Treinta y dos #2
Claudia seguía hablando demasiado alto. Lourdes continuaba teniendo esa expresión dulce de persona incapaz de romper un plato. Santi y Manu bromeaban entre ellos con el mismo buen rollo. Y Pedro miraba a Nerea con esa forma tan clara de desear a alguien que daba envidia.
—No me creo que hayáis montado esto aquí —comenté mirando alrededor.
—Ni nosotros —rio él—, pero oye, al final salió bien.
Ana me entregó una copa y, mientras hablábamos, inclinó la cabeza para indicarme que Pablo acababa de llegar.
El tiempo le había sentado increíblemente bien. Llevaba una camisa negra remangada hasta los antebrazos y esa seguridad elegante que adquieren algunas personas cuando se mueven entre gente importante. Estaba imponente, más estrella que nunca, pero ya no parecía inalcanzable.
Cuando se acercó a saludarme y me abrazó suavemente, volví a sentir que yo nunca me enamoré de él porque, en realidad, jamás llegué a conocerlo.
Lo que amé fue la posibilidad de sentirme elegida por alguien como él, de convertirme en la protagonista de todas las fantasías adolescentes que me acompañaron durante años.
Pero el amor había sido otra cosa completamente distinta.
La cena avanzó entre recuerdos, bromas y conversaciones cruzadas mientras yo seguía mirando inconscientemente hacia la entrada cada pocos minutos.
Cada vez que escuchaba acercarse un coche, el corazón me daba un pequeño salto ridículo, y Ana empezó a observarme de reojo con esa expresión de quien entiende perfectamente algo sin necesidad de preguntarlo.
—No esperamos a nadie más —susurró, y yo puse esa sonrisa superficial que se improvisa para una foto cuando alguien grita «selfi» y te pilla de sorpresa.
Pablo terminó sentándose a mi lado después del postre y me pidió bailar.
Acepté porque, por primera vez desde que lo conocía, ya no sentía miedo de él ni de lo que pudiera hacerme sentir.
Mientras nos movíamos despacio bajo las luces de la pista, me pidió perdón por lo ocurrido aquella noche de las fiestas y admitió que nunca supo realmente lo serio que era lo mío con Rafa.
—Ni nosotros mismos lo sabíamos en ese tiempo —reconocí con tristeza.
Y entonces me confesó que todavía conservaba el poema en una caja en su piso de Nueva York.
Aquello me emocionó muchísimo más de lo que esperaba.
Porque Pablo sí había sido importante. Mucho.
Fue el chico de mis sueños adolescentes, el primero que consiguió que escribiera poemas ridículos y me inventara historias imposibles mirando el techo de mi habitación.
Me contó que nunca dudó de que fui yo, por mucho que me negara a reconocerlo, y que no supo cómo actuar para que yo me abriera.
Que lo pasó mal durante un partido, que recordé perfectamente, y que supo que comenzó a perder cualquier oportunidad cuando abracé a Rafa en la fiesta de mi cumpleaños, algo que confirmó meses más tarde al vernos la noche de Selectividad pasear juntos en su moto.
Yo me callé. No le dije que lo vi liarse con María ni que aquello me dolió, lo mismo que su frialdad conmigo durante todo el tercer trimestre. ¿Para qué? Ya no tenía sentido. ¿Por qué ensuciar con reproches un sueño que fue bonito?
Por lo que me contó, se casaría en Italia seis meses después, y me alegró verlo tan feliz. Hay algo precioso en ver la dicha de la gente que una quiere.
Nos abrazamos mientras terminaba la canción y fue entonces, cuando los primeros acordes de Nirvana comenzaron a sonar desde los altavoces y todo cambió de golpe.
Porque, de pronto, el perfume de Pablo desapareció, y mi memoria trajo otro totalmente distinto. Olía a jabón, a pinar, a gasolina y a lluvia.
En lo único que concordaba mi memoria con la realidad fue en el olor de la tierra húmeda que se colaba por las ventanas que Nerea y Pedro se apresuraron a cerrar porque comenzó a descargar con ganas una de las habituales tormentas de verano.
De pronto tuve la certeza de que no había conseguido olvidar a Rafa ni un solo día de mi vida.
Busqué a Ana desesperadamente entre los que estábamos allí y, cuando la encontré junto a la barra, apenas pude contener la ansiedad que me apretaba el pecho.
—¿Dónde está tu hermano?
Ella abrió mucho los ojos al escucharme.
—¿Qué?
—Ana, por favor. Dime dónde puedo encontrar a Rafa.
Debió ser más que evidente la desesperación en mi cara, porque dejó la copa inmediatamente sobre la mesa.
—Estará en el taller. Está terminando de poner a punto su coche para la Subida a la Finca.
Ya no escuché nada más.
Cogí mi bolso y salí a toda prisa sin importarme que la lluvia me golpeara de lleno antes siquiera de alcanzar el aparcamiento, empapándome el vestido y el pelo mientras las manos empezaban a temblarme.
Conduje hasta el pueblo con el corazón completamente desbocado mientras las luces se reflejaban sobre el asfalto mojado exactamente igual que aquella noche de feria en la que pensé que lo había perdido para siempre.
Cuando aparqué frente al taller, me percaté de lo acelerado de mi respiración mientras miraba la puerta cerrada.
Mi abuela siempre decía que la vida no se hizo para cobardes. Reuní todo el valor que tenía, que no era mucho, si soy sincera, y corrí hasta el local. Llamé repetidamente, importándome un bledo si montaba un escándalo a esas horas, y la puerta de chapa se abrió.
Rafa me miró incrédulo bajo la luz de los fluorescentes del taller. Llevaba puesto un mono azul, con la cremallera medio bajada, y los rizos despeinados.
El tiempo dejó de existir.
—¿Dónde vas a estas horas? ¡Lei, por Dios, está diluviando!
No aguanté más. No lloré bonito ni elegante.
Lloré de verdad, como si todos aquellos años hubieran decidido caerme encima de golpe.
Las manos de Rafa se abrieron, grandes y acogedoras, pero vaciló antes de abrazarme, no sabiendo qué hacer o dónde ponerlas, al dudar de si hacía lo correcto.
Yo entré, acortando así el paso que nos separaba, y lo besé con toda la desesperación, el miedo y el amor que sentía por él.
Rafa se detuvo un instante antes de agarrarme de la cintura y devolverme el beso con una fuerza que hizo que todas las piezas del puzle de mi corazón encajasen de golpe.
Cuando finalmente se apartó un poco, temí que rompiera el contacto, pero él tampoco quería alejarse. Apoyó la frente contra la mía mientras respiraba agitado y me sostuvo la cara entre las manos.
—¿Se puede saber qué estás haciendo?
Yo sonreí entre lágrimas, dejé de pensar y me arriesgué a sentir.
—Ir a por lo que quiero. Lo aprendí de ti.