Veintidós
Salieron hacia el taller ya con el estómago lleno; en el de Leire, además, llevaba una buena ración de inquietud producto de la incertidumbre de qué sería lo que vendría a continuación. Cuando llegaron, Rafa bajó primero e impidió que ella se quitara el casco.
—Tu Vespa te espera. La pobre ya pensaba que nunca vendrías a sacarla —bromeó, abriendo la puerta del taller.
Rafa encendió las luces de la nave y Leire se dirigió hacia el cuarto en el que su padre la tenía guardada. Allí, bajo el vano de la puerta, se detuvo un instante a admirarla. Su pintura amarilla relucía bajo la luz de la bombilla.
—Es guapa, ¿eh? —afirmó Rafa, acercándose.
—Es una pasada.
—Tranquila, que no muerde ni nada. Puedes acercarte con total confianza.
A ella se le escapó la risa nerviosa y comenzó a frotarse las manos sin saber cómo empezar lo que fuera que iban a hacer.
—No sé yo…
—Siento romper el hechizo, pero debemos sacarla.
Rafa empujó la moto hasta la puerta y la dejó en el exterior, donde las estrellas, allí a las afueras, se veían más impresionantes. Cerró el taller detrás de ellos y la dejó apoyada sobre la pata.
—A ver —comenzó con su retahíla de consejos, girándose hacia ella—. Lo primero es que no te pongas nerviosa.
—Eso es fácil de decir para alguien como tú, lo complicado es hacerlo.
—Ya —admitió él—, pero se intenta. ¿Estamos? A ver si piensas que yo nací ya sobre dos ruedas.
Leire se acercó despacio, revisando cada detalle como si fuera la primera vez.
—Siéntate.
Ella obedeció, con cuidado, manteniendo el equilibrio como pudo.
—Vale. Ahora escucha. —Rafa se colocó a su lado, sin tocarla—. Esto es más sencillo de lo que parece. Es como si llevaras tu bicicleta, solo que no hay que pedalear. ¿Lo pillas?
—Más o menos.
Le explicó lo básico sin tecnicismos, señalando cada cosa con el dedo, sin abrumarla. Leire asentía, a pesar de que no estaba segura de estar reteniendo nada de aquello.
—¿Te has enterado de algo? —quiso cerciorarse él al terminar.
—A medias —arrugó la nariz.
—Perfecto. Con eso basta para empezar, tampoco es imprescindible que te conviertas en una experta.
Leire clavó la mirada en él, sin saber si le hablaba en broma o en serio.
—No te rías si me caigo. ¿Me lo prometes?
—No me voy a reír.
—Mentira.
—Un poco igual sí. Es algo que no puedo evitar —admitió—, pero luego ten por seguro que acudiré a levantar tu culo del suelo.
Leire resopló, tiró de la goma que llevaba en la muñeca y se recogió el pelo, concentrada, como toda una piloto de carreras.
—Qué bien.
Rafa dio un paso atrás.
—Venga. Arranca.
Leire lo intentó. La primera vez no lo logró. La segunda tampoco se movió.
—Más suave —le indicó él—. No tengas prisa.
—Me agobia el casco. Hace calor —se quejó.
—Tienes que proteger tus valiosos sesos si llegas a caerte —le dio una palmadita en el hombro para animarla.
—No me ayudas mucho, ¿lo sabes? —le recriminó, apretando los labios.
A la tercera, el motor respondió.
—Así, con cariño. ¿Ves?
—Vale. Con cariño. ¡Ostras! —soltó emocionada al escuchar el ronroneo, que poco o nada se parecía al de las motos de Rafa, sobre todo a la de monte.
—Ahora ve soltando.
—¿También con cariño? —rio descompuesta al sentir la vibración en su cuerpo.
—Déjate de coñas o besarás el suelo con cariño por hacerte la chulita.
La Vespa avanzó un poco. Más que tensa, estaba agarrotada.
—Tranquila —la tranquilizó él, caminando a su lado—. No pasa nada.
La moto dio un pequeño tirón y se detuvo, sacudiéndola adelante y atrás.
Leire bufó, frustrada.
—Ya lo sabía yo.
—¿El qué?
—Que no era tan fácil.
—Nadie ha dicho que lo sea —respondió—. Pero esto, comparado con estudiar para la Selectividad, es pan comido. ¡Vamos otra vez! —la animó, con un intento de palmadita en el hombro que se detuvo a medio camino.
Volvió a intentarlo. Y otra vez. Y otra más.
Entre intento e intento a él se le escapaba alguna risa, más por la impaciencia de ella que por otra cosa.
—Te estás riendo de mi torpeza —le recriminó en una ocasión.
—¡Qué va, mujer! Es porque tú también te estás descojonando, pero por no llorar.
