Veinte
La abuela ya estaba extendiendo en la mesa el hule, con grandes flores rojas estampadas, cuando ella llegó.
Leire se acercó y la saludó con un beso.
Fernanda siempre olía a agua de rosas, porque, según ella, era lo mejor del mundo para limpiar las malas energías que le mandaba la vecina, envidiosa de lo hermoso que crecía el ficus y los geranios que le daban vida al balcón.
El olor a tortilla de patata con cebolla y calabacín se apreciaba desde la calle, mezclado con el de la ensalada recién aliñada que Leire sabía que su abuela siempre ponía en la fuente de color caramelo de Duralex.
La que le dieron en la tienda juntando los puntos del fiambre loncheado que compraba al peso para los bocadillos.
—Trae, abu —le cogió de las manos el rollo de cartón en el que enrollaban el mantel y fue a colocarlo detrás de la puerta del salón.
—Ya era hora —protestó su madre desde los fogones—. Lávate las manos, que vamos a cenar. A ver si llega tu padre, que fue al estanco a por el dichoso tabaco.
—¿Quién hizo la tortilla hoy? —le preguntó Leire a su abuela.
—La hice yo, que sé que te gusta blandita, pero no líquida como para tener que meterle mano con la cuchara —rio, dándole vueltas en el dedo a su alianza de boda—. Tu madre anda ahí todavía, liada con los filetes empanados.
Entró en la cocina para coger un pellizco de uno de los filetes que su madre ya tenía sobre el plato, llevándose un manotazo por ello, y fue al baño a lavarse las manos.
Cuando volvió, su padre ya estaba sentado y su abuela tenía la televisión encendida, aunque no parecía prestarle mucha atención al concurso.
Leire se encargó de poner lo que faltaba y se sentó junto a él, que, a diferencia de su madre, miraba a la pantalla mientras hacía girar distraídamente sobre la mesa, en la que ya estaban sentados los cuatro, una cajetilla de Ducados.
—¿Qué dicen los demás? —se interesó él.
—Estuve solo con Ana. No he visto a nadie más en el parque —contestó Leire, apartándose en su plato un par de grandes rodajas de tomate de la pequeña huerta que su padre cultivaba detrás del taller.
—¿Y eso? —siguió con la charla, sin quitar ojo de la elección de los concursantes.
—Tendrían cosas que hacer. No sé.
Su padre asintió.
—Entonces ya está. Ya te enterarás.
Leire comía despacio, saboreando el tomate, la lechuga y el pepino, sin pensar demasiado en nada en concreto.
El teléfono sonó de repente y su madre se levantó para atender la llamada en la cocina, ya que, para responder desde el del comedor, debía hacer que Fernanda se levantase, y la mujer necesitaba su tiempo, pues, según ella misma decía, la rodilla le funcionaba con ralentí.
—Ya voy.
Se escuchó su voz en el pasillo, como si el aparato pudiera escucharla y, por ello, fuera a dejar de sonar.
—¿Sí?… diga. ¿De parte de quién?…
Leire levantó la vista casi sin darse cuenta.
—Ay, Rafa, hijo —continuó su madre—. No te había reconocido.
Leire bajó la mirada al plato, dejando de comer.
—Sí, sí… claro… vale… Yo se lo digo.
Colgó y volvió a la cocina.
—Era Rafa.
—¿Ah, sí? ¿Qué le pasa? —quiso saber su padre.
—Que se pasa ahora por aquí. Me dijo que la niña fuera saliendo para eso de las clases de conducir.
—¿Ahora? —preguntó ella.
—Eso ha dicho.
Su padre sonrió, como si la idea le pareciera buena.
—Está bien. A ver si ya le haces el rodaje a esa máquina. Lleva tiempo parada y no es bueno.
—A ver si aprendes pronto y me llevas a dar una vuelta por ahí. Cuando moza, tu abuelo y yo solíamos ir al lago en la moto que tenía. Era el único sitio para darnos cuatro besos sin tener testigos a la vista —soltó la abuela, divertida.
—Mamá… —la reprendió sin dureza su hijo, y a Leire se le escapó la risa.
—Primero tendré que aprender a no caerme. Cuando ya controle, te llevo a dar un garbeo por ahí.
Como estaba segura de que Rafa no tardaría en llegar, Leire partió un trozo de la barra de pan y se preparó un bocadillo de tortilla con una rodaja de tomate. Antes de darle el primer bocado, Rafa ya estaba llamando al timbre.