Veintisiete
Rafa la observó un instante y se inclinó hacia ella para colocarle tras la oreja, con delicadeza, uno de los mechones rebeldes que se le escapaban del recogido.
Las bombillas de colores colgadas sobre la terraza se reflejaban en sus ojos oscuros mientras intentaba asimilar que toda aquella gente estaba allí por él.
Por su cumpleaños. Porque alguien había pensado que merecía una noche especial.
Y, de entre todos, la mirada terminaba regresando una y otra vez a Leire.
—Así que por eso no me llamaste para felicitarme ni apareciste por el taller —murmuró al final, con una media sonrisa incrédula.
Leire se encogió de hombros, jugueteando nerviosa con la correa del bolso que llevaba cruzado a un lado.
—Había que mantener el secreto.
—Y tú eres malísima mintiendo.
—Por eso no quise hablar contigo ni verte antes —su sonrisa se amplió, arrastrando con ella a la de Rafa.
—Gracias —la palabra se deslizó por sus labios, ligera.
—¿No comes nada? Mi abuela y yo hemos estado un buen rato esta mañana preparando los montaditos de lomo, que sé que te chiflan.
Rafa asintió con la cabeza, sorprendiéndose todavía más con cada palabra que escuchaba.
No solo por la fiesta. También por ella.
Porque, hasta hacía apenas unas semanas, Leire le había parecido una chica reservada, demasiado metida en su cabeza, alguien que analizaba tanto las cosas que terminaba dejando pasar la mitad de ellas.
Y, sin embargo, allí estaba ahora, organizándole una sorpresa, mintiéndole durante días y aguantándole la mirada como si fuera lo más natural del mundo.
—No me lo esperaba, de verdad —admitió.
—Esa era la idea.
Hubo un instante breve en el que ambos callaron. La música sonaba de fondo y únicamente parecía existir la dimensión azul y negra que se creaba cuando sus ojos colisionaban.
Saliendo de su ensoñación, Leire metió la mano en el bolso y sacó un sobre pequeño, cuidadosamente doblado.
—Toma.
Rafa lo cogió despacio, observándolo, intrigado, antes de abrirlo.
—¿Qué es?
—Ábrelo. Compramos las cosas entre todos, cada uno preparó una parte de la comida —señaló a la mesa y a los demás—, pero este…—hizo hincapié en el sobre— es mi regalo para ti.
Él sacó la entrada y vio que era para el festival del sábado. El mismo del que le había hablado cuando la llevó a su casa la noche de la fiesta en el lago. Ese al que llevaba años queriendo ir.
—¿Qué es esto? —cabeceó, con el papel entre los dedos.
Leire notó cómo empezaban a arderle las mejillas bajo aquella mirada fija.
—Me acordé de que dijiste que te hacía ilusión ir y pensé que podía ser este año.
—Leire.
Ella se atropelló un poco al hablar, nerviosa.
—Y bueno… yo también tengo otra —gesticuló, intentando quitarle importancia—. Así que me encantaría ir contigo.
Rafa bajó otra vez la vista hacia la entrada. La sorpresa inicial se transformó en algo mucho más cercano al total desconcierto.
—Has acertado totalmente —expresó al fin, en voz baja.
Aquella frase le revolvió algo por dentro a Leire. Un cosquilleo cálido y absurdo que empezó en el estómago y se le extendió por el cuerpo, haciendo que en su boca se dibujara una sonrisa boba.
—No exageremos. Tampoco es para tanto.
Rafa volvió a mirarla de nuevo.
—Es para mucho.
Y la forma en que lo dijo la obligó a mirar a otro lado, porque había demasiada intensidad en sus palabras y en sus ojos como para enfrentarse a ellos de frente.
Por suerte, Claudia apareció en ese momento para empujar suavemente a Rafa por el hombro.
—Venga, que te estamos esperando para empezar a comer. Aunque veo que tú ya te la estás comiendo a ella con la mirada —bromeó.
—Sí, vamos. Salí de casa con hambre y al llegar aquí se me abrió más el apetito —miró de reojo a Leire, que cogía una bolsa de patatas El Gallo que Ana le ofrecía para que intentase abrirla.
La noche empezó a fluir con ese buen rollito que tienen algunas noches de verano. Entre canciones cantadas a todo grito, vasos de plástico llenos hasta arriba y platos de tortilla, empanada y montaditos que desaparecían de la mesa a una velocidad de vértigo.
