Veinticuatro
Nada más llegar a casa, Leire saludó a su abuela, que estaba sentada en el sofá, hilvanando el bajo de un pantalón para luego coserlo a máquina, y le preguntó por su madre.
Aprovechó que ella había bajado a comprar algunas cosas en la tienda para encerrarse en la cocina y llamar desde allí para comenzar a mover lo del regalo.
Esperó. Un tono. Dos. Otro más, al tiempo que movía la pierna con impaciencia.
—Dígame.
Leire le echó un vistazo rápido a la puerta entrecerrada.
—Hola, buenas tardes… llamaba para preguntar por… por las entradas del festival de rock.
Alguien pareció pasar papeles de una lista al otro lado.
—¿Para qué día?
—Para —tragó saliva— el sábado principal.
—Son tres mil pesetas cada una.
Leire repitió en voz baja, casi para sí misma:
—Tres mil pesetas. —Realizó una mueca de fastidio.
—Eso es. ¿Cuántas quiere?
Leire dudó, poniendo los ojos en blanco. El recuerdo de cómo se le había iluminado la cara a Rafa el día que le habló de ese festival invadió su mente.
—Una —respondió finalmente.
—De acuerdo. Puede recogerla en taquilla anticipada o comprarla en los locales colaboradores. ¿De dónde llama?
—Vale, gracias. Sé dónde las venden; ya la cogeré allí.
Colgó despacio y se sentó en la silla, con el teléfono aún en la mano.
—Tres mil pelas. Solo a mí se me ocurre… —resopló. No tenía ese dinero. Ni de lejos—. Genial, Leire. Gran idea. La próxima vez asegúrate de tener la pasta antes de abrir la boca —se reprochó a sí misma en un susurro.
—¿Qué ocurre? —escuchó desde la puerta, y se incorporó de golpe.
Su abuela estaba apoyada en el marco, contemplándola con esa expresión de tierna curiosidad que siempre la desarmaba.
—Nada… —respondió, demasiado rápido.
—Ajá. Eso me dices tú, pero tu cara no me cuenta lo mismo.
Fernanda entró despacio y se sentó en la otra silla que había junto a la mesa.
—Todo guay.
—Te he oído hablar sola. Eso nunca es buena señal. Si lo hiciera yo, el médico me recetaría otro puñado de pastillas.
Leire sonrió, dándose por vencida.
—Es que quería hacerle un regalo a Rafa.
—¿Y eso?
Leire bajó la mirada un tanto avergonzada.
—Es que será pronto su cumpleaños.
—¿Y qué pasa?
—Que es bastante caro. No me esperaba que tanto.
—¿Cuánto?
Leire dudó un segundo antes de decirlo.
—Tres mil pesetas.
Su abuela no se inmutó.
—¿Y?
Leire levantó la vista, sorprendida.
—¿Y? Que no tengo ese dinero.
—Pero yo sí.
Leire se apresuró a negar con la cabeza.
—No, abuela…
—Es un buen chico —la interrumpió—. Se le ve. No quiso cobrarle a tu padre el arreglo de la moto, que lo hizo en su tiempo libre, y ahora se pasa las tardes contigo para arriba y para abajo.
—Pero me he dado cuenta de que esto es imposible. Buscaré otra cosa que yo sí pueda comprar con lo que tengo en la hucha.
—No pasa nada. Tú querías tener ese detalle.
Leire jugueteó con una manzana amarilla del frutero.
—Sí.
—Pues ya está. Yo te lo daré. Eso sí, serán seis mil, para que vayas con él. No podemos dejar que vaya solo —guiñó el ojo con picardía.
—No —insistió ella—. Si me lo das… te lo devuelvo.
Fernanda sonrió, cabeceando ante la terquedad de su nieta.
—Como quieras.
Leire permaneció unos segundos absorta y, de repente, una idea hizo clic en su cabeza.
—Puedo… —empezó, cogiendo la manzana para ir a lavarla bajo el grifo—, puedo dar clases.
—¿Clases?
—Sí. A niños. Por las mañanas. Refuerzo, deberes o lo que sea. Se me dan bien las mates y ciencia, y así recupero lo de las entradas.
Su abuela alzó las cejas.
—Mira tú. Me parece estupendo.
—Además, los días son eternos en esta época del año. No quiero pasarme el verano obsesionándome con lo que llegará en septiembre.
Fernanda soltó una pequeña carcajada.
—Eso sí que sería un milagro, que tú no pensaras.
Leire le dio un pequeño golpe en el brazo mientras mordía la manzana, dulce y crujiente.
—Oye, no te metas conmigo —puso vocecita de niña ofendida.
—Mola mucho tu idea, como decís vosotros —bromeó, ante lo que Leire asintió, cada vez más convencida.
—Puedo hacer carteles y ponerlos en la tienda, en la panadería…
—Claro que sí.
—De lunes a viernes me dedicaré a hacer eso por las mañanas.
—Y cobrarás bien —añadió su abuela.
—Tampoco me voy a hacer rica. No vayas a pensar que me haré millonaria con esto.
—Nunca se sabe.
—Entonces… —expresó Leire—, ¿trato hecho?
Fernanda se levantó despacio y se colocó bien el vestido.
—Trato hecho.
—Guay.
Y, de pronto, la abuela se llevó una mano al pecho, exagerando.
—Ay, hija. Voy a tener que ir al baño ahora mismo, antes de hacer otra cosa.
—¿Qué?
—Debo echarme agua de rosas. Aunque creo que hoy tendré que bañarme con ella.
—¿Agua de rosas? —no entendía a qué venía aquello de buenas a primeras.
—Claro —respondió, caminando hacia la puerta—.
Porque, cuando la vecina se entere de que mi nieta va a ser maestra este verano, me va a envidiar más que nunca y voy a necesitar protección extra contra las malas energías.
Creo que es hora de pedir refuerzos, así que también meteré bajo la almohada la Cruz de Caravaca.
Leire rompió a reír.
—Eres increíble.
Fernanda se giró un segundo antes de salir.
—Y tú también, niña. —Y la puerta se cerró suavemente tras ella.
Leire saboreó con tranquilidad la manzana, con una sonrisa de satisfacción, porque, por primera vez en mucho tiempo, no se quedaba repensando, sino que estaba actuando y las cosas salían. Era una gran sensación.