Dieciséis
Los meses pasaron sin que nada cambiara entre ellos.
Todo seguía igual, frío. En clase continuaban sentándose en sus sitios, no volvieron a coincidir en ningún trabajo en grupo, y las hojas del calendario fueron cayendo unas tras otras entre las clases en el instituto y a las que iban por las tardes a la academia, donde también coincidía con Pablo para preparar la Selectividad.
Entre ellos ya no había miraditas de reojo que se rehuyeran, ni silencios incómodos que pidieran explicación, ni siquiera ese tipo de tensión que a veces delata que algo sigue estando pendiente y vivo entre dos personas.
Sabes de lo que te hablo, ¿verdad? ¡Y qué bonito es cuando se siente!
Esa especie de corriente eléctrica que habita en el espacio mínimo entre dos personas antes del ansiado roce.
En ese tiempo se hablaban lo justo cuando coincidían en el aula y el resto del tiempo se ignoraban con una naturalidad que, a base de repetirse, fue volviéndose costumbre y con ella fue diluyéndose el dolor que al principio le causaba.
Leire dejó de esperar algo de él antes de darse cuenta.
No hubo un momento concreto en el que dijera «hasta aquí llegué»; simplemente, un día ya no miró hacia la puerta cuando alguien entraba en clase, de girarse en la silla buscándolo e incluso de fantasear con qué sería lo que le diría si él volviera a acercarse.
Se habituó a no esperar nada y eso, a pesar de que le escocía, como ese diminuto corte que uno se hace en el dedo con el filo del folio y lo recuerdas cuando tocas la sal o separas los gajos de una fruta ácida, acabó siendo más fácil que seguir insistiendo en darle un final de cuento perfecto a su historia.
Porque no siempre el final feliz que nos empeñamos en escribirle es el adecuado ni el que la vida nos tiene reservado.
La selectividad llegó en medio de esa normalidad que se creó.
Los últimos días de curso se llenaron de apuntes, repasos, nervios y conversaciones que giraban siempre en torno a lo mismo, como si hablar de exámenes fuera la única forma de no pensar en que esos años juntos se terminaban, pues cada uno tenía sus planes.
Leire se centró en lo suyo, en estudiar con Ana, en tachar temas del cuaderno, en repetir fechas y fórmulas hasta que se le quedaban.
Y, durante esas semanas, de una forma casi sorprendente, consiguió dejar a Pablo guardadito en algún cajón del corazón para que eso le permitiera continuar respirando.
Hicieron el último examen sin grandes celebraciones en el aula, pero en cuanto salieron al pasillo el ambiente cambió.
A todos se les notaba en la forma de hablar, en las risas, las ganas de fiesta y en ese alivio compartido que no hacía falta explicar, porque todos sentían lo mismo.
Santi y Manu propusieron celebrarlo en el lago, y a todos les pareció una idea genial antes de enfrentarse a lo que se les venía encima a partir de aquel momento.
Quedaron a última hora, cuando el sol empezaba a bajar y el calor ya no apretaba tanto. Los coches se fueron llenando y salieron hacia allí en pequeños grupos, con la música puesta a todo volumen, escandalizando a quienes paseaban por la calle.
El padre de Lourdes se encargó de llevar a su hija, y del furgón también se bajaron Ana, Nerea y Leire.
El sitio ya estaba medio ocupado. Algunos habían aparcado cerca del agua, otros un poco más arriba, y desde lejos se oía el barullo de canciones que salían de los autos.
Había gente sentada en el suelo, en los capós, apoyada en las puertas abiertas, y esa noche prometía ser memorable para todos.
Leire dejó su mochila de cuero junto a uno de los vehículos y se quitó la chaqueta vaquera, colgándola en el respaldo, sin darse mucha cuenta de dónde la dejaba.
Saludó y abrazó a algunos compañeros, incluso los de BUP estaban por allí, se sirvió un refresco con bastante hielo y, al girar, dando el primer sorbo al vaso, vio a Pablo, de pie, junto al lateral de un coche, escuchando a Santi, que gesticulaba como siempre al contar algo.
