Rumbo al Palacio de la Zarzuela CAPÍTULO I NUESTRO PROTAGONISTA. EL COMISARIO JUBILADO MATÍAS RUBIO #3
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CAPÍTULO I NUESTRO PROTAGONISTA. EL COMISARIO JUBILADO MATÍAS RUBIO #3

Y si en algo no coincide con Díaz Ayuso es porque la presidenta es hincha del Real Madrid y él, un forofo del Atleti.

Algo duro de asumir. Cuando se es hincha del Atleti, sostiene, no hay concesión posible.

En cualquier caso, nunca ha aceptado la violencia del Frente Atlético.

En más de una ocasión, no como policía, sino como un ciudadano normal y corriente se ha enfrentado a pecho descubierto a los jóvenes radicales echándoles en cara su inaceptable conducta.

Todos los que le conocen lo dicen: «¡Qué agallas y qu é mala leche tiene Matías Rubio cuando se cabrea!

». En otras palabras y hablando en plata, los tiene bien puestos.

Primera pausa lectora.

¿Una pausa lectora tan pronto? Sí. Paco Umbral lo dejó muy claro la noche que llegó al Café Gijón. Sostuvo que los lectores españoles no soportaban los capítulos extensos. ¿Será cierto? No lo sé. En cualquier caso, me detengo un momento. ¿Les apetece un café? ¿Quizá el primer o del día?

Tal y como les he prometido, sigo con la descripción de Matías Rubio.

Personaje coherente y contradictorio donde los haya; con sus perfecciones e imperfecciones; querido y denostado al mismo tiempo; un tipo que nunca da el brazo a torcer y que le importa un bledo eso que hoy en día llaman tendencia.

Algo que todavía le hace sentirse más libre y rebelde.

« Qué es eso de someterse a la dictadura de la moda sea la que sea y proceda de donde proceda.

¡Será posible! ¡Que los jodan! » . Pero ¿por dónde empezar con Matías Rubio?

Me pregunto por dónde empezaría el lector.

No lo sé, pero debo avanzar pese a que no es tan fácil como parece.

En su opinión y ejerciendo de protagonista ideal y real al mismo tiempo —y antes de conocer lo que el CNI le tiene preparado—, sostiene que las democracias jóvenes han de saber plantar cara a lo que se ha venido en llamar lo correctamente político.

Un hijo desnaturalizado e inflexible cuyo único propósito es el de mermar la libertad de sus ciudadanos provocándoles todos los miedos posibles que acompañan a la condición humana.

¿Solo mermar la libertad? No. Según él , los gestores de la mal denominada corrección política no dudan en abusar de su poder y corromperse sin decoro alguno.

En ocasiones, ni siquiera poseen una alta preparación profesional ni un digno patrimonio cultural.

Con unas cuantas promesas populistas y un silbato entre los labios les basta y les sobra.

Muchos se autodefinen activistas para justificar su pobre currículum y están convencidos de que la gente sencilla, esa gente que ellos llaman « pueblo » , no les pedirá cuentas.

Es más, creen que la lógica del pueblo es la suya.

Si la gente sencilla gestionara el poder haría lo mismo que hacen ellos.

Montar ía manifestaciones a troche y moche, como más ruidosas y contrarias al orden público mejor; y, una vez alcanzado el poder, su segundo paso consistiría en diluir el peso político del propio pueblo.

¿Del propio pueblo? Matías Rubio ya sabe lo que se dice.

Los nuevos líderes políticos que surgirían de entre el pueblo movilizado no pararían hasta convertir a la masa amotinada en un rebaño tan engreído como sometido.

La persuadiría de que, con su voto, sus impuestos por nimios que fueran, y los servicios sociales gratuitos no debería rebotarse.

Para Matías Rubio, personaje desconfiado por profesión y no por paranoia, el objetivo tanto de los activistas como de la clase política en general y una vez controlada la multitud, consiste en asegurarse una buena nómina ; enriquecerse lo máximo posible, en ocasiones incluso divorciándose de su pareja y casándose con alguien más ric o o buen conocedor de los tejemanejes internos de la política; entorpecer la convivencia de los españoles; no evaluar a nivel internacional las consecuencias de sus actos y mentir con toda la naturalidad del mundo.

Cualquier artimaña es buena. Las cifras de la macroeconomía, por ejemplo, son la preferidas de la clase política.

Nunca las de la microeconom ía que rigen la vida de los hogares y ponen negro sobre blanco las estrecheces por las que pasan multitud de familias.

¿Qué se ha hecho de las tantas y tantas manifestaciones instigadas por ellos y llevadas a cabo por el pueblo español en Madrid o en Barcelona?

Nada. ¿Nada? Nada. Solo una bicoca para unos avispados tanto de izquierdas como de derechas.