Nerea y María aparecieron algo más tarde.
La tensión inicial de Leire terminó disipándose poco a poco.
Al final acabaron todos separándose entre la terraza y el césped de la piscina, bailando canciones de Héroes del Silencio, Extremoduro y algún tema italiano hortera que Claudia insistía en cantar a pleno pulmón.
Y durante toda la noche, Rafa no dejó de mirar a Leire.
Ana lo descubrió enseguida, claro. Y es que ella siempre estaba al loro de todo, así que se acercó a él mientras cogía otra bebida de la mesa y le dio una colleja suave.
—Te tiene jodido, ¿eh?
—Cállate.
—Uy, uy.
—Ana.
—Vale, vale… —levantó las manos fingiendo inocencia, aunque seguía sonriendo con maldad.
Más tarde, cuando el ambiente ya estaba completamente relajado y algunos se movían al son de la música, abrazados en pequeños grupos, María tropezó al girarse demasiado rápido con el vaso de cerveza en la mano, derramándolo sobre la camiseta blanca de Leire.
—¡Mierda! —exclamó ella apartándose.
—Ay, perdón, perdón. Ha sido sin querer —se disculpó María, que no era buena fingiendo.
Leire intentó restarle importancia, cogiendo de la mesa algunas servilletas con las que secarse.
—No pasa nada. Ahora voy al vestuario y la enjuago un poco.
Pero Rafa, que ya había visto lo que ocurría y no estaba dispuesto a dejarlo pasar, se acercó enseguida.
—¿Estás bien?
—Sí, tranquilo.
Él se percató de que el bajo de su camiseta estaba mojado y se le pegaba al cuerpo. Con gesto serio, se volvió a buscar a la causante.
—De verdad, María, ¿tenías que venir aquí a liarla?
—Ha sido sin querer.
—Ya.
—Rafa, de verdad, da igual —Leire quiso poner paz, sin embargo, él seguía molesto.
—Pues a mí no me hace gracia.
María rodó los ojos.
—Madre mía…
—Será mejor que te vayas. Hoy soy yo el protagonista, no necesito que aparezcas por aquí para intentar atraer la atención de todo el mundo —enarcó la ceja, burlón.
—¿Me estás echando? —los ojos de María se abrieron como platos. No podía creerse lo que estaba oyendo.
—Te estoy diciendo que hoy no tengo ganas de aguantar tonterías. Que te pires a tu casa y dejes de comportarte como una niñata.
Nerea intervino antes de que aquello explotara.
—Vale, ya está. Nos vamos, que hemos quedado —se despidió, con cara de circunstancias, llevándose a María casi a la fuerza.
—No hacía falta ponerse así —comentó Leire cuando lo vio más calmado.
—Sí hacía falta.
Ella negó con la cabeza mientras intentaba escurrirse un poco la camiseta.
—Solo ha sido cerveza.
—No me gusta cómo te mira.
Leire levantó la vista, sorprendida.
—¿Qué?
Él pareció darse cuenta demasiado tarde de lo que acababa de decir.
—Nada.
Pero ella calló, intentando entender antes algo que empezaba a intuir y que, aun así, le costaba creer.
Leire terminó alejándose hacia el vestuario para limpiarse un poco la camiseta con agua.
Después, sentada en el borde de la piscina, se quitó las sandalias y dejó caer los pies en el agua fresca.
Ese contacto la alivió de inmediato, ya que estaba agotada del trajín del día, y le arrancó un suspiro de alivio.
Esa soledad elegida solo le duró un par de canciones, porque Rafa, al verla allí, se acercó para sentarse a su lado tras quitarse las chanclas y remangarse los bajos de los vaqueros.
Durante un rato ninguno dijo nada. Solo se escuchaba el leve movimiento del agua y la música de fondo poniéndole banda sonora a la noche cálida de agosto.
Él metió también los pies en la piscina, y fue acercando con disimulo el izquierdo hasta rozar el de Leire con el dedo.
—Lo siento.
Ella se volvió hacia él al no entender por qué se estaba disculpando.
—¿Por qué?
—Por ponerme borde antes.
Ella se encogió de hombros, pensando en qué debería responder.