No estaba haciendo nada especial, pero de pronto le pareció que estaba más guapo que nunca.
Apartó la mirada casi al instante, sin regodearse más en ello, y siguió hablando con Lourdes como si tal cosa.
Se sentaron un rato en la pasarela de madera, con los pies metidos en el agua fresca y la conversación yendo de un tema a otro, pero todos superficiales.
Hablaron de lo de siempre, de lo que vendría después del verano, de las notas, de las carreras y de si alguien se iría fuera o se quedaría para hacer un módulo.
Leire participaba, asentía, añadía algún comentario cuando tocaba, pero a ratos permanecía callada, mirando el reflejo del cielo en el lago, lo mismo que si las voces de los demás fueran el murmullo del programa de radio que se ponía para estudiar.
A medida que la luna ganaba protagonismo, el grupo se fue moviendo.
Algunos subieron la música, otros se acercaron a los coches a por bebida, otros encendieron una hoguera para poner a asar unas chuletas, y empezaron a formarse pequeños corrillos por todas partes.
Leire se levantó para estirar las piernas y, al volver hacia donde estaban los demás, se cruzó con Pablo.
Fue un cruce breve, de esos que no dejan margen para mucho más que no sean un par de frases.
—¿Qué tal el examen de hoy? —preguntó él, sin detenerse.
—Creo que bien —respondió ella.
—Guay.
Y siguieron cada uno su camino.
Un rato más tarde, cuando las estrellas brillaban en lo alto, Rafa apareció por allí, acompañado por un par de chicas y algunos chicos de su pandilla.
Él se disculpó con sus amigos, a los que dejó hablando con otra gente y, con el botellín de cerveza en la mano, se acercó a Leire, que en ese momento sacaba hielo de una de las bolsas para volver a llenar su vaso.
—Hola, preciosa —la mirada de Rafa la recorrió de arriba abajo como nunca antes lo había hecho.
—¿Hoy no soy tu enana? —bromeó ella, quitándole hierro al asunto.
—Nunca dejarás de ser mi enana, pero hoy estás preciosa. Una cosa no quita la otra —Bajó los ojos al suelo. ¿En serio Rafa, el chico duro, se había ruborizado?
—¿Estás bien? Te noto raro —se preocupó ella.
—¿Damos una vuelta?
Leire asintió y se apartaron del grupo caminando sin rumbo y sin prisa. No se alejaron mucho, pero la intención de él era que pudieran conversar sin aquel jaleo alrededor ni nadie que pudiera aparecer para interrumpirles.
Él se interesó por sus planes para la universidad y Leire respondía sin darle demasiadas vueltas ni buscar dobles intenciones en sus preguntas. El aire era más fresco allí y el lago, visto desde ese punto, parecía más tranquilo.
—No te he visto bien estos meses —comentó Rafa en un momento dado.
Leire sonrió con nostalgia, absorta en el brillo de la luna en la superficie del lago.
—Cosas.
—¿Qué cosas? —enarcó la ceja y movió la mano, animándola a que siguiera contándole lo que le pasaba.
—Pablo y eso. Cosas de niños que se nos fueron de las manos en febrero, y desde entonces… —paró para coger aire, y su voz se negó a seguir saliendo.
—Mi hermana me contó algo —acortó el paso que los separaba y se detuvo frente a ella, buscando el contacto con sus ojos—. ¿Tenéis rollo?
Aquella última cuestión pilló por sorpresa a Leire. Su boca se abrió por la sorpresa mientras su cerebro decidía qué responder y cómo.
—No. Eso ya pasó.
—¿Cómo estás? Pero de verdad —le rozó el brazo con delicadeza.
—Estoy bien.
—¿Bien bien, o bien para que te deje de joder con las preguntas? —rio él, consiguiendo que ella se relajara.
