Rozar una estrella con la punta de los dedos Treinta
88%

Treinta

Noté el estómago montado en uno de los subibajas del parque infantil en el que pasaba horas y horas cuando era niña. Allí, con los dos duros en la mano, esperaba ansiosa junto a la reja a que Alfonso abriera cada tarde para comprar la rueda de palomitas con miel y…

—Mamá, te vas por las ramas. Ya te pediré algún día que me cuentes tu infancia, pero ahora estamos a otra cosa —la recondujo Vera con cariño.

—Me pongo a hablar y me pierdo —negó Leire con la cabeza y una sonrisa en los labios.

Lo que experimentaba no eran exactamente nervios, o sí.

Entonces no supe qué nombre darle a esa especie de inquietud.

Sorpresa, quizás, ya que se suponía que él no iba a estar allí durante las fiestas.

Ana comentó en la piscina semanas atrás que seguramente se iría desde Islantilla a Madrid, y yo ya me había hecho a esa idea.

Pero allí estaba, como una aparición. Con vaqueros claros, camiseta blanca y el pelo un poco más largo que la última vez.

Seguía siendo guapo, mentiría si dijera que no me lo pareció.

Y aun así, no sentí lo que esperaba sentir.

Pablo sonrió al vernos y levantó una mano.

—Mira quién apareció en la puerta de mi casa cuando salía —comentó Rober, acercándose primero a saludar.

Todos comenzaron a hablar a la vez. Preguntas sobre el verano, las vacaciones, la universidad, la playa. Yo me vi envuelta en una especie de niebla molesta. Casi no los escuchaba, porque Pablo me miraba y eso, para qué negarlo, seguía poniéndome nerviosa.

Solo que ahora la sensación que experimentaba estaba más cerca de la incomodidad.

—¿Qué tal te fue el verano? —le preguntó Lourdes.

—Bien —respondió él—. Y eso que he tenido ahí algo rondándome la cabeza todo este tiempo.

Y clavó en mí los ojos directamente al decirlo.

Noté el corazón acelerándose por pura costumbre, porque siempre fui la chica patosa que no sabía qué decir ni dónde meterse cuando él me sonreía.

Nerea apareció por detrás con una cerveza en la mano.

—Antes de que nadie diga nada, vengo en son de paz —levantó las cejas dirigiéndose expresamente a mí—. Y quería pedirte perdón por lo del cumpleaños de Rafa. Bueno… por lo de María. No comparto lo que hizo y me arrepiento de muchas cosas.

—Milagro número dos del verano —masculló Ana.

Nerea le sacó la lengua.

—María ya está en Salamanca. Decidió marcharse antes.

—¿Y tú? Ahora que te ves sola, vienes a hacerte la santita, ¿no? —le reprochó Claudia.

—Haya paz —intervine—. Vamos a disfrutar de lo que nos queda de verano.

Todas se relajaron, pero Pablo continuaba sin apartar su atención de mí. Es curiosa la manera que tiene la vida de jugar con nosotros. Había esperado aquel momento durante años y ahora no sabía qué hacer con él.

Pasó un rato más entre conversaciones, música y botellines de cerveza en la caseta de los pinchos, hasta que Pablo se me acercó y soltó la antes tan deseada pregunta.

—¿Podemos hablar un momento?

—Sí… claro.

Lo seguí calle abajo y terminamos detrás de la iglesia, una zona sin iluminación festiva, que se convirtió en el lugar ideal para compartir un secreto.

Sin saber qué hacer con ellas, se metió las manos en los bolsillos y me mostró una sonrisa nerviosa.

—Hacía mucho que no hablábamos de verdad.

—Creo que nunca lo hemos hecho. —Jamás habíamos intercambiado más de cuatro palabras seguidas.

¿De dónde salía mi arrojo? Bajé la cabeza, ruborizada al pensar en que Rafa estaba influyendo en mí para bien.

—Acabo de llegar al pueblo y todavía no he tenido tiempo de ver a casi nadie.