—No es lo mismo.
—Claro que sí. La risa es risa. No seas pava.
—Yo me parto porque estoy descompuestita, pero créeme que no es divertido.
—Enana quejica… —la pinchó, y ella reaccionó volviendo a arrancar.
Poco a poco fue soltándose hasta hacer unos cien metros sola por el camino.
—Eso ya es otra cosa. ¡Ha sido la caña! —la felicitó cuando regresaba caminando, empujando la Vespa, con el casco colgado del brazo, porque decía que no podía llevarla de vuelta.
—Mañana lo haré mejor —cabeceó, y él salió a su encuentro.
—¿Te rajas ya por hoy?
—Demasiado para el primer día. Reconoce que lo pasaste de lo lindo viéndome patosa total.
—No has estado nada mal —murmuró, deteniéndose junto a ella.
—Podría estar mejor.
—Siempre puede estar mejor. Pero le has puesto ganas. Eso está genial. Ahora hay que añadirle la constancia. En unos días ya irás sola donde quieras. ¿Te apetece que demos una vuelta? —preguntó de pronto.
—¿Yo?
—¿Tú? Ni loco te dejo llevar mi moto. Soy joven y tengo muchas cosas que hacer aún —le lanzó la pullita, divertido.
—¡Qué capullo eres! —las carcajadas de Rafa inundaron la noche cuando vio que ella entraba al trapo—. Te decía si me preguntabas a mí lo de la vuelta. O sea… —Entrelazó los dedos, casi avergonzada.
—Pues sí. Te dije «demos», Lei. Primera del plural. Cómo se nota que eres de ciencias —sonrió—. Para que veas cómo va tu máquina.
Leire dudó un segundo, pero terminó asintiendo.
—Paso de ti, borde —murmuró, malhumorada, y Rafa le revolvió el pelo para hacerla rabiar del todo.
Él se detuvo y se subió delante, arrancando con facilidad.
—Vamos. Ponte el casco y sube. —Leire se colocó detrás, esta vez sin tanta duda, apoyando las manos en su cintura con más naturalidad, y fueron hasta la puerta del taller para coger el de Rafa, que dejó sobre el asiento de la moto aparcada en la puerta.
—Lo hacemos como antes —se acomodó él de nuevo—. Agárrate bien.
Salieron hacia el centro del pueblo. La Vespa sonaba distinta, más suave, y la sensación era más ligera. Era increíble para ella ver cómo él podía hacer que todo funcionara mejor.
Pasaron por algunas de las calles encaladas, a cuyos balcones se asomaban plantas de flores coloridas que convertían el pueblo en una postal en esa época del año.
Leire miraba todo desde atrás, sintiendo el movimiento, el equilibrio, la velocidad de su regalo de cumpleaños, soñando con el día en el que pudiera llevarla sola.
Sin darse cuenta, apoyó un poco más la cabeza en la espalda de Rafa, y él no dijo nada. Siguieron así un buen rato, sin prisa, recorriendo el pueblo sin rumbo concreto.
Cuando regresaron al taller, Rafa apagó el motor y Leire se bajó despacio.
—Ya quiero aprender para llevarla como tú.
—¿Sí? Deberás practicar a diario.
—Lo haré. Es decir, lo haremos cuando tú puedas. Porque yo no soy capaz de hacerlo sola.
Rafa asintió, satisfecho.
Guardaron la Vespa dentro, sin prisa, como si aquello formara parte de una rutina que acababa de empezar. Después, volvieron a la moto.
El camino de vuelta fue directo. Cuando llegaron a casa de Leire, él apagó el motor y ella se quitó el casco y bajó.
—Gracias —murmuró.
—De nada.
Antes de irse, Rafa metió la mano en el bolsillo de la chaqueta y sacó una cajita transparente.
—Toma. Esto es para ti.
Leire la cogió, extrañada.
—¿Qué es?
—Ábrelo.
Dentro había una cinta de cassette .
—¿Esto…?
—Me dijiste cuando te llevé a casa la noche de la fiesta en el lago que te gustaba una canción de Nirvana y no se me fue de la cabeza —se encogió de hombros—, así que te grabé el disco, que yo lo tengo en casa.
Leire pasó el dedo por la carátula, como si fuera algo delicado.
—No hacía falta.
—Ya.
—Gracias, otra vez.
Rafa sonrió ligeramente.
—Para eso estamos.
Ella dudó un segundo, pero terminó inclinándose y dándole un beso en la mejilla.
—Buenas noches.
—Descansa, enana.
Leire aguantó en la acera hasta perderlo de vista. Luego, entró en casa con la cajita aún en la mano y fue directa a su habitación, donde se sentó en la cama y la volvió a abrir mirando la letra de Rafa en la etiqueta blanca.