Rozar una estrella con la punta de los dedos Diecisiete
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Diecisiete

—Mamá, no necesito que me cuentes qué pasó esa noche entre tú y… Rafa, pero… —Vera alzó la mano, deteniéndola antes de que continuase.

—Que me acompañó a casa. Acompañar a casa era eso, hija.

¿O es que pensabas que hablaba en clave?

—Leire, que ya tenía el pensamiento perdido en ese punto del pasado, volvió abruptamente al presente.

Los párpados de sus ojos celestes aleteaban pesados, como si le costara volver a ubicarse en la habitación.

—Ok, mamá, pensé que, quizá… no sé… Supuse que te habías vengado —insistió Vera, acomodándose mejor sobre la cama—.

Siempre has dicho que te distanciaste de Pablo por…

ya sabes, por «cosas de la vida», y ahora me estás contando todo esto como si nada y.

.. ¡Joder! ¡Fue fortísimo, mamá! ¡Lo pillaste enrollándose con María! —bufó, poniendo los ojos en blanco.

Leire sonrió con expresión nostálgica al recordar lo vivido.

—Las famosas «cosas de la vida» —repitió, bajando la mirada un segundo—. Es uno de los recursos más socorridos del ser humano cuando no quiere dar más explicaciones de las debidas. —Vera arqueó una ceja.

—O cuando no quieres que tu hija cotillee. Pero yo ya no soy pequeña. Necesito que te abras conmigo, mami —la abrazó con ternura.

—Es cierto, ya no eres una niña.

—Gracias por darte cuenta —rio Vera, cruzándose de brazos con teatralidad.

Leire negó con la cabeza, divertida, y después apoyó la espalda contra el cabecero.

—Lo de Rafa… —empezó, buscando las palabras—. No fue una mentira que me contara a mí misma, ¿eh? Ni un parche ni algo de paso. Fue real. Tanto que terminó cambiándome la vida.

Vera la observaba en silencio.

—¿Y Pablo?

—Después de aquella noche, Pablo desapareció durante todo el verano y mi obsesión quedó a un lado. ¿Qué sentido tenía dejar ir el tiempo por insistir en rozar imposibles? En mi mente, Pablo había elegido a María y yo ya no tenía ninguna oportunidad.

—Yo le habría odiado —le alzó la barbilla a su madre para que la mirase.

— Lo que vi me dolió, pero de ahí a guardarle rencor por ello…

—negó con la cabeza, al tiempo que una lágrima solitaria se vertía de sus ojos y bajaba por sus mejillas—.

No podría odiarlo nunca —afirmó, limpiándoselas con los dedos, a la vez que le daba la típica risa nerviosa—.

Mi abuela solía decir que cuando el corazón está lleno de cariño por alguien, no hay cabida para otro sentimiento, y menos aún para uno tan feo.

—Ya… Eres demasiado buena. Papá siempre lo dice. —Vera la contemplaba con orgullo.

—Llegué a la conclusión de que no era nuestro momento y ya está.

—Pero él se lio con tu compañera.

—En el amor no siempre hay culpables, y a veces hacemos cosas por impulso. De todo me enteré con el tiempo —la interrumpió con calma—. A veces, mi vida, solo hay oportunidades. Personas que llegan cuando tú estás en un punto concreto y encajan. Y otras que llegan antes o después de lo que deberían.

Vera frunció ligeramente el ceño.

—Aquel no era el momento de Pablo —murmuró, y su madre curvó los labios con tristeza—. ¿Y Rafa?

—Una síntesis estupenda. Se nota en qué trabajas —bromeó—. Rafa estuvo ahí para ofrecerme algo distinto cuando más lo necesitaba.

Vera bajó la vista, procesando lo que acababa de escuchar.

—¿Entonces?

Leire se inclinó un poco hacia ella, como si fuera a contarle algo importante.

—Es ahora cuando él se convierte en protagonista.

—¡Me chifla! Quiero escuchar todo lo que pasó entre vosotros, así que no se te ocurra omitir detalles escabrosos —soltó una carcajada espontánea.

—Todo transcurre durante ese verano —continuó Leire—. Porque en esos meses fue donde de verdad sucedieron esas «cosas de la vida» de las que tanto te hablé.

—Vale. Cada vez me interesa más. —Vera esbozó una media sonrisa.

