Veintitrés
—Así que te enamoraste de Rafa. —Leire apartó la vista de uno de los cuadros que decoraban el cuarto de su hija y la miró directamente a los ojos.
—¿Quién no se hubiera enamorado de un chico como él? Atento, decidido, dulce…
—Reconoce también que su labia te ponía las pilas —alzó la voz, y Leire le indicó con el dedo que guardara silencio.
—Si pretendes sacarme los colores, no sigo con esta historia —se levantó, sin decir nada más, y salió hacia la cocina, abierta al salón, espaciosa y decorada en tonos claros.
Vera fue detrás y se sentó en uno de los taburetes, apoyando la cabeza entre las manos, al tener los codos doblados sobre la encimera.
—Vamos, no seas así. No puedes dejarme ahora sin saber qué fue de ese amor.
—En septiembre me mudé a Sevilla con Claudia y Lourdes, y lo demás ya lo conoces.
—Venga, por favor. —Le hizo un puchero tierno que derribó las defensas que Leire intentaba levantar para no tocar temas demasiado íntimos con su propia hija.
Se remangó la camiseta que llevaba y miró la hora en el reloj que su marido le había regalado el año anterior por su aniversario.
—Voy a preparar la cena, que papá está al llegar.
—Pues te escucho mientras cocinas.
Leire abrió la nevera, en busca del ingrediente principal, y continuó para satisfacer la curiosidad de su hija. Ya que había comenzado, no podía dejarla así, sin saber qué sucedió.
—Volvamos a esos días, que fueron maravillosos, por cierto.
Tras varias clases, ya llevaba la Vespa con soltura. Rafa era buen profesor, y Leire, más que aprender a conducir, estaba aprendiendo que es algo vital tener a alguien en quien poder confiar.
El calor caía sin piedad sobre el pueblo aquel día de verano.
Era una sensación pegajosa que se te adhería a la piel y no se iba ni aunque estuvieras a remojo en la piscina durante horas.
Leire estaba tumbada sobre la toalla bajo uno de los grandes árboles que la protegía con la sombra de su frondosa copa, con los ojos cerrados y el sonido de las voces, las risas y los chapuzones de fondo, mientras Ana removía el agua con los pies sentada al borde.
—Hoy estás vaga. Vamos a nadar un rato —propuso, salpicándola sin mucha fuerza.
Leire abrió un ojo.
—Estoy tranquila. Déjame, y quítate del borde que vas a quemarte.
Ana se levantó y fue a acompañarla en su toalla sobre el césped.
La piscina estaba llena. Niños corriendo de un lado a otro, madres con neveras de colores y adolescentes charlando en la zona de los merenderos, ante las quejas de los mayores porque no tenían sitio para sentarse a comer.
—¿Has visto el cartel de las fiestas? —preguntó Ana de pronto.
Leire giró la cabeza hacia ella.
—¿Ya lo han puesto en la plaza? Falta aún casi un mes —comentó Leire.
—Sí. La gente anda revolucionada. Por lo visto, este año traen orquesta buena. Y dicen que habrá verbena todos los días.
—Como siempre —respondió Leire, encogiéndose de hombros.
—Pero este año vendrá la del tío ese que se tira sobre el público. Ese que dejaron caer en la verbena de Cantos Blancos.
Leire arqueó una ceja.
—Pobre hombre. Se le habrán quitado las ganas de dejarse llevar por la emoción y lanzarse esperando que la gente lo sostenga.
—Además, en estas lo pasarás mejor.
—¿Por?
Ana sonrió con malicia.
—Porque este año no vas a estar toda la noche buscando a Pablo con la vista mientras finges estar a tope en la fiesta.
Leire bufó, incorporándose un poco.
—Qué pesada eres.
—¿Vas a decirme que es mentira? Me ha comentado Santi que pasará las vacaciones en la casa que tienen sus padres en Islantilla, y luego irá directamente a Madrid. No volveremos a verlo por aquí en un tiempo.
Antes de que pudiera responderle, dos sombras se proyectaron sobre ellas.
—¿Interrumpimos? —preguntó Claudia, dejándose caer a su lado sin esperar respuesta.
—Siempre —añadió Ana, agarrando la mochila que le tendía Nerea para ponerla junto a las suyas que tenían apoyadas en el tronco del árbol.
