Rozar una estrella con la punta de los dedos Epílogo
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Epílogo

Rafa

Nunca he llevado bien eso de hablar de lo que siento. Soy de esos tipos que prefieren demostrar el amor antes que dedicarme a hacer trovas. Nunca fue mi fuerte expresarme con palabras.

Reconozco que puedo pasarme horas arreglando un vehículo, conduciendo o contemplando el horizonte sin necesidad de decir ni pío.

Pero luego llego a casa, abro la puerta y me encuentro a mis chicas al otro lado, y toda esa coraza de tipo duro que llevo puesta desde la adolescencia se resquebraja de golpe, aunque nunca haya dejado de formar parte de mí.

Esa noche entré en casa todavía con el mono a medio quitar y la camiseta llena de manchurrones de grasa porque había pasado media tarde terminando un coche para la Subida a la Finca, que tendría lugar días más tarde.

Eso fue lo que dije en casa para escabullirme, sin embargo, la verdad es que era únicamente entre el ruido de los motores donde podía tranquilizarme un poco.

Mi niña iba a casarse y eso me tenía hecho un manojo de nervios.

Lo peor es que tuve que aguantar la monserga de mi suegro, que no hacía más que quejarse porque, según él, ya no tenemos edad para pasar tantas horas metidos en el foso o agachados bajo un capó, y debería estar en casa.

Hace mucho que él se jubiló, pero sigue bajando al taller por puro vicio. Yo le recuerdo siempre que el problema es que él ya está viejo para esos trotes, consiguiendo que, a diario, me amenace con tirarme una llave inglesa a la cabeza. Pero, por lo menos, la jornada se hace así más amena.

Mis chicas giraron la cabeza al escuchar mis pasos y volvió a invadirme la sensación, como cada vez que llego, de ser el hombre más afortunado del mundo.

—¿Qué hacen mis enanas? —pregunté dejando las llaves sobre el mueble de la entrada.

Leire sonrió automáticamente al verme, lo mismo que cuando tenía dieciocho años y se ponía nerviosa cada vez que me acercaba a ella pidiéndole un beso. Hay cosas que no cambian nunca. Gracias a Dios.

Me acerqué primero a besarla a ella. ¿Que por qué? Pues porque, por muchos años que pasen, mi mujer sigue siendo mi lugar favorito en el mundo.

Luego fui hasta Vera y le revolví el pelo, sabiendo el coraje que le daba que le hiciera eso.

—Hueles a taller —protestó ella haciendo una mueca.

—Y tú hueles a demasiados gastos. Los últimos caprichos de tu boda me han salido por un pico. Me has dejado tieso.

—Papá, por favor…

Leire soltó una carcajada de camino a la cocina.

—Ve a ducharte antes de sentarte a cenar, que voy picando el jamón para el salmorejo.

—Qué mandona eres.

—¿No te gustaba eso de mí? —enarcó una ceja.

Fui hasta donde estaba, cogí una de las lonchas de jamón del envase que acababa de abrir y le di un cariñoso azote en el culo, ganándome el correspondiente suspiro dramático de mi hija.

—En serio, dais mucho asco —alzó la voz para que la escuchara de camino al baño.

—Eso es pura envidia —contesté antes de cerrar la puerta.

La ducha caliente me relajó el cuerpo al instante. No sé por qué se me pasó por la cabeza qué habría sido de mí si Leire no hubiera ido aquella noche a buscarme. Yo no la busqué porque alardeara de orgullo, necesitaba estar seguro de que yo era el elegido por amor, no por conformismo.

Resoplé con cierta angustia, que no tardó en desaparecer como el agua caliente por el desagüe. Estábamos juntos y teníamos una hija maravillosa. La única pega que le pondría a la vida es que mi niña se me había hecho mayor demasiado rápido.

Leire decidió que se llamaría Vera, verdad. Ella dice que porque yo fui su amor de verdad. Y joder… a mí eso todavía me sigue poniendo tontorrón.