—Ajá…

Asentí despacio. No entendía por qué me costaba tanto darle alas a aquella conversación. Siempre imaginé que el día que nos pusiéramos a conversar tendríamos mil cosas que contarnos.

—¿Y tú qué tal? —preguntó él—. ¿Cómo ha ido el verano?

—Bien. Muy bien. De hecho, diría que ha sido emocionante.

Pablo dio un paso hacia mí.

—Leire… llevo mucho tiempo pensando en algo. Exactamente desde febrero. ¿Recuerdas?

—No hace falta que digas nada —hice un gesto con la mano para que no continuara.

—La conversación en la escalera. Tengo que comprobar si hay alguna posibilidad.

—¿De qué?

Balbuceé casi sin voz y él sacó las manos para sujetarme por los brazos con suavidad.

—De tener algo contigo.

¿Algo? ¿Que tuviéramos algo? Yo ya tenía todo con Rafa. Tragué el nudo que se me hizo en la garganta.

—Mira, yo…

—Cuando me fui pensé que se me pasaría, ¿sabes? —continuó—. Pero no se me ha pasado. Y no puedo empezar en Madrid sin saber qué siente realmente la persona en la que llevo pensando desde que recibí aquel poema.

Mi corazón latía rápido. Pero ya no lo hacía por él, sino porque deseaba marcharme de allí.

Antes de que pudiera decir nada más, Pablo me agarró suavemente de la cintura y me besó.

Todo ocurrió a velocidad de vértigo. Sentí sus labios sobre los míos y el calor de su mano.

Me quedé helada, como una estatua de piedra, rígida e inmóvil, porque durante años había imaginado aquel beso tantas veces que creía que el mundo se detendría cuando ocurriera. ¿Y sabes qué? No se detuvo.

Me estaba besando, y cualquiera diría que yo también participaba, cuando de mis ojos bajaron dos lágrimas al comprender que estaba besando, en realidad, los sueños; esos en los que me convencí de que, si algún día pasaba, el mundo sería más bonito y cruzarían el cielo luminosas estrellas fugaces.

Pero no pasó nada. Y descubrir eso con la boca de alguien todavía sobre la tuya es la cosa más triste que puede pasarte.

Él me sostuvo la cara con cuidado y yo lo miré de frente. Mi corazón se desplomó al asumir que hay personas que, vistas de cerca, no se parecen en nada a la versión que inventaste de ellas cuando te sentías sola.

Descubrir que la fantasía había sido muchísimo más bonita que la realidad fue lo que me resquebrajó por dentro.

Cuando Pablo se apartó, abrió los ojos despacio.

—Me gustas mucho, Leire.

Levanté la vista por encima de su hombro y a quien vi fue a Rafa, de pie al final de la calle. Estaba quieto, mirándonos.

Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies y que el corazón, ya agrietado, se me hacía añicos.

—Rafa… —susurré.

Él se dio media vuelta y desapareció por la esquina.

—¿Qué pasa? —Pablo no entendía lo que estaba pasando.

Lo miré por primera vez sin la neblina amorosa de todos aquellos años imaginándolo y comprendí la verdad completa.

—Yo pensé durante mucho tiempo que también me gustabas —admití con un hilo de voz—. Pero ahora sé que no era real.

Vi cómo algo se apagaba lentamente en su expresión.

—Leire…

—Lo siento.

Y lo decía de verdad. Porque Pablo no había hecho nada malo. Simplemente había llegado demasiado tarde a una historia que ya no nos pertenecía y que murió ahogada por la falta de valor en el pasillo del instituto.

Di un paso atrás y luego otro. Poniendo distancia.

—Tengo que irme.

Eché a andar sin esperar su respuesta, con el pulso latiéndome tan fuerte en la sien que me impedía abrir bien los ojos para ver por dónde caminaba.

Ana fue la primera en verme llegar. Le bastó fijarse en mí para perder la sonrisa.

—¿Qué ha pasado?

Negué con la cabeza intentando recuperar la calma.

—¿Dónde está Rafa?

—Dijo que se marchaba.