—Por favor, Rafa…
Rafa no insistió de nuevo, pero tampoco apartó la mirada. La observó un momento, valorando si seguir escarbando para sacarle la verdad o dejarlo estar. Al final, su brazo le rodeó la cintura, tirando de ella hacia él, y la besó en los labios.
Fue un gesto rápido e impulsivo. Leire se quedó de piedra, sin saber qué hacer. ¿Lo apartaba? ¿Le gustaba? ¿Le daba un tortazo? ¿Le pedía que lo repitiera? Cuando se separó, no supo bien cómo debía reaccionar ante lo que acababa de ocurrir y el escalofrío que sentía trepando por su columna.
—¿Se puede saber qué estás haciendo? —solo pudo decir eso. Enfadada… o no… Tal vez solo desconcertada.
—Uno tiene que ir a por lo que quiere —contestó Rafa, seguro de que Leire y ese beso era lo que deseaba esa noche.
Ella negó con la cabeza, pasándose la mano por el pelo.
—Esto no debió pasar. Yo…
—Tú ¿qué?
Ella no encontró una respuesta clara. Se separó de él, buscando recuperar su espacio.
—No puedo.
Rafa achicó los ojos, desafiante.
—¿Es por él? —Leire no contestó. No hizo falta.
Rafa asintió, dolido. No necesitó más explicaciones.
—Vale. No volverá a ocurrir. Perdóname, en serio.
Leire sintió que tenía que decir algo, pero no sabía qué. Lo único que tenía claro era otra cosa. Que quien deseaba que la besara esa noche no era Rafa. Era Pablo. Siempre fue él. O no. Ya no estaba segura de nada.
—Tengo que hacer algo —reaccionó por fin al darse cuenta de que el curso se acababa y de que esa era quizá su última oportunidad.
Se dio la vuelta antes de que Rafa pudiera decir nada y volvió hacia donde estaban los demás con el pulso acelerado. Buscó entre la gente sin disimular, recorriendo con la mirada los grupos, los coches y la orilla, pero no lo vio.
—¿Has visto a Pablo? —le preguntó a Manu.
—Por la arboleda de abajo, creo —señaló hacia el pinar que se extendía a un lado de la orilla.
Leire bajó con cuidado, mirando dónde pisaba, ya que hasta allí no llegaban las luces de los faros, y unos metros más allá los vio. Pablo iba a sentarse en una roca, pero María lo retuvo, sujetándolo por el borde de su camiseta oscura.
—¿Hemos venido a hablar? —soltó ella. Él contestó, pero su respuesta fue un beso ansioso, casi furioso, capaz de incendiar el monte.
Leire parpadeó varias veces, intentando retener las lágrimas que estaban a punto de desbordársele, y se agarró al tronco de uno de los pinos, en el que apoyó después la espalda, ya que la espantosa visión amenazaba con derribarla.
María le abrió el cinturón a Pablo y comenzó a desabrocharle los vaqueros a su chico estrella. Leire, tragándose las ganas de gritar para soltar su rabia, se dio la vuelta sin que la vieran y subió de nuevo hacia donde estaban los demás.
Con la respiración agitada y la cara ardiendo por el esfuerzo de no ponerse a llorar ante todos, buscó a Rafa entre la gente. Lo encontró, a punto de quitarle la chapa a otra cerveza que sacó del maletero de su automóvil. Cuando la vio acercarse, frunció ligeramente el ceño.
—¿Qué te pasa, enana? —le ofreció sus brazos al verla deshecha.
—¿Y ahora ya no soy preciosa? —cobijada por el cuerpo de su amigo, ella se sintió libre para ponerse a llorar.
—De pronto te veo muy pequeña —susurró él, consolándola, a pesar de ignorar el motivo.
—Llévame a casa, por favor.
Rafa tardó un instante en responder a la voz de súplica con la que ella se lo pedía.
—¿Estás segura?
—Sí.
Él dejó la cerveza a un lado y asintió. Se fueron sin despedirse, sin llamar la atención, como si simplemente fueran a dar una vuelta y volvieran después. Pero no regresaron.