Veintiocho
—¡Qué bonito! Muero de amor… literalmente —Vera se llevó la mano al pecho con esa actitud peliculera que Leire le solía decir que formaba parte de la genética de su bisabuela.
Vera, que estaba sentada en el sofá con una pierna bajo el cuerpo, extendió la manta fina que había doblada en uno de los brazos para cubrirse con ella hasta la cadera. La noche era calurosa, pero siempre hacía aquello cuando se acomodaba para ver su programa favorito en la tele.
El corazón de Leire rebosó de ternura al contemplarla así, como cuando era una renacuaja, y dejó sobre la mesa el cuenco de cerezas que acababa de sacar del frigorífico para el postre.
La cocina todavía olía a cebolla pochada y, con una curva de felicidad en los labios, inspiró profundamente al pensar en que esa sería la última en la que su niña, no tan niña, dormiría en su casa como mujer soltera.
Durante unos instantes, Vera la perdió de vista a su madre por el pasillo, por el que enseguida regresó con un álbum de fotos grueso, con las tapas de piel de color azul algo desgastadas, entre las manos.
—¿Ya te recuperaste de la taquicardia? —bromeó Leire, sentándose a su lado.
—¡Es que ese besazo fue increíble! —abrió los brazos. Siempre era tan expresiva cuando hablaba.
—Mi primer beso, más concretamente. Ese fue el primero que yo di.
—¿Y el del lago?
—El de esa noche —realizó una mueca de fastidio al recordar la intensidad de lo que sucedió allí en tan pocos minutos— fue el primero que recibí. Es curioso que viviera ambos con el mismo chico, pero en distintos momentos de aquel verano.
Leire abrió el álbum y se lo puso sobre las rodillas. Entre las hojas de plástico descansaban fotografías algo descoloridas de días de campo, comuniones, barbacoas y fiestas de pueblo.
Vera se inclinó hacia delante con verdadero interés, ya que hacía muchos años que no veían aquellas imágenes.
—Eras preciosa —pasó un dedo sobre una de las fotos en las que se veía un primer plano de ella riendo en una fiesta.
—¿Era? —preguntó Leire con un deje de indignación que no sentía en realidad—. Creo que me conservo bastante bien para mi edad. O eso me dice tu padre. Espero que no sea una mentira piadosa —alzó la barbilla, orgullosa.
—¡Ya me entiendes! —exclamó, dándole un golpecito en la rodilla—.
Estamos hablando del pasado. ¿Sabes, mamá?
Ya que estamos en este punto del cuento, me gustaría que fueras tú quien me explicara qué pasó y cómo te sentiste —suspiró—.
No me cuentes la historia de «tu amiga».
Quiero que me hables con el corazón en la mano.
—¡Qué intensidad!
Leire torció el gesto, sopesando la petición de su hija.
Le era más fácil hablar de ciertas cosas con distancia, pero Vera tenía razón.
Era hora de ser valiente y contarle una parte de la historia en la que nunca había profundizado cuando le narraba a su hija cuál fue su primer amor real tras vivir durante un par de años esa ensoñación del sentimiento idealizado.
—¿Y esa foto?
—Esta fue tomada en el famoso cumpleaños del que te hablé —la sacó de su protección y se la ofreció a su hija. En la imagen se veía a Ana, a Claudia, a ella y a Rafa posando sonrientes junto a la piscina.
—Papá aún estaba descalzo y con el pantalón remangado —comentó, jocosa.
—Nos cortaron un poco el rollo para hacer la foto —admitió, con una sonrisa pícara.
Volvió a dejar la instantánea en su lugar y pasó varias páginas hasta detenerse en otra que fue tomada junto al lago.
Rafa aparecía sentado sobre el asiento de la Vespa amarilla, con unas gafas de sol pequeñas, camiseta blanca y una sonrisa ladeada que seguía siendo exactamente la misma tantos años después.
Ella estaba de pie a su lado, despeinada por el viento y sujetándose el tirante del peto vaquero con una mano.
—Dios… papá tenía cara de romper corazones.
—Y lo sabía —murmuró Leire.
Vera sonrió mientras observaba la foto.
—Aquí ya estabais juntos.
Leire acarició distraídamente el borde de la fotografía con la yema de los dedos.
—Sí. Muy pocos lo sabían. No le pusimos ningún nombre a lo que teníamos. Estábamos bien juntos y eso era suficiente.
—Qué intensitos erais.
