Rozar una estrella con la punta de los dedos Treinta y dos
94%

Treinta y dos

No habíamos vuelto a coincidir todos desde aquellas devastadoras fiestas patronales.

Recuerdo que era viernes, acababa de salir de trabajar, y lo que debía ser la típica sensación de alivio y descanso que precede al fin de semana se convirtió en un reconcome agridulce, que hacía que mis tripas se pusieran a centrifugar.

Por mi parte, seguí yendo al pueblo de vez en cuando, y cada visita venía acompañada de la misma pregunta: qué haría si me encontrara con Rafa.

Durante años me refugié en excusas más o menos creíbles para no regresar más de tres o cuatro veces al año.

Los exámenes, el trabajo, alguna relación que no terminaba de funcionar o cualquier otra cosa que me permitiera seguir posponiendo eso para lo que nunca me sentí preparada.

Aquella tarde salí de Sevilla en cuanto terminé la jornada y tuve la sensación de que el tiempo avanzaba de forma distinta conforme iba dejando kilómetros atrás.

Los edificios altos desaparecieron poco a poco, seguidos por la silueta familiar del Monasterio de San Isidoro del Campo.

Les siguieron los campos abiertos en la carretera de siempre.

Mientras conducía pensaba en las ganas que tenía de abrazar a mis padres y a mi abuela.

También me preguntaba cómo estarían los demás, al fin y al cabo, los siete años habían pasado para todos sin excepción, y ya no éramos aquellos chicos que pasaban las tardes junto al lago.

Cada uno había seguido su camino, construido su vida y acumulado sus propias historias.

Sin embargo, por mucho que intentara concentrarme en el reencuentro con la pandilla, las palabras de Ana no dejaban de resonar en mi cabeza.

Unas cuantas horas antes, se había encargado de recordarme, por enésima vez, que estaríamos todos.

Y cuando Ana decía todos, quería decir exactamente eso.

Todos. Incluido Pablo, que había regresado para pasar unos días de vacaciones antes de volver a Estados Unidos, donde trabajaba como actor y modelo.

Paré en el hotel que había a mitad de camino, junto a una gasolinera, y pedí un refresco, como de costumbre como hacía en cada uno de mis viajes.

Con el vaso en la mano, salí a la terracita y me senté a ver el atardecer en una de sus sencillas sillas de madera.

Respiré hondo y aparté el resto de los pensamientos.

Frente a mí se extendían las infinitas dehesas y esa luz dorada que tan solo parecía existir en mi tierra, Extremadura, donde el sol se acunaba, perezoso, entre las sierras antes de quedarse dormido.

Fue regresar al coche y volver a enfrentarme al mismo pensamiento. Podía repetírmelo durante las casi dos horas de trayecto si quería. Fingir que aquello no significaba nada. Convencerme de que simplemente iba a reencontrarme con antiguos amigos a los que hacía demasiado tiempo que no veía.

Pero la realidad era otra. Mis manos, aferradas al volante y heladas a pesar del calor de septiembre, dejaban bastante claro que mi cuerpo no estaba dispuesto a creerse las mentiras que mi cabeza insistía en contarle.

Reconozco que no había pensado en cómo actuar si llegaban a darse ciertas circunstancias.

Tampoco ayudó demasiado que, dos días antes, Lourdes me llamara por teléfono únicamente para decirme que, como volviera a besar a Pablo, me ahogaría con sus propias manos. Ella, la paciente, la discreta y la prudente, había ido forjando una mala hostia que sorprendería a más de uno, seguro.

Todavía sonreía al recordarlo. Yo ya no tenía ningún tipo de interés en él.

Claudia ya estaba en el pueblo desde el día anterior.

Tuvo la suerte de poder pillarse un par de días libres para, según ella, disfrutar de la fiesta como merecía.

Por su parte, ya me había ayudado a seleccionar la ropa que debía llevar, o más bien me impuso uno de sus vestidos para dejar al mundo sin aliento, aunque la que no podría respirar sería yo, puesto que ella tenía una talla menos de la que yo usaba.

Cuando crucé el cartel que daba la bienvenida al pueblo, la nostalgia regresó y se instaló en mi pecho con tanta fuerza que tuve que aminorar un poco la velocidad.

Hacía bastantes meses de mi última escapada.

La farmacia ahora lucía un toldo azul nuevecito; ya era hora de que cambiaran el verde.

Subí por la calle del parque en el que tantas tardes especiales vivimos y pasé por la puerta del taller, ya cerrado a esas horas, con la intención de detenerme a ver si estaba Rafa.

¿Pero qué decirle? Es de locos ir a la guerra sin un buen plan.

Continué la marcha y aparqué frente a la casa de mis padres. Permanecí unos segundos dentro del coche observando la fachada blanca y los bonitos geranios rojos de mi abuela en el balcón.

Mi madre abrió la puerta antes incluso de que pudiera sacar la maleta del maletero y se acercó a mí con esa emoción bonita que siempre veía en sus ojos cuando nos encontrábamos.

—¡Ya era hora!

Su abrazo me dejó flojita. Los echaba de menos a pesar de que en Sevilla mi vida fuera «perfecta», pero es que el amor de tu gente y el latido de tu tierra siempre tiran fuerte. Mi padre apareció detrás de ella con la misma media sonrisa tranquila que llevaba viendo toda mi vida.

