Rozar una estrella con la punta de los dedos Treinta y uno
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Treinta y uno

—¿Y ya está? —Vera protestó airada—. ¿Así termina todo?

Leire pasaba las páginas hasta llegar a otras fotos del grupo en una celebración que parecía especial.

—No —respondió al final—. Claro que no terminó ahí. ¿Cómo crees que te hicimos a ti? —cabeceó, entornando los ojos.

Vera se acomodó mejor bajo la manta.

—Eso ya lo sé. Lo que pasa es que la versión que me contabas de pequeña ha cambiado sustancialmente.

Ha pasado del amor azucarado a… esto. ¡Joder!

No sé cómo describirlo y eso que se me da bastante bien ponerle nombres a las cosas —resopló, frustrada—.

Tan solo me decías que la vida os separó y luego os juntó.

Esto me pone de los nervios. Si estabais tan enamorados, ¿por qué no lo arreglasteis esa noche?

¿Papá no quiso escucharte? —gesticuló, impaciente.

—Porque a veces las personas reaccionamos desde el dolor y no desde lo que sentimos de verdad. Lo más normal era que tu padre actuara como lo hizo al ver heridos sus sentimientos.

La casa estaba en silencio. Solo se escuchaba el sonido lejano del frigorífico y alguna moto pasando por la avenida principal al otro lado de la ventana. Vera se levantó y se dirigió a la cocina.

—Necesito algo fuerte para poder continuar escuchándote —murmuró.

—Vera…

—Voy a coger un vaso de agua, mamá. Estaba bromeando para suavizar un poco el tema.

—Me encanta que suavices. —Leire le sacó la lengua en una mueca de cariño.

—¿Fuiste detrás de él aquella noche? —se interesó, bebiendo un sorbo del vaso que traía hacia el comedor.

—Sí.

Leire cerró despacio el álbum y lo dejó a un lado antes de recogerse las piernas bajo el cuerpo, como hacía Vera y como había hecho ella misma desde niña.

—Pero...

—Salí corriendo de la plaza después de hablar con Ana. Lo busqué por toda la feria. Fui al Límite, a la caseta e incluso pasé por la zona donde estaban los coches de choque porque sabía que muchas veces terminaba allí con los amigos.

—¿Y?

—Nada. No aparecía.

Vera frunció ligeramente el ceño, tomando asiento a su lado de nuevo.

—Papá no es de esconderse.

—Lo hacía por mí. Siempre dice que prefiere no discutir en caliente.

Leire se pasó una mano por el pelo antes de continuar.

—Ya… El grandullón necesita aplacar el genio —soltó, comprensiva.

—Lo llamé al día siguiente a su casa. Su madre me dijo que había salido temprano con la moto y que no sabía cuándo volvería.

—¿Dejaste de insistir?

—Qué va. Volví a llamar dos o tres veces más —rio con suavidad, a pesar de que los recuerdos le seguían produciendo ganas de llorar—. Eso fue algo que me puso cada vez más atacada.

—¿Cuándo hablasteis entonces?

Leire apoyó la cabeza contra el respaldo y elevó la vista al techo, como si todavía pudiera regresar exactamente a aquel momento.

—Dos días después. Me llamó él.

—¿Y qué te dijo?

—Fue directo al grano. Me preguntó si podíamos quedar en el parque.

Vera tragó saliva.

—¿Y fuiste?

—Claro que fui. Tenía que decirle tantas cosas… Esa tarde me cambié tres veces de ropa porque quería estar guapa y, al mismo tiempo, me sentía fatal conmigo misma.

—Porque lo querías.

—Porque estaba enamorada de él hasta las trancas y acababa de descubrirlo de la peor forma posible.

Vera bajó la mirada un instante. Su madre se estaba abriendo como nunca, y en ella se peleaban algunas contradicciones. Por un lado, deseaba saberlo todo y, por otro, lo pasaba mal al ver la mirada de su madre empañada por el dolor de lo que le contaba.

—Jo…

—Cuando llegué al parque ya estaba sentado en uno de los bancos de siempre. Llevaba una camiseta negra y tenía los codos apoyados sobre las rodillas. Parecía agotado.

—¿Lo abrazaste?

—No era tan valiente. Me senté a su lado e intenté soltarlo todo de golpe porque tenía miedo de que se levantara y se marchase.

—¿Le contaste lo de Pablo?

—Traté de contarle todo, aunque mis palabras salían aturulladas al no saber de cuánto tiempo disponía —jugueteó distraídamente con el borde de la manta que arropaba a Vera.

—Le dije que había estado confundida. Que durante mucho tiempo había pensado que estaba enamorada de Pablo porque me había acostumbrado a idealizarlo. Y que cuando me besó entendí que no sentía nada parecido a lo que sentía con él.

—¿Y papá qué hizo con eso?

Leire tragó saliva despacio y negó con la cabeza.

—Me escuchó sin interrumpirme. Y eso fue mucho peor, porque cuando él se callaba así era porque estaba intentando no decir algo que pudiera herirme.

—Se cerró en banda —susurró Vera.

—Yo iba a decirle que lo amaba.

—¿En serio?

—Sí. Creo que fue la primera vez que tuve claro lo que sentía.

—¿Y no pudiste? —Leire negó lentamente.

—No me dejó. Me respondió que no era tonto y que siempre había visto cómo miraba yo a Pablo. Que fue un total imbécil por pensar que entre nosotros podría haber algo.

Vera apretó los labios, dolida, y acogió entre las suyas la mano de su madre.

