Rozar una estrella con la punta de los dedos Veintinueve
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Veintinueve

—Las fiestas patronales siempre empezaban en su pueblo…

—¡Mamá! —la cortó Vera, con mirada de reprobación.

—Cierto. Perdona, amor, que quedamos en que ya no te hablaría de «mi amiga».

Las fiestas patronales siempre empezaban en mi pueblo con el repique alegre de las campanas a las doce en punto del mediodía.

La plaza presumía de luces, con la imagen del Cristo presidiendo los actos en su honor desde el lugar privilegiado que suponía el balcón central del ayuntamiento.

El escenario llevaba preparado un par de días, con las sillas metálicas de siempre a ambos lados, pintadas de un azul casi idéntico a las cúpulas de Santorini, para que la gente mayor pudiera sentarse a disfrutar de la música en esos últimos coletazos del verano.

Esa mañana decidí ponerme un vestido de color vainilla estampado con flores pequeñas blancas y unas sandalias bajas porque sabía que aquella noche terminaríamos andando de un lado a otro hasta las tantas, y acompañé a mi abuela a misa.

Insistió tanto que no me quedó más remedio que acceder.

Decía que el primer día de feria había que empezarlo dándole gracias al de arriba por seguir vivas y juntas otro año más.

Me había dejado el pelo suelto y mi abuela no dejaba de mirarme a la salida de la iglesia.

—Como te vea Rafa así, no responde de él.

—Abuela.

—¿Qué? Yo solo digo que ese muchacho te mira como tu abuelo me miraba a mí. A ver si te crees que soy tonta y no me doy cuenta de las miraditas que te echa cuando viene a casa. Ya soy muy vieja, niña, y más sabe el diablo por viejo que por diablo .

Casi me atraganto con la risa.

—¿Y? ¿Le darías el aprobado? —bromeé.

—Desde luego. Ya te dije que veo que no te quita ojo de encima.

Y tenía razón. Rafa llevaba varias semanas mirándome de una forma que conseguía ponerme nerviosa incluso cuando no estaba delante.

A veces me sorprendía pensando en él mientras daba clases a los niños o ayudaba a mi madre a tender la ropa en la azotea.

Era absurdo. Bastaba cualquier detalle para que él apareciera en mi cabeza.

El olor de la gasolina al pasar una moto, una canción de rock en la radio o el recuerdo de las caricias en el lago conseguían que se me escapara una de esas sonrisas bobas que tardaban en borrarse.

Cuando dejé a mi abuela en casa, llamé a Ana desde el teléfono fijo de la cocina.

—¿Qué haces, chati?

—Intentando sobrevivir al calor. ¿Esta noche qué?

—Lourdes y yo hemos quedado en arreglarnos juntas. Le diré a Claudia que avise a los demás y nos vemos donde siempre sobre las diez. ¿Ya se fue Rafa? —pregunté intentando sonar casual.

Ana soltó una risita de sabihonda.

—Salió con Santi hace una hora. Quedaron en pasar a buscar a un par de colegas para lo de la Subida a la Finca.

—¿Santi también corre? —me pareció raro, ya que no sabía que también le gustara la velocidad.

—Ni de coña. Él va para animar. Rafa sí me comentó que irá de copiloto de Fer.

La acampada en el lago trajo consigo algunas novedades. Ana se lio con Santi. ¡Nunca lo hubiera pensado!, por lo que él y Rafa parecían más cercanos aquellos días.

Resoplé desganada. Quería verlo. Apenas llevábamos tres o cuatro días sin pasar tiempo a solas porque había estado ayudando a mi madre con la limpieza y él había andado liado con los coches que participarían en la Subida. Pero me parecía una eternidad.

Eso era lo peligroso de enamorarse. Que, de pronto, unos pocos días podían sentirse como una gran tragedia.

Esa noche, cuando llegamos a la plaza, todo estaba precioso.

Las hileras de bombillas de colores cruzaban las calles estrechas de fachadas blancas y balcones llenos de geranios.

Los altavoces de la publicidad de los negocios del pueblo nos deseaban felices fiestas y la música de las cantinas hacía posible el dueto de Camela con Los Rodríguez.

Había niños corriendo con pistolas de agua tras la caseta de turrones de Castuera y Manola ya tenía montado en la entrada su puesto de marisco cocido, con unas relucientes patas de cangrejo y un buen montón de gambas y quisquillas en las cajas de madera colocadas sobre un mantel blanco que ondeaba con la brisa.

Ana esperaba en la esquina junto a la tómbola, en la que colgaban los perritos piloto junto a alguna que otra muñeca chochona, y tras reunirnos Lourdes y yo con ella, nos dirigimos a la zona de las atracciones, donde nos encontramos con Claudia y Manu, que acababan de bajarse del Zig-Zag.

Ana me dio un codazo nada disimulado cuando subíamos de nuevo hacia la plaza.

—Mira quién viene por ahí —señaló irguiendo el mentón.

Por la calle principal vi bajar a Rober y, justo detrás de él, iba Pablo.