—Muchísimo. Tú tienes una gran parte de ambos —reconoció divertida—. Pero supongo que, cuando todo te ocurre por primera vez, lo vives así, o al menos en aquellos años. Las cosas son distintas hoy en día. El mundo va demasiado rápido.
Vera levantó la mirada hacia ella.
—¿Y después del beso qué pasó?
Leire apoyó la cabeza contra el respaldo del sofá.
—Que vivimos muchas cosas ese verano.
—¿Viviste también tu primera vez?
—Él fue la primera vez de muchas cosas —murmuró, con la mente puesta en el pasado.
Vera no dijo nada. Solo la observó con atención mientras Leire pasaba otra página del álbum. Allí aparecía una foto borrosa de Claudia haciendo el tonto frente a una tienda de campaña.
—¿Te duele recordarlo? —Vera le acarició el pelo con ternura y Leire sonrió, tomando su mano, con los ojos empañados.
—Después de aquella noche en la piscina todo cambió un poco —continuó—. O quizá no cambió nada realmente. Supongo que simplemente dejamos de fingir que no estaba pasando nada entre nosotros.
—¿Y qué hacíais?
Leire dejó escapar una risita nerviosa.
—Muchas cosas. Ese fue el problema de aquel verano, que parecía que los días tenían más horas de lo normal y nos daba tiempo a vivir demasiado. Y cuando no tienes a esa persona cerca, por ciertas circunstancias, te ahogan los recuerdos.
—Supongo que ya entonces planificabas al milímetro las horas en tu agenda —desvió un poco el tema para que su madre pudiera tomar un respiro.
—Por las mañanas yo daba clases a los niños del pueblo. A veces terminaba agotada porque alguno tenía menos ganas de estudiar que un gato de bañarse, pero me gustaba. Después ayudaba un rato a mi madre y a mi abuela en casa y, al caer la tarde, empezaba lo bueno.
—Papá.
—Tu padre aparecía con cualquier excusa. Que si la Vespa hacía un ruido raro, que Ana quería bajar al lago o que si necesitaba comprar un repuesto en el pueblo de al lado y quería que lo acompañara…
—Mentiras todas.
—Absolutamente todas. Pero es que nos daba corte decir que estábamos juntos y queríamos salir.
Las dos rieron, animadas.
Pasó otra página. En la siguiente fotografía aparecía Rafa apoyado sobre una moto de cross roja, con el mono cubierto de barro hasta las rodillas.
Vera soltó una carcajada.
—Todo un campeón.
—Ese día estaba insoportable.
—¿Qué había ganado?
—Un campeonato provincial de motocross en la sierra.
—No sabía que competía a ese nivel en cross.
—Dejó de hacerlo un año antes de tu comunión. Continuó saliendo al monte con la moto, pero ya no participaba en campeonatos.
Vera observó de nuevo la foto.
Rafa levantaba el casco con una mano mientras sonreía de esa forma desafiante y luminosa capaz de fundir los plomos del mundo.
—Se le ve radiante.
—Le encantaba la moto de campo —explicó Leire—. Cuando salía por la sierra era feliz. Yo creo que necesitaba sentir el ruido del motor, el reto y la velocidad para soltar esa adrenalina que siempre llevaba de sobra.
—Ahora lo hace con los coches…
Leire pasó lentamente el dedo por el borde de la imagen.
—La primera vez que me llevó al monte con él casi me da un parraque.
—¿Tú? ¿En una moto de campo?
—Yo misma. Si me hubieras visto —sus ojos celestes se abrieron de par en par al recordar esa tarde—, iba agarrada a su cintura tan fuerte que creo que le dejé marcas.
—Te comprendo. No me imagino a papá conduciendo sin ir a toda mecha.
Vera soltó una carcajada que animó a Leire a seguir.
—Subimos por caminos de tierra hasta una zona desde la que se veía toda la sierra. Él estaba empeñado en enseñarme cada curva, y yo solo rezaba para que el suplicio terminase pronto.
—Eso no suena nada romántico.
—No lo era. Terminé llena de polvo y jurando que nunca más volvería a subirme con él.
—Y supongo que mentías.
—Claramente. Luego yo también le cogí gusto al riesgo porque me permitía pegarme a él como una lapa. Me encantaba su olor a jabón mezclado con el de las hierbas del monte y la gasolina.
