaterra si nunca has estado?

—Cuando cumplamos las bodas de oro, iremos. Seguro que el Imserso tiene una división internacional. Y si no la tiene, la reclamaremos.

— ¡ Habrías hecho buenas migas con don Quijote!

—Sus razones tenía don Quijote para llevar a cabo sus aparentes sinrazones. Conocía España mejor que nadie.

Segunda pausa lectora.

¿Una cervecita y unas patatas bravas par a el vermut de media mañana? ¿Qué les parece? Un descanso siempre va bien a la espera de que Matías Rubio entre en acción. De momento, dejémosle que siga hablando y pensando. Si disfruta con ello, ¿por qué no dejarle que disfrute? Allá él con sus quimeras.

Sentado en la silla giratoria que preside la mesa escritorio de su despacho, el comisario Matías Rubio, solo Matías a partir de ahora, pues así es como siempre ha querido que lo llamen, observa los pocos expedientes que reposan sobre las repisas de la estantería metálica que, conformando un ángulo recto, se encuentra situada a su derecha, entre la pared y el borde de la ventana que tiene a su espalda.

Para él, es el borde derecho y para el subordinado que en estos momentos llama a la puerta y entra, es el izquierdo.

¿Se hacen una idea? ¿Sí? Entonces, prosigo.

En dichos expedientes se encuentran los pocos casos todavía no resueltos.

Y cada día que pasa, Matías no deja de hacerse las temidas preguntas.

¿Qué preguntas? Mientras llevaban a cabo las correspondientes investigaciones, ¿se les pas ó tanto a él como a sus subordinados algún detalle que en su momento lo catalogaron de nimio? O peor aún: ¿se les pasó por alto?

Ante incidentes de esa tipología, solo Matías asume la responsabilidad.

Hasta la fecha jamás la ha transferido al resto de sus agentes.

¿Es eso posible en una carrera jerárquica como la policial?

Lo es. No tengan la menor duda salvo que alguien hubiera cometido un error injustificable o una desobediencia indebida.

Conozco personalmente a Matías y no miento.

Se lo prometo o… se lo juro, tal y como lo hace él.

Prefiere jurar a prometer. Le parece que el juramento obliga más que la promesa.

Todo un vestigio de los días de la católica España de Franco. No tengan la menor duda.