—Pues te jodes —respondió Claudia, con su risa contagiosa.
—¿No ayudas hoy a tu madre? —Nerea se dirigió a Ana, ya que era raro que ella estuviera en la piscina por la mañana.
—Mi madre quiere venir esta tarde. Así que me encargaré de la tienda luego para que ella venga a darse un chapuzón.
—¿Es verdad lo que le decías a Leire? —se interesó Nerea, que se recogía el cabello en una coleta antes de meterse en el agua.
—¿Vas a irle con el cuento a María? —contestó Ana, sin ganas ninguna de morderse la lengua.
—Ella no ha tenido nada serio con él. No le importa su vida. Solo fue un rollo en el lago, pero no pasó de ahí —aseguró Nerea, antes de levantarse, quitarse la camisola y lanzarse a la piscina sin esperar a que alguna lo hiciera con ella.
Claudia se acomodó boca arriba, en el lugar que Leire le hizo en su toalla, y se entretuvo mirando los pedacitos de cielo que se veían entre las hojas.
—Hablando de hacer cosas… ¿tenéis plan para la feria?
—Eso estábamos comentando —dijo Ana.
—Yo este año quiero salir todos los días —añadió Nerea ya metida en el agua, desde donde seguía escuchándolas con las manos apoyadas en el borde—. Sin excepción.
—Tú quieres eso todos los años —señaló Leire.
—Y todos los años lo intento. Si me dan pasta suficiente, podré ir a todo, incluso al desayuno en la plaza.
—Tenemos que pasarlo en grande —insistió Claudia—. Es el último verano antes de que cada una se vaya a su vida. Hay que aprovecharlo.
Aquella frase se clavó en las cuatro. Leire tragó saliva.
No sabía por qué, pero cada vez que alguien lo decía, sentía algo extraño en el pecho. Como si el tiempo estuviera corriendo más deprisa de lo normal.
—Oye —recordó Ana de pronto—. Antes de las fiestas también tenemos algo.
—¿El qué? —preguntó Nerea.
Ana giró la cabeza hacia Leire, con una sonrisa que ya anunciaba algo.
—El cumpleaños de Rafa. Mi hermano no está nada seguro de querer celebrarlo. Estaba pensando en montarle alguna movida.
—Estaría bien que lo organizásemos nosotras. En plan fiesta sorpresa —dejó caer Leire, antes de volver a tumbarse junto a Claudia.
—¿Le vas a regalar algo? —preguntó Nerea, sin apartar la mirada de ella.
Leire frunció el ceño.
—¿Yo?
—Sí, tú. Te está enseñando a llevar la Vespa, además de arreglártela ¿no? —Nerea soltó aquello, influenciada por lo que María, su mejor amiga, sentía por el chico que no le correspondía.
—Bueno… sí, pero…
—Mi hermano no hace las cosas para obtener luego algo a cambio, ¿eh? —le advirtió Ana, poniéndose de pie mientras señalaba a Nerea con el dedo, ante lo que la chica se zambulló para bucear hasta el otro lado de la piscina.
—Déjala, tía. En parte tiene razón. —Leire se levantó y se acercó a su amiga.
—Esta tonta me pone de mala hostia con sus comentarios.
Todo porque se cree que tenemos algo en contra de la otra gansa, cuando es ella, que va de víctima por la vida solo porque no supera que un tío pase de su cara.
¡A ver si crecéis! —levantó la voz, para que la escuchara desde donde estaba, y Leire le tiró del brazo para calmarla, a pesar de que decía verdades como puños.
—¿Nos vamos? Se me ha ocurrido algo para regalarle —susurró—, y tengo que mirarlo cuanto antes. Anda, ayúdame. Vamos a prepararle algo bonito. Por el camino hablamos.
—No tenéis que iros porque a Nerea la haya dejado aún más tonta el calorón de hoy —espetó Claudia, aproximándose a las dos.
—Nos vemos en el parque una de estas tardes. No te preocupes —se despidió Ana, que comenzó a doblar la toalla, a la vez que Leire sacudía y doblaba también la suya.
—Todo guay contigo, Clau. En serio —la tranquilizó Leire, dándole un abrazo antes de irse.