Veinticinco
Leire dejó el cuchillo sobre la encimera y se detuvo un segundo a valorar si aquellos cuadraditos de calabacín y pimiento verde eran suficientes para la tortilla que tenía en mente preparar, exactamente la que su abuela le preparaba a ella.
Suspiró y cogió la tabla de acero inoxidable en la que se amontonaban para verterlos en la sartén, donde la cebolla ya comenzaba a dorarse lentamente con el aceite de oliva bien caliente.
Siempre olía bien cuando Leire cocinaba, lo mismo que el piso de sus padres cuando su abuela y su madre lo hacían.
Y eso que los tiempos habían cambiado mucho.
Sin embargo, Leire consideraba que la diferencia real no estaba en el uso del puchero o la olla rápida, sino en el cariño que se le ponía a lo que se hacía, y en eso sí que ella no escatimaba y añadía de sobra.
Vera seguía sentada en el taburete frente a la encimera, observándola con la misma atención con la que, de pequeña, veía que su padre le ponía a sus trabajos, daba igual la pieza que tuviera entre las manos.
—Así queeee —alargó la palabra—, ¿le regalaste las entradas al final o no?
Leire sonrió para sí misma mientras removía las verduras con la cuchara de madera.
—Claro que sí. El chico se las merecía. Tenía más paciencia que un santo conmigo. Mi abuela siempre decía que es de bien nacidos ser agradecidos , así que era lo mínimo que podía hacer por él después de las horas que le dedicó a que yo llevara sola la Vespa.
—Abuela Fernanda era la mejor persona del mundo.
—La echo muchísimo de menos —los ojos celestes de Leire se aguaron por la emoción—. Tenía una manera de abrazarme que aún la siento aunque ella no esté. —Se pasó la mano por el hombro, y Vera se levantó para acercarse a ella y darle ese abrazo que sentía que necesitaba.
—¿Crees que le gustaría Alejandro para mí? —se refirió al que al día siguiente se convertiría en su esposo.
—Seguro que sí. Es un chico apañao , listo y te quiere. Creo que esas serían sus palabras. —Vera rio feliz al escuchar las palabras de su abuela en boca de su madre.
—Me encanta cómo hablas de ella. Se fue cuando yo era muy pequeña y no la recuerdo, pero siento que la conozco a través de ti.
Leire acarició la mejilla de su hija, que fue a sentarse de nuevo, y bajó un momento la vista hacia la sartén. Todavía, tantos años después, seguía experimentando ese achuchón cálido y triste en el corazón cada vez que pensaba en su abuela.
— Es que marcó una etapa enorme de mi vida. Siempre me repetía que yo era capaz de lograr cualquier cosa que me propusiera, y me lo decía con tanto ahínco que me contagiaba su fe —cabeceó, a la vez que le daba otra vuelta con la cuchara a las verduras.
—Papá es un poco así también.
Leire se dio la vuelta, con expresión nostálgica.
—Tu padre no hace sentir capaz a la gente. Tu padre directamente asume que puedes hacerlo, aunque ni tú misma lo sepas. Él te dice: «adelante», y no hay más que hablar, ahí vamos.
—¡Lo has clavado! Eso es muy propio de él.
—¿Verdad que sí?
Vera sonrió.
—Entonces… ¿diste clases de verdad?
—Sí. Y bastante rápido, además. Todo salió genial. Ese verano tuve por horas a cinco niños del pueblo.
Leire abrió el frigorífico y sacó los ingredientes para hacer unos buenos cuencos de salmorejo.
—Vaaaya… —comentó sorprendida.
—Al día siguiente de hablar con mi abuela, hice carteles a mano. Supercuquis , por cierto. Mi horóscopo del Nuevo Vale me decía que iba a ser una semana de emprendimientos, y oye, acertó —comenzó a trocear los tomates y a cortar el pan.
—Hoy los sacarías en un segundo con el ordenador.
—Eran artesanales. Los hice con rotuladores de colores y letras chulas, a pesar de que me puse nerviosa cuando empecé a escribir.
—¿Cómo te vendiste? —bromeó.
—Puse algo así como: «Se ofrece chica responsable, paciente y de buen trato para dar clases particulares».