Se detuvo ante una fotografía tomada junto a la Vespa amarilla. Rafa estaba sentado detrás de ella con los brazos abiertos mientras Leire sonreía agarrada al manillar.
—¿Postureo?
—Para nada.
—¿En serio?
—Totalmente. Esta fue la primera vez que llevé yo la moto hasta el lago con él detrás.
Vera abrió mucho los ojos.
—¿Papá, detrás?
—Sorprendentemente, sí. Cierto es también que se pasó todo el camino fingiendo tranquilidad mientras se aferraba al asiento como si su vida dependiera de ello.
—Lo imagino —se miraron sonrientes.
—Te prometo que le notaba la tensión desde delante. Cuando íbamos por la mitad del camino me gritó que frenara porque decía que tomaba las curvas demasiado abiertas.
—Iba cagado —soltó Vera.
—Luego reconoció que lo hice bastante bien.
—Te quería llevar al huerto...
—Aquel verano fue la primera vez que sentí que podía hacer cosas que antes me daban miedo. Y creo que gran parte fue gracias a él.
—¿Por qué?
—Porque tu padre tenía esa forma de mirarte… —dijo al cabo de un instante— que te infundía el valor para lanzarte a conseguir lo que fuera que desearas.
—Sí. Sigue mirando así.
Leire bajó la vista hacia otra fotografía donde aparecían varias tiendas de campaña junto al lago.
—Y luego llegó la acampada.
—Vale, esto me interesa.
—Lo imaginaba.
—¿Quiénes fuisteis?
—Pues los de siempre. Claudia, Lourdes, Ana, Santi, Manu, Pedro, unos amigos de tu padre, él y yo. Montamos las tiendas junto a una zona del lago donde solía ir poca gente.
—¿El concierto fue antes o después? Que no veo fotos aquí.
—Antes solíamos ir a escuchar la música, a bailar, a desgañitarnos cantando durante dos horas y a disfrutar de la gente con la que estábamos. No vivíamos pendientes de meter la cámara en el bolso para subir a ninguna red social las pruebas que demostrasen lo bien que lo estábamos pasando.
—¿No tuviste Tuenti?
—Tu mente se va de una cosa a otra como la de tu padre —le hizo ver Leire, sin poder evitar sonreír—. Volvamos al lago. Pasamos el día entero allí. Hicimos una barbacoa estupenda, cada uno llevó algo para picotear y fue una experiencia maravillosa.
Leire señaló otra fotografía en la que aparecían casi todos sentados alrededor de una hoguera improvisada, con el cielo negro detrás, sus caras iluminadas por el fuego, las risas congeladas en el tiempo y Rafa mirándola a ella.
—¿Y luego?
—Pues todos empezaron a quedarse dormidos.
La voz de Leire se volvió un susurro.
—¿Y vosotros?
—El lago por la noche era precioso. Se escuchaban los grillos y el agua apenas se movía. Hacía calor todavía, pero corría un poco de aire. Y recuerdo que tu padre me agarró de la mano y me llevó hasta el embarcadero pequeño.
—Ahí viene lo interesante —subió y bajó las cejas de manera graciosa.
—No pongas esa cara.
—¿Y qué pasó?
Leire sonrió mirando la fotografía como si pudiera entrar dentro de ella otra vez.
—Hablamos.
—Eso no me sirve. Busco más chicha.
—Pues es la verdad. Hablamos mucho aquella noche.
—¿De qué?
—De mi vida en Sevilla a partir de septiembre y del miedo. De todo eso que intentábamos ignorar durante el día porque estábamos demasiado ocupados siendo felices.
Vera guardó silencio y Leire pasó lentamente a la página siguiente.
Había una fotografía desenfocada del amanecer sobre el lago. Nada más.
—Tu padre me dijo aquella noche que las personas pierden demasiado tiempo pensando en lo que podría salir mal y demasiado poco disfrutando lo que ya tienen delante.
—¿Y?
—Nos besamos.
Vera suspiró dramáticamente.
—¿Solo?
—¡Por Dios, estás hablando con tu madre! —exageró teatralmente—. Todos salieron de las tiendas para ver el amanecer desde la sierra. Tu padre y yo amanecimos entre caricias, besos… Y sí, esa fue mi primera vez con él.
—Te perdiste las vistas de la salida del sol.
—Yo tenía allí al sol de mi vida.
—Es bonita tu comparación de los amores. Uno fue el chico estrella y papá…
—Tu padre es el sol que ilumina y da calor a mis días.