Rozar una estrella con la punta de los dedos Veintiuno
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Veintiuno

Leire se puso una chaqueta vaquera fina, metió las llaves en uno de los bolsillos y salió, con el bocadillo envuelto en papel de aluminio porque no tuvo tiempo de cenar y el estómago le rugía. No quería hacer esperar a Rafa, que le ofrecía su escaso tiempo libre con tanta generosidad.

—No tardes mucho —escuchó la voz de su madre desde el comedor.

—No —respondió ella, ya en la puerta.

—Deja a la chiquilla, mujer, que se acaba de poner el sol y aún hay mucha noche —intervino la abuela, haciendo que Leire saliera con una sonrisa en la cara.

Había hecho bien en coger algo de abrigo.

El aire fresco le llenó los pulmones de golpe, lo que fue una gran suerte, porque su respiración se detuvo en seco cuando se topó con la imagen de Rafa, de pie junto a la moto.

Su mirada paseó por sus vaqueros negros, la camiseta blanca y la chupa de cuero que vestía esa noche.

¿Por qué estaba fijándose en su amigo y reparaba en él de esa forma?

Carraspeó, incómoda, al concluir que ignoraba qué hacer con lo que había hablado con Ana en el parque.

Él se había ofrecido a darle las clases ese mismo día.

En casa no tuvo un momento a solas para pensar, y ella no podía evitar recocinar las cosas en su cabeza, dándoles mil vueltas, la mayoría de las veces innecesarias.

Así había actuado con el asunto de Pablo, pero él no era Rafa.

Rafa no le daba tiempo de pensar en nada, y Leire se preguntó en aquel momento si eso era algo bueno o malo.

Si se trataba de un defecto de su amigo, que parecía moverse por impulsos, o si era una virtud.

Entonces recordó la frase que le dijo en el lago: «Uno tiene que ir a por lo que quiere», y la piel de sus brazos se erizó. Y no era por el frío.

—Sé que estoy bueno y tal, pero ¿vas a quedarte mucho rato mirándome? —sonrió con chulería.

—Eres tonto, tío —fue lo único que respondió ella cuando él la sacó así de sus elucubraciones. Un gran derroche de ingenio, sí señor. Puso los ojos en blanco ante su propia respuesta.

—¿Lista, enana? —preguntó, ofreciéndole un casco.

Leire asintió.

—Supongo que sí. Algún día hay que morir.

—No demuestres tanta emoción, que me contagias —ironizó él, poniéndose el suyo.

Rafa subió a la moto y Leire se ajustó con torpeza la correa del casco, al llevar una de las manos ocupada con el bocadillo.

—¿Así? —se acercó para que él comprobara que estaba bien colocado.

—¿Se puede saber qué llevas ahí?

—Es un bocata. Me acababa de sentar a cenar y tengo hambre —reconoció en un susurro.

—Yo tampoco he comido nada. Suelo cenar más tarde. No caí en eso, disculpa. Vamos, sube —la apresuró.

Leire subió detrás, con cuidado, vacilando antes de rodearle la cintura.

—Agárrate —ordenó él, arrancando la moto—. Como te sea más cómodo.

Ella dudó un segundo antes de terminar apoyando las manos en su cintura, con cierto reparo al principio, como si no tuviera claro si aquello era demasiado o no. Pero no escuchó que se quejara.

Al cabo de un par de minutos, Rafa se detuvo frente a El Límite y le pidió que cruzara hasta el parque.

El lugar estaba desierto a esa hora, o eso pensaba ella.

Se sentó en uno de los bancos de la entrada y, al cabo de un par de minutos, apareció Rafa con un bocadillo de lomo con pimientos y un par de latas de refresco.

—¿Naranja? —le ofreció una, y ella lo miró sorprendida de que él se hubiera fijado en lo que solía beber cuando comía.

—Gracias. Pero tú cenas más tarde… —comentó cuando lo vio desenvolver lo que había comprado.

—Un picnic improvisado siempre es buena idea. Come, enana, que tienes que crecer —señaló el paquete plateado que aún estaba en el banco, al lado de ella.

—¿Compartimos?

La sonrisa de Rafa se ensanchó al escuchar lo que ella y su hermana siempre se preguntaban.

—Va. Por el olor, creo que es de tortilla de tu abuela. Sabes que no puedo resistirme a eso.

Y allí, improvisado, como dijo Rafa, compartieron su primer picnic del verano.