Vera soltó una carcajada.
—Suena muy moderno —ironizó—. Pero eso de «paciente» creo que es publicidad engañosa.
—Lo era así hasta que llegó tu etapa adolescente —afirmó, seria.
—¡No está bien recordar etapas random en la vida de una hija! —puso los ojos en blanco—. Reconoce que te desesperas demasiado pronto. En cuanto te decía que no encontraba algo…
—Porque eres hija de tu padre y dejabas las cosas en cualquier sitio.
—Eso es verdad, todavía lo hago —rio con ganas.
Leire negó con la cabeza mientras enchufaba la batidora para triturar lo que había ido poniendo en el vaso.
—La cuestión —continuó antes de darle al interruptor— es que puse carteles en la panadería, en la tienda de Ana, en la farmacia y en el bar de la plaza. Y todo comenzó a rodar un par de días más tarde.
—¿Tan rápido?
—En los pueblos todo va así. Y más cuando la gente está aburrida en verano. A las dos mañanas ya había madres preguntando por mí.
—Qué fuerte.
—La primera fue la madre de un niño que había suspendido matemáticas. Luego vino otra señora porque su hija tenía que recuperar Naturales, e incluso una para dar Lengua a su hijo.
—Pero tú eras de ciencias.
—Sí, pero podía ayudar prácticamente con todo a los de EGB.
—Claro.
Leire bajó el fuego y apoyó ambas manos en la encimera.
—La verdad es que me chifló la experiencia.
—¿Dar clases?
—Sí. Me hacía ilusión sentir que estaba empezando algo mío. Era una tontería, pero me hacía sentir mayor.
Vera la observó en silencio unos segundos.
—Y por eso te convertiste en informática y trabajas en el departamento de una gran empresa, porque te encantaban los niños, ¿no? —Vera cabeceó, entusiasmada por la batallita dialéctica que mantenía con su madre.
—Para ser maestra hay que tener vocación. Era algo que me gustó probar, pero no lo veía como un posible trabajo para siempre. —Puso en funcionamiento la batidora y se calló un par de minutos para no andar alzando la voz.
—Creo que ese verano te hiciste mayor —comentó Vera, y Leire asintió, sacando de uno de los armarios superiores una jarra de cristal donde verter la mezcla.
—Puede ser.
—¿Pudiste devolverle el dinero?
—El primer mes.
—¿En serio?
—Enterito.
—Abuela Fernanda fliparía contigo.
—Mi abu flipaba con cualquier cosa que hiciera. Una vez saqué buena nota en química y estuvo una semana diciéndole a las vecinas que yo iba a descubrir una vacuna.
Vera rompió a reír.
—Cuando cobré las horas, fui directa a su habitación.
—¿Y qué hizo?
—Intentó no aceptarlo.
—Normal.
—Pero yo me puse cabezota. Y tu bisabuela tenía un problema de los gordos.
—¿Cuál?
—Que conmigo no podía ganar discusiones cuando yo ya había tomado una decisión.
—Lo heredaste de tu madre.
Leire la señaló con la cuchara de madera.
—Y tú de mí.
Vera sonrió orgullosa.
—¿Y qué pasó después?
—Pues que, mientras tanto, Ana y yo empezamos a organizar la fiesta sorpresa de Rafa.
—Vale, esto me interesa muchísimo. —Los ojos de Vera brillaron expectantes.
—Ya me lo imagino.
—¿Él sospechaba algo?
—Nada de nada. Bueno… quizá un poco, porque Ana era incapaz de comportarse normal cuando ocultaba algo.
—Eso también sigue pasándole.
—Tu tía Ana es transparente. En eso se parece bastante a la tía Claudia.
Vera soltó una carcajada mientras Leire comenzaba a preparar la mesa.
—¿Y cómo fue la organización?
—Animada… Por no decir caótica.
—Lo disfrutaríais un montón.
—Cada uno llevamos comida hecha de casa. Había de todo allí, parecía una boda.
Leire dejó los cubiertos sobre la mesa del comedor y continuó hablando mientras iba y venía entre la cocina y el salón.
