Diecinueve
Rafa pasó a tan solo un par de metros de ellas y, sin tiempo a reaccionar al ver en el parque a su hermana con Leire, tuvo que girar a la derecha, dejando atrás el instituto, para bajar después por la calle paralela.
Leire sonrió cuando lo divisó acercarse hasta detenerse en la entrada.
Rafa bajó de la moto, con el mono gris y rojo del taller atado a la cintura, abierto por arriba, lo que dejaba a la vista una camiseta negra sobre la que brillaba una discreta cadena de plata.
Las manos, como siempre que salía de trabajar, no estaban limpias del todo, y el pelo lo llevaba revuelto, lo que las chicas interpretaron al instante como la señal inequívoca de que no había tenido una tarde fácil, puesto que cuando tenía alguna avería complicada, solía pasarse una y otra vez la mano por el cabello, dejándolo hecho un revoltijo de rizos oscuros.
—Buenas —saludó, educado, limpiándose las palmas en la tela del mono a la altura de su cadera.
—Hombre —respondió Ana—. Pensé que te habías vuelto un antipático cuando pasaste y no te paraste.
—No os vi. Iba pensando en que tengo que pedir una pieza para el taller. Llamaré desde casa, porque allí hoy no sé qué problema hay con la línea. Mañana se pasarán a mirarlo. ¿Qué os contáis? —pasó ante Leire y se sentó al lado de su hermana.
—Por fin comienza el verano para nosotras. Ya terminó la pesadilla.
Ana resopló aliviada, y Rafa le lanzó una de sus miradas intensas a Leire, haciéndole un gesto con la mano para que se sentara a su lado.
—¿Qué tal os fue?
—Creo que salió bastante bien —contestó Leire.
—Eso es buena señal —concedió él, con naturalidad—. Cuando sale mal se sabe al momento.
Ana soltó una risa corta.
—Habla el experto.
—Yo también tuve lo mío, ¿eh? —se defendió él, apoyando una mano en el respaldo del banco—. Otra cosa es que no me acuerde ya porque hace bastante que no toco un libro.
—Pero en el módulo… —comenzó a decir Leire.
—Se trabaja con apuntes y mucha práctica —le guiñó el ojo.
—Es normal —murmuró ella, que no se sentía a gusto como otras veces que él estaba, a causa de la conversación que había mantenido con Ana tan solo unos minutos antes. No había tenido tiempo de valorar qué hacer con todo lo que sabía.
—¿Y ahora qué? —preguntó él—. ¿Se descansa o ya estáis pensando en lo siguiente?
Ana se encogió de hombros.
—Hoy se descansa. Mañana ya veremos.
—Mañana igual también —añadió Leire, algo más tranquila.
Rafa asintió, con la vista puesta en la calle.
—Pues hacéis bien. Hay que parar un poco; si no, acabas saturado.
—¿Y tú cuándo paras? —le soltó Ana.
—Cuando me obliguen —respondió él—. O cuando el cuerpo diga basta, pero eso está complicado, porque estoy hecho un toro —se dio una sonora palmada en el pecho, a la vez que su hermana le asestaba una colleja por la chorrada que acababa de decir.
—O sea, que no tendrás vacaciones nunca —concluyó Leire.
—Más o menos. Aunque quizá este año, si lo que planeo me sale bien, haya algo de eso. ¿Os vais a quedar mucho por aquí?
—Un rato —respondió Ana—. Luego cada una a su casa, que mañana madrugamos para no hacer nada.
—Buen plan —rio él.
Volvió a mirar a Leire, esta vez un poco más directo, fijándose en la capa de color marrón suave que llevaba en los labios.
—¿No tenías que llamar para eso de la pieza? —le recordó Ana, y él asintió.
—Porque eres mi hermana favorita, si no, pensaría que quieres que me pire —soltó una risotada, a la vez que se pasaba los dedos por la nuca—. Pues nada —se despidió, apoyando las manos en las rodillas para levantarse—. No os molesto.
—No molestas —se apresuró a dejar claro Leire.
—Nos vemos más tarde, si quieres que comencemos con lo de las prácticas —le ofreció, refiriéndose a las clases para conducir la Vespa.
—Oh, guay. Gracias. —Los ojos le brillaron de impaciencia por sentir la libertad que decían que te otorga ir en moto.
—También tengo algo para darte. Ya te llamo cuando termine algunas cosillas que tengo que hacer —se apretó el nudo que formaban las mangas del mono en su cintura y se subió a la moto.
—Vale. Cuando puedas.
No hubo más. Rafa se despidió con la mano en un gesto rápido y arrancó, perdiéndose calle arriba.
—Está fatal.
Leire la miró y respondió de manera automática.
—¿Quién?
—Mi hermano. El chaval lleva mal eso de disimular.
—No sé de qué me hablas.
—Ya —murmuró Ana, sin insistir.