Los hay que incluso parecen disfrutar con que los trenes de rodalías no vayan a su hora o que muchas familias sufran la «okupación» de sus viviendas conseguidas con el esfuerzo de su trabajo o con el que un día sus padres llevaron a cabo con la ilusión de dejar en herencia a sus hijos y nietos.

En definitiva, unos espabilados que, a través de la política tradicional, han activado una sibilina censura cargada hasta los topes de agitación y propaganda vía medios de comunicación social.

Medios, por supuesto, sufragados casi siempre con dinero público.

Además, solo utilizan los datos que les favorecen.

Les encanta manipular la intención de voto; situar en las instituciones o en la función pública a sus amigos de partido; y no dudan en ofrecer a sus propias familias pingües beneficios.

Y utilizando el tiempo verbal futuro, prometen el oro y el moro, tal y como siempre se ha dicho en España, amén de recrearse con las satisfacciones que da el poder por pequeño que sea.

Y Matías Rubio no se cansa de opinar. En el caso de tener que responder ante un juez, los políticos, viejos o nuevos, también saben cóm o se construye desde el silencio una coartada o cómo se difumina un delito.

Haci éndolo correr vía subordinados hasta desembocar en la nada o en el fango.

De este último, ya se sabe, nunca se saca nada en claro.

Para esto sirven los abogados del partido, ciertos periodistas o los jefes más conspicuos.

Jefes y barones capaces de debilitar a quien sea.

Incluso al propio Poder Judicial o acechando a los guardianes de la mismísima Constitución. La de 1978, se entiende.

Y de entre las muchas facetas que ofrece lo correctamente político, sigue manteniendo Matías Rubio, una de ellas es la de incitar a todo bicho viviente a autocensurarse.

Toda una estrategia de guante blanco que, a priori, mata la creatividad y, a posteriori, enmudece la libre expresión oral o escrita.

Y, por desgracia, casi siempre lo consigue.

O, mejor dicho, sin el « casi » . Si alguien se enfrenta a él , correrá el riesgo de quedarse aislado; su trabajo no recibirá premio, subvención o reconocimiento algunos, y quien más, quien menos le dar á la espalda.

¡Cuidado que no acabe en el Juzgado de Guardia!

Será silenciado, recibirá críticas desapacibles, algunas, rayando en el insulto anónimo sobre todo si llega vía red social , o incluso será despedido de ciertas empresas o de su condición interina en la función pública.

¡Ay de aquel que no se suba al carro del seguidismo imperante!

Los sectarios no perdonan. Ya sea por su fanatismo extraído de unas lecturas, por la influencia de su propia familia, por su afiliación a algún partido o religión con un largo historial de claroscuros, o por no aceptar que la grandeza de los escritores, directores y actores de cine o teatro estriba en saber describir e interpretar los distintos registros de sus diferentes personajes por muy bien o por muy mal que les caigan.

Matías Rubio conoce a algunos de esos sectarios y, francamente, no le gustan.

Cierto que él siempre ha sido un monárquico de toda la vida como lo fueron sus padres y abuelos, pero en absoluto un sectario.

Como ha de ser. Respecto a las nuevas leyes que trajo consigo la democracia las ha acatado de la misma manera que las ha acatado la Monarquía.

Era su obligación como funcionario y policía.

Su única preocupación, y como ya se ha insinuado, gira en torno a aquellas leyes que pueden facilitar a medio o corto plazo la destrucción de la unidad de España.

Y si alguien le pregunta « ¿acaso ser monárquico no es ser sectario?

» responde una y otra vez con un no rotundo.

« Quien quiera ser republicano que lo sea.

Faltaría más. Son con los que más disfruto cuando discutimos.

Y ellos también. Un día nos pagan la ronda y al otro la pagamos nosotros, los monárquicos y… tan contentos » .

Y nuestro comisario insiste. Solo se pueden liberar de la incorrección política y no siempre, los muy ricos, los rebeldes por naturaleza propia, ciertos jubilados de vuelta de la vida o los funcionarios por oposición que no tengan ansias de promoción.

Y sin olvidar el peligro que encierra la máxima que dice «T odo el mundo tiene un precio », a pesar de que a nadie le agrada tragar sapos.

Claro que los sapos, si se saben digerir y gestionar bien tal y como los digiere y gestiona él, es decir, sin victimismos de ningún tipo, ayudan a curtirse y fortalecen la libertad y la dignidad del individuo frente a cualquier rebaño guiado por líderes ambiciosos y abusones.

Es más, la libertad individual bien digerida puede favorecer al rebaño a emanciparse.

Eso sí, tras la liberación, cada persona deberá escoger su propio camino.

¿Individualismo? ¿Egoísmo? No lo cree. ¡Se puede n hacer tantas cosas buenas desde la libertad individual!

Desde ella, sostiene, se puede transitar hacia la gloria o ver cómo se hunde en el oprobio cualquier inquisidor que no haya sido capaz de ir solo por la vida.