Veintiséis
Ya era tarde cuando Rafa salió del taller y se fue directo a su casa a refrescarse.
El calor del día emanaba a chorros desde el asfalto y el cielo ya se había teñido de aquel azul oscuro de agosto en el que las estrellas parecían estar más bajas y cercanas.
Estaba cansado. Había pasado prácticamente todo el día ayudando a uno de los socios de la cooperativa agrícola con un tractor que se empeñaba en pararse cada media hora, y lo único que le apetecía era darse una ducha y tirarse en la cama con el ventilador apuntándole directamente a la cara.
Se duchó, se puso unos vaqueros viejos y una sencilla camiseta gris de manga corta y fue a la cocina a prepararse un bocadillo.
Pero Ana apareció frente a él antes de que pudiera abrir la puerta del frigorífico siquiera.
—¿Me llevas a la piscina?
—¿Ahora? —preguntó contrariado.
—Sí, ahora.
—Ana, son más de las nueve, estarán cerrando.
—¿Y?
—Algo quieres —soltó con cierto tono de sospecha.
—Quiero ir a la piscina, sin más.
—Claro, seguro.
Ana sonrió de esa forma encantadoramente inocente que ponía cuando tramaba algo.
—Va, te digo la verdad. Es que estuve allí esta mañana y me dejé la toalla. Salí con ella hacia los vestuarios, me duché, me cambié y no sé en qué momento la dejé fuera del bolso, pero… —gesticulaba, con exagerados aspavientos que Rafa intentaba seguir con la mirada.
—Estoy reventado, tía —resopló, con el cuerpo blando.
—Solo será un minutín. Porfa, hermanito, cerrarán antes de que haya llegado.
Con tal de que se callase y lo dejara tranquilo, fue hasta el pasillo arrastrando los pies en sus chanclas negras, agarró las llaves del coche de su padre, que estaban en la casita que tenían colgada en la pared de la entrada, y salió, llevando a Ana detrás con una sonrisa triunfal.
—Conste que tengo hambre y voy a llevarte. Me debes una.
Ana ocupó el asiento del copiloto, cuyo calor acumulado a lo largo del día sintió como una llama directa en el trasero a través del tejido de su fino vestido negro de tirantes.
—Ya veremos qué me dices luego.
—¿Después de qué? —arrancó, mirándola de reojo.
—Calla y conduce, que cierran y me quedo sin el bote de crema.
—¿No era una toalla? —se volvió hacia ella, contrariado.
—Y yo pensando que no me escuchas cuando te hablo —rio, y su hermano negó con la cabeza.
—Son pocas las veces, si te soy sincero, pero algunas sí lo hago.
—Por cierto… ¡Feliz cumpleaños! —exclamó radiante.
—Gracias por acordarte casi al final del día.
—¡Uy, qué dramático! La abuela de Leire te diría algo así como que más vale tarde que nunca .
Aquello no lo consoló en absoluto, ya que había pasado el día de su cumpleaños en un estado de mosqueo constante.
Esa mañana, su madre le había dado un beso rápido antes de irse a trabajar. Su padre le soltó un «felicidades, chaval» mientras desayunaban. Algunos compañeros del módulo lo habían llamado para quedar al día siguiente a tomar unas cervezas. Y ya.
Ni una llamada especial o un detalle bonito. Ni Leire. Y eso último era lo que más le estaba tocando las narices. No porque esperara gran cosa. Bueno, quizá sí. Tal vez una felicitación distinta. Un rato con ella. Algo, pero no ese nada que era lo que recibió durante todas aquellas horas.
Habían pasado tantos días viéndose prácticamente a diario que el silencio repentino en su día especial le pareció amargo. Amargo y de lo más extraño.
Aparcó frente a la piscina municipal y apuró a su hermana para que saliera.
—Espabila, que te cierran.
Ana se negó a bajar, volvió el cuerpo hacia él y trató de sonar convincente.
—No voy a ir sola a estas horas. A saber quién está ahí.
—Te has propuesto darme el día, ¿verdad? —refunfuñó.
—Vamos, enróllate un poco y cuida de tu hermana, que para eso eres el mayor. Entramos, busco lo que me dejé y nos vamos enseguida —puso el dedo pulgar sobre el lateral del índice haciendo una cruz, que se llevó a los labios—. Te lo prometo.
Rafa entrecerró los ojos.
—Ana… —abrió la puerta al verse atrapado por la mirada de corderito que empleaba siempre su hermana para conseguir de él lo que se proponía—. Venga, rápido.
La música les llegó cuando se acercaron a la entrada. Una de sus canciones favoritas de rock sonaba desde los altavoces del bar de la piscina y Ana tiró de él para cruzar el pasillo y salir a la zona de la terraza.
Rafa se quedó mirando los globos y la mesa larga llena de platos de comida, claramente descolocado.
—¿Se pu… puede saber qué es esto? —tartamudeó, asimilando que esa movida iba por él.
—Me dijiste que tenías hambre, así que te traje a comer —bromeó ella, dejándolo allí de pie para unirse a todos los que esperaban abajo.
Él no sabía cómo reaccionar al ver a tanta gente allí junta. Incluso estaban algunos de sus antiguos compañeros del primer módulo. Y, justo en el centro del grupo, se encontraba Leire.
—¡SORPRESA! —gritaron al unísono.
—¿De qué coño va esto? —murmuró.
—¡De tu cumpleaños, Rafa! —exclamó Claudia, apareciendo detrás de él con una maceta de calimocho en la mano que le ofreció con una sonrisa.
Él le dio un trago a la bebida fresca y comenzó a bajar para unirse a todos en el césped.
—¿Lo habéis preparado vosotras? —quiso saber, aún desconcertado.
—En realidad, casi todo ha sido cosa de tu hermana y de Leire. Mi madre ha hecho la empanada, eso sí —la risa de Claudia lo hizo sonreír—. Por lo demás, tú sabes que yo me apunto a un bombardeo.
—Ya, ya…
Rafa buscó a Leire y pasó saludando a algunos hasta acercarse a ella.
No pudo evitar mirarla de arriba abajo, y no es que llevara puesto algo que llamara especialmente la atención. Unos pantalones cortos vaqueros, una camiseta blanca sencilla y el pelo recogido en una coleta alta de la que escapaban algunos mechones ondulados alrededor del rostro.
—Feliz cumpleaños —susurró ella finalmente cuando lo tuvo delante.