—Nos vamos al día en el que nos jugábamos una parte importante de nuestro futuro. Voy a contarte lo que pasó después del último examen de Selectividad.

Tras una agotadora jornada de exámenes en la capital, Leire salió al pasillo con Ana, todavía con el examen fresco en la cabeza, repasando mentalmente alguna respuesta.

—Cierro los ojos y solo veo números —comentó Ana, que iba pensando en lo mismo que Leire.

—¿Te das cuenta de que, ahora sí, la suerte está echada? No pierdas el tiempo en darle vueltas a lo que pusiste. —Ana la miró de lado.

—Tienes razón —afirmó Claudia, que salió tras ellas a paso rápido para acortar distancias.

Un segundo después, se les unió Nerea, y todas comentaban su alivio, con esa sensación de raro alivio de haber llegado al final de algo que llevaban tiempo esperando y que, sin embargo, no sabían cómo encajar ni cuál se suponía que sería el siguiente paso.

María, en cambio, se fue directamente hacia donde su padre tenía aparcado el coche y a ninguna le ofreció la posibilidad de volver al pueblo con ellos. Leire desconocía por qué su amiga había adoptado esa actitud, pero tampoco quería forzar una conversación, y menos aún tras lo sucedido en el lago.

Aprovechando que Claudia y Nerea fueron a la cafetería a por unos refrescos con los que bajar el bocadillo que llevaban en las mochilas, envueltos en papel de aluminio, Ana y Leire se sentaron bajo uno de los árboles del campus de la universidad, en busca de sombra que rebajase el calor que hacía a las cinco de la tarde.

—¿Aún te preguntas qué pasó con María? —Ana bajó la voz—. Vi cómo la mirabas antes.

—Es que no sé por qué hace estas cosas. Nos da de lado…

—Y se enrolla con Pablo en el lago —añadió, desenvolviendo el bocata de chóped y queso que su madre le preparó esa mañana, recordándole a su amiga lo que ella misma le confesó días más tarde que había visto durante la fiesta.

—Sí, bueno —suspiró Leire, agotada ya del tema—. Pero eso es lo de menos. No sé qué mosca le picó para que actúe así.

—La de los celos. ¡Joder, qué hambre tengo! A ver si vienen estas —suspiró, con ganas de devorar la comida que llevaba.

—¿Celos? ¿De nosotras? —No sabía bien por dónde iban los tiros. ¿Por qué María sentiría celos de ellas?

—¿Quieres que te cuente todo? ¿Pero todo, todo? —susurró Ana, moviéndose un poco por el césped para estar más cerca de su amiga.

—¿Todo de qué? —contestó Leire extrañada, abriendo un poco el envoltorio del suyo para ver de qué era.

—¿De qué es? —escudriñó Ana también por la pequeña apertura.

—Salami.

—¿Compartimos? ¿Mitad y mitad como cuando íbamos al cole? —Ana arqueó las cejas con gracia y actitud traviesa.

—Va. Venga —partieron sus bocadillos y se intercambiaron una de las partes, así probarían de ambos—. Y ahora sí, quiero saber todo de todo lo que sea que se trae María con nosotras —recondujo la conversación.

—En primer lugar, no es con nosotras. Es contigo, chata. Rafa me contó una tarde de febrero, poco después de lo de las notas, que habías pasado por el taller y lo pillaste arreglando la Vespa que te iba a regalar tu padre.

—¿Qué tiene que ver eso con María?

—¿Quién pregunta siempre por mi hermano y lo busca cuando estamos en mi casa? —achicó los ojos, mirando a Leire de frente, a la espera de que ella sacara sus propias conclusiones.

—Llámame tonta, pero no caigo —se encogió de hombros, y Ana le soltó un golpecito en la frente, dando por concluida la conversación al ver que Claudia y Nerea se acercaban con las latas.

—¡No sabéis cómo estaba eso de gente! —exclamó Claudia, sentándose en uno de los bancos de cemento, porque en el césped se le mancharían sus vaqueros claros.

—¿Y los chicos? —se interesó Ana.

—Han pedido unos bocatas, pero van para rato. —Nerea les ofreció los vasos y se sentó junto a ellas sobre la hierba para comer tranquilas, en lo que hacían tiempo hasta que dieran las seis, que fue la hora en la que Leire quedó con su padre el día anterior para que fuera a recogerlas.