—Has tardado menos de lo que esperaba.

—Porque vine rápida.

—Mentira —intervino mi madre mientras agarraba la maleta—. Viniste a paso de tortuga. Me tuviste esperando toda la tarde, asomándome a la puerta como las tontas.

—Te llamé desde el bar…

—Déjate de cosas y vamos dentro, que la abuela está impaciente —refunfuñó.

—¿Solo ella?

La miré mal, pero ella sonrió con esa suficiencia de las madres que saben cómo demostrar amor a base de regañinas.

Me puse al día con la abuela y llevé la maleta a mi habitación.

Me detuve en mitad del cuarto al comprobar una vez más que todo seguía prácticamente igual: los muebles claros, las cortinas moviéndose suavemente con el aire del balcón y algunas fotografías antiguas sujetas en el corcho junto al escritorio.

Por supuesto, allí estaba él, donde había estado siempre. En una imagen clavada con una chincheta con forma de corazón rosa. Tenía los bordes doblados. Era una de mis fotografías favoritas. en la que Rafa aparecía montado en la Vespa junto al lago, riéndose de algo que yo ya no recordaba.

Tuve que apartar la mirada. No podía permitirme volver tan rápido a la versión de mí misma que me obstinaba en creer que había dejado atrás, así que dejé lo de deshacer la maleta para más tarde y me fui al comedor.

Mi abuela estaba allí, sentada en su sillón, metida de lleno en terminar el jersey de punto que me estaba haciendo para ese invierno.

—¿Quieres algo? —preguntó mi madre desde la cocina.

—Agua, que tengo que dejar espacio en la barriga para la tortilla de la abuela.

—Di que sí, hija —alzó la vista, sonriente—. Te la hice como te gusta. Blandita, pero no líquida.

Cómo extrañaba eso…

—¿Quiénes van a la cena? —preguntó mi madre, acercándose con la jarra de cristal y el vaso de agua.

—Los de siempre.

—¿Y Rafita? —intervino mi abuela.

Suspiré mientras me apretaba el cierre de los pendientes para disimular y ganar tiempo.

—Te pregunté por Rafita —siguió en sus trece—. Aquí se supone que soy yo la que no oye bien.

—Él no es de nuestra generación.

—¿Cómo que no? —hizo el amago de levantarse, indignada, y me senté en el brazo del sillón, a su lado, para que se calmara—. Ese chico siempre estuvo con vosotros. Además, es el cuñado de Santi, el hijo de Maricata. ¿Entonces?

—Pero esto es para los que fuimos juntos a clase.

Ella resopló con fastidio.

—Pude haberle preguntado hoy cuando estuvo aquí a traerle unas piezas del desguace a tu padre.

—¿Él estuvo aquí? —me hice la tonta, poniéndome hasta colorada.

—Vino este mediodía a preguntarle a tu padre si servía algo que necesitaban para un coche. No quiso quedarse a comer porque tenía que ir a descambiar la otra pieza antes de que cerrasen —me explicó mi madre, poniendo la televisión para ver el programa de los viernes.

—Yo pienso que él creyó que estabas al caer y no quería verte —soltó mi abuela, con carita de inocente.

—¿Cómo? —Él también me evitaba, como hacía yo. ¿Sentiría aún algo por mí?

—Si no lo habéis invitado, es normal que el chico no quiera ni mirarte a la cara.

Por supuesto que era normal que no quisiera verme, pero no porque no hubiera recibido ninguna invitación para la cena de la generación.

La noche siguiente me arreglé lo mejor que pude y pasé a recoger a Claudia para que llegásemos juntas al restaurante que habían abierto en la zona del lago, aunque llamarlo lago ya casi parecía quedarse corto por la cantidad de agua que tenía ese verano.

Nerea y Pedro habían construido allí una terraza preciosa de madera, rodeada de plantas y luces colgantes que le daban un aire de lo más íntimo y especial.

Claudia me frotó los hombros para infundirme valor, pero yo no pensaba en cómo debía afrontar lo que había dentro, sino en cómo me avasallaban los recuerdos de lo que había fuera.

El olor a verano, a pino, el frescor del agua, el primer beso de Rafa, la acampada, las tardes de risas, la ilusión de Pablo que se me hizo trizas cuando lo vi con María en pleno derroche pasional.

—¿Qué pasa, tías?

Ana apareció bajando casi corriendo los escalones de madera y me abrazó con tanta fuerza que terminé riéndome contra su hombro.

—Sigues igual de bruta.

—Y tú en tu mundo. Llevaba un rato viéndote ahí parada como un pasmarote.

Claudia se unió al abrazo y nos quedamos así un buen rato, porque las tres sabíamos que aquella noche no era solo un reencuentro. Era volver a abrir una historia que nunca terminamos de cerrar del todo.

—Estás guapísima —me apartó un poco para observarme mejor.

—Tú sí que estás increíble.

—Ya, pero yo no desprendo esa vibra de protagonista atormentada de película indie.

Le di un golpe en el brazo mientras negaba divertida con la cabeza. Todo parecía exactamente igual y, al mismo tiempo, completamente distinto.