Salí del baño con un pantalón cómodo y una camiseta vieja de Nirvana que Leire lleva años amenazando con tirar a la basura. Fui a la cocina y me encontré a las dos llevando las cosas a la mesa.

—Apartaos, que no sabéis hacer esto. Poner la mesa es cosa de mayores —les ordené que se sentaran y ya me ocupé yo de acarrear el resto para consentir a mis princesas.

—Qué carácter —murmuró Vera.

—Es su forma de querer —respondió Leire bajito, y sonreí al escucharla.

Le saqué la lengua como un crío al sentarme y ella negó con la cabeza, divertida.

Comenzamos a cenar, hablando entre bocado y bocado de los últimos preparativos de la boda, hasta que, en un momento determinado, mi hija me miró demasiado seria.

—Esta tarde estuvimos hablando de ti.

—Espero que bien. Si no, te corto el grifo y dejo sin pagar el restaurante.

—Mamá me contó vuestra historia.

Estuve a punto de atragantarme con el agua. El corazón se me disparó y miré a Leire, que intentó disimular la sonrisa bajando la vista al plato.

—Ah, muy bien. Perfecto. Fenomenal. O sea, que ahora ya sabes oficialmente que tu madre estaba obsesionada conmigo y me acosaba por los rincones del pueblo.

—¡Rafa…! —Leire abrió desmesuradamente sus bonitos ojazos azules.

—¿Qué? Estoy resumiendo.

Vera soltó una carcajada.

—La verdad es que dabas bastante guerra.

—Y la sigo dando —me encogí de hombros, pinchando con el tenedor un trozo de tortilla de patatas con calabacín.

—Soy testigo de que así es —espetó mi mujer, pero me daba igual lo que dijera. Mi mente se había ido por un momento a la primera noche que salimos juntos, con la excusa de las prácticas con la Vespa, y ella llegó con un bocata de una tortilla igual a esa.

Al ver que no respondía a su provocación, Leire dejó el tenedor sobre el plato.

—Ya vi cómo le queda el vestido a Vera.

Me giré automáticamente hacia mi hija.

—¿Y no se lo prueba para su padre o qué pasa aquí?

—¿Quieres que te lo enseñe? —Vera parpadeó sorprendida.

—Claro que quiero.

—Pensaba que preferías verlo directamente en la iglesia.

—Chicas, yo tengo una reputación que mantener. Bastante hago ya permitiendo que os burléis de mí constantemente en privado. He pensado que será mejor llorar aquí tranquilamente y no montar el espectáculo delante del cura y de todos los del pueblo.

Leire rompió a reír con ganas.

—No me lo creo.

—Pues créetelo, porque llevo una semana emocionalmente inestable.

—¿De dónde has sacado eso? —mi hija frunció el ceño, sin saber si tomárselo en serio o no.

—Se lo escuché a un entrenador en la radio hoy…

Terminamos de cenar y fuimos los tres al cuarto de Vera. Ella sacó el vestido con cuidado y desapareció unos minutos en el baño para ponérselo. Y yo, mientras esperaba apoyado en la pared junto a Leire, empecé a ponerme nervioso de verdad.

—Hoy me escaqueé un poco. No estoy preparado para esto —murmuré, recordando a la muñequita roja y arrugada que pusieron en mis brazos cuando nació.

Leire me agarró la mano, infundiéndome valor.

—Eres un tío fuerte. Tú puedes.

—No, Lei, no puedo —resoplé.

La puerta se abrió y mi hija apareció ante mí vestida de novia, dejándome sin aliento en un mundo que se acababa de detener.

Mi mujer me miró de reojo, emocionada, apretando mi mano.

—Está preciosa, ¿verdad?

Tragué saliva intentando mantener un poco la dignidad.

—Es innegable que lo heredó de mí. —Ella me soltó un codazo en las costillas.

—¡Auch, joder! —me quejé, poniéndome a llorar a moco tendido. Y no, no era de dolor. Era de pura felicidad.

Fin