—Te has pasado un poco con ella.
—Ya.
—María puede ser pesada, pero no creo que quisiera fastidiarte el cumpleaños.
—De eso estoy seguro. Buscaba joderte a ti.
—¿A mí?
Rafa apoyó los brazos hacia atrás sobre el suelo húmedo.
—¿Todavía te gusta Pablo? —Leire frunció el ceño, sin saber a santo de qué venía aquello.
—¿Qué?
—Lo que te pregunté.
—¿Por qué sacas ese tema ahora?
—Me gusta saber qué terreno piso.
Las luces de la terraza se reflejaban sobre el agua en pequeños destellos temblorosos y el pie de Rafa seguía acariciando el suyo bajo el agua.
—¿Qué pretendes que te diga? —se mostró un tanto a la defensiva, echando su cuerpo hacia atrás.
—Sé lo que pasó la noche que te acompañé desde el lago.
—¿Y?
Él apretó un poco la mandíbula antes de responder.
—Que estabas totalmente colgada de él.
Los labios de Leire se separaron con intención de que fluyeran las palabras, y entonces, antes de hablar nada, entendió muchas cosas de golpe.
—Rafa…
—Y no quiero ser el sustituto de nadie.
Esas palabras fueron un disparo directo al pecho. Por primera vez en su vida, Rafa le mostraba su parte vulnerable, y ella se moría por abrazarlo.
—No eres el sustituto de nadie.
Él rio, incrédulo, pasándose la mano por el pelo.
—Claro.
—Te lo digo en serio.
—Entonces dime qué sientes por él.
Leire cogió aire y alzó la vista al cielo, pensativa.
—No lo sé —admitió al final—. Supongo que durante mucho tiempo me gustó la idea de él.
—¿Y ahora?
—Ahora las cosas son distintas —se reconoció también para sí misma—. ¿Quieres que vayamos juntos al concierto? —preguntó en voz baja.
—Claro que quiero ir contigo.
Leire bajó la vista hacia las tenues ondas azules, y él le acarició con suavidad la mejilla.
—Entonces todo bien —necesitaba la tranquilidad de saber que entre ellos no quedaba ni rastro de dudas.
—No del todo.
—¿Por qué? —no se atrevía a girarse y a encontrarlo.
Rafa se acercó un poco más hasta casi pegar su cara a la de ella.
—Porque la entrada es un regalo genial —Leire esperó a que él terminara la frase—, pero yo habría preferido otro más simple y muchísimo más grande.
—¿Cuál? —balbuceó, expectante.
—Quiero besarte.
El corazón se le disparó igual que a él se le cortó un poco la respiración.
Leire se mordió el labio, y él dejó escapar un sonido bastante cercano a un gruñido al distinguir en la boca de ella un atisbo de sonrisa canalla por lo que estaba a punto de hacer.
Ella no se detuvo a sopesar nada porque también deseaba que sucediera lo que vino a continuación.
Sí, fue Leire, la chica tímida y soñadora, quien lo agarró suave de la camiseta y acortó la distancia, como si le molestara que el aire pasara entre ellos.
Ya estaba bien con eso de soñar, había llegado el momento de bajar a la tierra a por lo que una deseaba.
Rafa bajó la cabeza haciendo que las puntas de sus narices se tocaran.
—Si no me besas ahora, me muero —susurró. El tono ronco de su voz logró erizar la piel de Leire.
—Lo tuyo es meterme presión, ¿eh? —rio. Y su risa guardó silencio en el momento en el que sus bocas se unieron.
El beso fue lento, dulce, pero intenso. Como si ambos estuvieran descubriendo algo que llevaba tiempo creciendo entre ellos sin que hubieran sido conscientes hasta ese preciso instante.
Leire sintió la maravillosa sensación de las cosquillas producidas por el aleteo de las mariposas en todo, todo su cuerpo, y las manos de Rafa se deslizaron hasta su cintura con cuidado, casi como si temiera romperla.
Ella volvió a besarlo. Más segura esta vez, buscando más profundidad.
Ahí fue cuando entendió la diferencia entre enamorarse del fulgor de una estrella lejana y arder en el fuego de un amor real y correspondido.
Uno era el que te encendía la inspiración y los anhelos, y el otro el que te dejaba con ganas de más y te hacía brillar a ti al incendiarte por dentro.