Dieciocho
Ana y Leire quedaron en verse en el parque al caer la tarde, como habían hecho tantas otras veces.
Ese lugar en el que habían pasado horas hablando de todo y de nada a la vez, con la vista perdida en el cielo infinito mientras decenas de golondrinas revoloteaban al atardecer.
Solían acabar sentadas en el mismo banco, con las mochilas a un lado, dejando pasar el tiempo entre una lata de refresco y un paquete de pipas al aguasal porque, aunque a Leire le gustaban saladas, Ana decía que luego se le quedaba en los labios la sensación de haberle dado un morreo a un higo chumbo.
Leire llegó primero. Se había duchado y vestido con unos vaqueros claros, de tiro alto, una camiseta blanca de manga corta con un sencillo dibujo de una manzana en el pecho y una camisa de cuadros abierta encima, por si por la noche aún refrescaba, recordando que su abuela siempre decía eso de que hasta el cuarenta de mayo no te quites el sayo .
Se había soltado el pelo, que le caía por la espalda todavía un poco encrespado por la humedad del día, y llevaba unas zapatillas de lona ya con el rojo no tan vivo, de tantos lavados, por mucho que su madre usara el famoso detergente del payaso Micolor.
Se sentó en el banco de piedra. Apoyó la espalda en la barandilla de forja verde, estiró las piernas y cerró los ojos un momento, notando la brisa fresca que corría a esa hora.
Ana apareció al poco, con unos vaqueros oscuros, una camiseta ancha metida por dentro y una cazadora vaquera que llevaba atada a la cintura, coincidiendo con su amiga en que más tarde refrescaría.
—¿Qué te dijo tu madre? —preguntó nada más llegar, dejándose caer junto a ella.
—Me preguntó cómo fue. Sabe que hice lo que pude. Intenté aprovechar al máximo las horas en la academia.
—Guay. La mía ya me comentó que este verano tengo que ayudarla algunas mañanas en la tienda. Por mí, bien, porque me ganaré un dinerillo guapo.
—¿No iremos a la piscina municipal entonces? —se inclinó hacia ella.
—Sí, claro. Por la tarde. Además, por las mañanas solo hay familias con niños y paso de aguantar críos ajenos. Bastante he tenido con soportar a los que han venido a clase con nosotros estos años —soltó una carcajada animada.
Reían a gusto cuando Leire tuvo que esquivar un pelotazo de un chiquillo que le pegó al balón creyéndose Maradona.
—¿Cómo te ha ido? Pero de verdad —preguntó Ana, girándose un poco hacia ella.
Leire dudó un instante.
—Bien. O eso creo. Tampoco quiero venirme arriba y luego llevarme la hostia.
—Bueno, pero tú siempre dices eso y luego sacas auténticas notazas.
—Ya veremos. ¿Y tú?
—Creo que para lo que quiero hacer tendré suficiente.
—Hay algo que dejamos a medias en el campus. Ya sabes —movió la mano, haciendo círculos con el índice—. ¿Te acuerdas?
—No quería hablar con las demás allí. Nerea aún se trata con María y no quiero meter mierda entre ellas —explicó, sonando de lo más razonable.
—Ya. Hiciste bien.
—Volviendo a lo que hablábamos allí, mi hermano me contó que habías estado en el taller ese famoso finde, cuando pasó lo del buzón, que lo pillaste con las manos en la masa currando en la Vespa y te dijo que era para un cliente.
—Sí, creo que me soltó algo de eso —la observó frunciendo el ceño, tensa por el derrotero que tomaría la conversación.
—Esa tarde, en El Abuelo, estaban María, Nerea y Claudia, me parece recordar. El caso es que María se tomó un par de chupitos y se envalentonó —Leire se encogió de hombros al no entender dónde era ni para qué eso del envalentonamiento de su compañera.
—No lo pillo —admitió.
—¡Tía, qué inocente eres! Que fue hasta donde estaba Rafa, le plantó un beso en los morros y le confesó que le gustaba desde siempre.
—¿Que le qué? —se levantó de golpe, realmente sorprendida.
—Vas de pardilla por la vida —rio Ana, golpeando la piedra del banco con la mano—. Ella siempre pregunta por él y hace por encontrárselo cuando va a mi casa. ¿No te has dado cuenta de cómo lo mira?
—No me fijé en eso. ¿Cómo lo mira? —preguntó, bajando la voz, en tono cómplice, sentándose otra vez a su lado.
—Como Rafa te mira a ti.
Aquello cayó como una losa sobre el pecho de Leire, dejándola sin aire.
—¿Qué pasó entre ellos? —desvió el tema hacia lo que había pasado entre ambos, ya que no deseaba seguir escuchando de boca de Ana lo que podía sentir su hermano por ella.
—Rafa la acompañó a su casa y le aseguró que haría como que no había pasado nada, porque a él no le interesaba. Ella se puso medio flipada y él le contestó que estaba pillado por otra.
—¿Cómo? —pestañeaba perpleja.
—Pues que ella ató cabos y pensó en ti, sobre todo cuando yo, en un despiste, comenté que te estaba poniendo a punto la moto en el taller de tu padre.
—¡Me estás poniendo nerviosa, coño! —exclamó Leire, atacada de los nervios, incorporándose de nuevo, y Ana le tiró de la mano para que volviera a sentarse y dejara de dar la nota, ya que habían empezado a llegar chicos de otras pandillas al parque.
—A la desesperada, para ver si Rafa se quedaba libre, fue y le contó a Pablo en el recreo que tú fuiste la del poema. Pensaba que le gustabas a él y que él iba a ir a por ti, pero el tiro le salió por la culata —rio con ganas—. Que se joda.
—¿Estás viendo las novelas con tu madre o qué? —Leire se veía incapaz de procesar toda aquella información que le llegaba de golpe.
—Pues hay más. Por lo que me contó Nerea, María vio el beso que te dio mi hermano en el lago.
—¿Cómo? —cabeceó.
—Ardida, fue en busca de Pablo para irle con el cuento… Bueno —hizo un gesto de tijeras con las manos—, hasta ahí llega el rollo que yo sé, porque lo demás me lo contaste tú.
—¡Mierda! —se puso de pie, pasándose la mano por el pelo—. Esto es una locura…
Dio un par de pasos hasta la entrada del parque y ahí se detuvo al escuchar el sonido, demasiado familiar, de la moto de Rafa que venía subiendo la calle.