—Pero eso ya no era verdad.

—Lo sé. Ahora lo sé. Pero él no podía verlo desde fuera aquella noche. Imagínate que ves a tu chico besando a alguien de quien supuestamente ha estado enamorado… Es complicado, hija. —Se encogió ligeramente de hombros.

—Pues sí.

—Y luego dijo algo que no he olvidado jamás.

—¿Qué?

Leire soltó un suspiro, sintiendo el calor de las manos de su hija en la suya.

—Que él no quería ser el regalo de consolación en la vida de nadie.

Vera bajó la mirada automáticamente.

—Eso duele, ¿eh?

—Me mató, directamente.

—¿No le aclaraste que no era lo que pensaba?

—Me limité a llorar, como ahora —se le escapó la risa entre las lágrimas, y Vera le ofreció la caja de pañuelos que tenía en la mesita lateral—. Intenté decirle que no era eso. Que lo había elegido a él incluso antes de entenderlo del todo. Pero Rafa estaba demasiado dolido.

—¿Se fue?

Leire asintió, secándose el rostro.

—Se levantó del banco y cortó conmigo diciéndome que lo sentía, pero que necesitaba alejarse de mí porque no sabía querer a medias ni tampoco aceptaría nunca que alguien lo quisiera así.

—¿Y después te fuiste a Sevilla? —Leire asintió.

—Cuando vine a darme cuenta, ya estábamos en septiembre.

Lourdes y yo nos fuimos a vivir con Claudia a un piso de una tía de sus padres, cerca de la facultad.

La vida allí era otra cosa. Demasiado ruido, mucha gente, autobuses, prisas…

Y eso que tampoco era una ciudad enorme, pero, comparado con el pueblo, al principio me parecía inabarcable.

—¿La distancia hizo que dejaras de pensar en papá?

Leire tardó en responder.

—No. Tenía días mejores y días peores. A veces estaba bien durante semanas y, de pronto, escuchaba una canción o veía una Vespa aparcada en cualquier calle y sentía un golpe aquí —se llevó la mano al pecho.

—Jo, mamá…

—Pero seguí adelante. De todo se aprende, y lo que nos sucede nos hace más fuertes. Estudié muchísimo. Era fácil convivir con Claudia y con Lourdes, y terminamos convirtiéndonos en adultas casi sin darnos cuenta.

—¿Tuviste novios allí?

—Alguno —enarcó la ceja, haciéndose la interesante.

—¿Muchos?

—Vera.

—¿Qué? Soy locutora de radio. Estoy acostumbrada a preguntar a mis invitados —rio con ganas.

—Tuve dos relaciones importantes.

—¿Y?

—Fueron buena gente. De verdad.

—Parece que me estés hablando de mascotas y no de amores.

—¡Qué mala eres! —le dio una palmada en el muslo a su hija—. Uno estudiaba arquitectura y el otro trabajaba conmigo cuando entré en prácticas en la empresa.

—Pero no eran papá.

Leire negó despacio.

—No lo eran. Ese era el problema.

—¿Nunca te enamoraste otra vez?

La pregunta la dejó pensando unos segundos.

—¡Eres demasiado cotilla! No iré nunca como invitada a tus programas.

—Venga, no te hagas de rogar. —Hizo un gracioso mohín con los labios a la vez que juntaba sus manos en un gesto de súplica.

—Creo que aprendí a querer de otras maneras. Más tranquilas. Más prácticas, quizá. Pero nunca volvió a pasarme algo tan intenso.

—Porque seguías enamorada de él.

—Supongo que una parte de mí sí —reconoció con total sinceridad.

Vera la observó con ternura.

—Supongo que eso afectó al buen rollo que tenías con la tía Ana.

—A ella sí pude contarle lo que ocurrió y me entendió.

Fue sincera conmigo y me advirtió de que no estaría de parte de ninguno.

Yo respeté en todo momento su decisión y todos esos años mantuvimos el contacto.

Ella empezó a trabajar en Cáceres después de terminar la carrera.

Nos llamábamos para contarme cosas del pueblo, de sus padres…

y alguna que otra vez mencionaba a Rafa de pasada.

Me alegraba saber que estaba bien. Eso sí, aunque tenía que hacer un enorme esfuerzo por sonar madura ante ella cuando me decía que su hermano estaba conociendo a alguien.

Unos meses antes de la cena de la generación supe que lo había dejado con la última.

Vera arqueó inmediatamente las cejas, reaccionando con expresión pícara al último comentario de su madre.

—Vale. Aquí empieza lo bueno.

—No te emociones todavía.

—Mamá, por favor. Llevo media tarde esperando esto.

Leire negó divertida con la cabeza.

—Yo estaba trabajando ya en la empresa. Compartía piso todavía con Claudia porque las dos continuábamos en Sevilla. Lourdes se había mudado con su novio para ese entonces. Una tarde estaba terminando unos informes horribles cuando sonó mi móvil.

—¿Ana?

—Ana.

—¿Qué quería?

—Era una invitación para la cena de la generación. Como me conocía, me prohibió terminantemente inventarme cualquier excusa.

Vera se incorporó de golpe, ansiosa por saber más. Ahora los ojos de su madre brillaban de alegría. Eso era la señal indiscutible de que lo bueno sí estaba cerca.

—¿Y tú qué hiciste?

—No me apetecía nada, pero no me quedaba más remedio que acudir. ¡Cualquiera le dice que no a tu tía Ana!