—Deja que te eche una mano. —Se levantó, o al menos hizo el intento, porque Leire la mandó a callar con un gesto de su índice en los labios y un «siéntate, que es tu última noche de soltera».
—Queríamos hacer algo especial porque él nunca celebraba su cumpleaños a lo grande. Decía que no tenía sentido.
—Un tipo serio.
—Pero Ana insistió un montón. Y Claudia y Lourdes se implicaron también para que todo estuviera perfecto.
—¿Y Pablo?
Leire se detuvo con los vasos en las manos al escuchar su nombre.
—Te conté que no estaba.
—¿Y seguías pensando en él?
—Cada vez menos —dejó los vasos en la mesa y se aproximó a su hija. Vera no dijo nada—. Supongo que, durante mucho tiempo, yo confundí imaginar algo con sentirlo de verdad.
—¡Guau! Ha sonado a frase de película.
—Porque lo es.
La chica ladeó la cabeza.
—¿Y con Rafa no imaginabas cosas?
Leire sonrió de lado.
—Con él no hacía falta imaginar nada. Todo estaba pasando delante de mí constantemente. Vivía cada momento de forma tan intensa que a veces me dejaba sin aliento.
Los labios de Vera se curvaron en una sonrisa soñadora.
—Jo.
—¿Qué?
—Es bonito escucharte hablar así de él.
Leire apartó la mirada unos segundos, removiendo otra vez la comida aunque no hacía falta, porque la verdura estaba pochada. La sacó al escurridor y puso a freír las patatas.
—Hay quereres fáciles.
—Y desesperantes también, ¿no?
Ella afirmó con un movimiento de la cabeza.
—Pues sí.
—Menos mal.
—¿Por?
—Porque si no me pareceríais perfectos y me daríais rabia.
Leire cabeceó divertida.
—Discutimos bastante aquel verano.
—Lo mejor de eso son las reconciliaciones —soltó pícara, Vera.
—También —concedió.
—Esas cosas dan vidilla a las relaciones.
Leire levantó la vista hacia ella.
—Mucha vidilla.
Aquella respuesta salió demasiado rápida como para fingir indiferencia. Vera sonrió con ternura.
—Entonces… ¿qué hicisteis para la fiesta?
—Pues reservamos el bar de la piscina.
—Qué romántico todo.
—¿Qué tiene eso de romántico? —se apostó al otro lado de la isla frente a su hija.
—Mamá, por favor.
Leire intentó ocultar una sonrisa.
—Bueno… quizá un poco sí.
—Ajá.
—La cuestión es que empezamos a moverlo todo sin que él se enterara. Claudia quería poner globos en todas partes.
—Puffff. Por no inflarlos…
—Nerea quería alcohol.
—Más lógico.
—Ana quería música rock toda la noche.
—También lógico.
—Y yo solo quería que Rafa viera que nos importaba.
—Suena triste y bonito a la vez.
Leire frunció ligeramente el ceño.
—¿Por qué triste?
—Porque da la sensación de que no estaba acostumbrado a eso.
Ella tardó unos segundos en responder.
—Creo que no lo estaba. No se daba cuenta de lo bueno que hacía por los demás. Solo era él todo el rato, pero es que ese «él todo el rato», a algunos nos hacía más bonita la vida. Bueno —intentó aligerar el tono—, que ahora viene la mejor parte.
—Estoy deseando que llegues a ella.
—El caso es que pasamos varios días preparando cosas. Yo aprovechaba las mañanas con las clases y por las tardes quedaba con ellos.
—¿Y Rafa no sospechaba cuando le decías que no irías a practicar?
—El caso es que le dije a mi padre que le diera más trabajo esos días. Yo iba con las chicas a organizar, llegaba a casa, me duchaba y me iba por la noche con él a perfeccionar lo que ya había aprendido.
—¡Chica lista!
—Rafa estaba convencido de que controlaba todo lo que ocurría a su alrededor.
—Y resulta que no.
—Exacto.
—¡Eso me encanta! ¿Ahí te enamoraste?
—El amor no siempre es soñar con rozar imposibles. A veces simplemente empiezas a estar bien con alguien. Muy bien. Y un día te das cuenta de que esa persona ya forma parte de todos tus pensamientos.