Rozar una estrella con la punta de los dedos Quince
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Quince

En el bar el ambiente se había animado muchísimo.

Entre la música, las voces y las risas, ya costaba escuchar bien según qué conversaciones.

Tras un par de horas allí metida, Leire empezó a relajarse de verdad.

Seguía notando a Pablo cerca de vez en cuando, claro, pero la tensión del principio ya no la sacaba de quicio.

O quizá sí, y simplemente se le estaba dando mejor mostrar que no le afectaba.

Pablo, por su parte, se encontraba al fondo del bar, recostado sobre la mesa de billar junto a Manu y Santi. Sostenía el taco y se inclinaba sobre el tapete verde, fingiendo estar atento a la jugada, aunque en realidad no parecía prestar mucha atención a lo que ocurría allí.

Leire procuraba no mirarlo, a pesar de que no siempre lo conseguía.

—Oye —Ana llamó su atención de pronto, apareciendo a su lado—. No te muevas.

—¿Por? —Leire se volvió, desconcertada.

—Tú hazme caso —dio un par de saltitos graciosos con sus palmadas correspondientes.

Antes de que pudiera preguntar nada más, Ana se apartó de ella y caminó hacia la puerta, saliendo del bar sin dar explicaciones. Nerea la siguió con la mirada, pareciendo desconocer lo que vendría a continuación.

—¿Y ahora qué le pasa a esta?

—Ni idea —respondió Leire, encogiéndose de hombros.

Algo que no era lo habitual en la actitud de su amiga descolocaba a Leire, que se puso rígida, intuyendo que algo se traían entre manos que a ella no le habían contado. Y no le gustaban las sorpresas.

Pasaron unos minutos hasta que la puerta volvió a abrirse, dejando pasar el frío de la tarde.

Ana entró, con esa media sonrisa que no sabía esconder cuando tramaba una de las suyas, y dio un par de golpecitos con un tenedor en un vaso de tubo para llamar la atención como aviso de lo que estaba a punto de anunciar.

—A ver —alzó la voz—. Un momento.

Las conversaciones se fueron apagando por la curiosidad de lo que su compañera estaba a punto de anunciar, y Leire la contempló, cada vez más confundida.

—¿Qué haces?

Ana ignoró la pregunta y se giró hacia el grupo.

—Ya ha llegado el momento de darle a Leire su regalo.

—¿Qué regalo? Si ya le dimos la mochila y la cazadora que le compramos con las pelas que pusimos entre todos —saltó Santi.

—¿Vas a estar hablando de las puñeteras trescientas pesetas todo el día, macaco? —le reprochó ella—. Lo que digo es que ahora viene el más importante.

Leire notó que algo similar a una noria daba vueltas en su barriga.

—Ana…

—Vente. Es decir, vamos todos.

No le dio opción a negarse. La cogió de la mano y tiró suavemente de ella hacia la puerta, mientras Lourdes se levantaba con una cara de felicidad que lo decía todo y empezaba a seguirlas.

—¿Qué está pasando aquí? —insistió Leire, riéndose nerviosa.

—Confía en mí, chata.

Al poner los pies en la acera el viento helado le lanzó una bofetada.

Temblando por el frío y los nervios, alzó la vista y pudo ver a su padre, que estaba allí, con las manos en los bolsillos de la chaqueta, y a su madre, que se agarraba a su brazo, hasta que se separaron y entre ellos apareció la Vespa.

Leire sintió, más que un vuelco, un zarandeo al darse cuenta de que era la misma que Rafa había estado arreglando en el taller.

—¡Sorpresa! —exclamó su padre, alzando la voz, sin poder evitar que se le escapara una carcajada al ver la cara de incredulidad de su hija.

—No puede ser… —murmuró ella, dando un paso hacia delante.

—Claro que puede ser —respondió su padre—. Acércate.

Animada por su padre, se acercó a la moto y pasó la mano por el manillar.

—¡Tócala sin miedo, coño, que es tuya! —la animó su padre.

Qué bonita era. Y era toda suya. Cuando pudo reaccionar, se giró buscando a Rafa, que se hallaba unos metros más atrás, apoyado en la pared del bar, con los brazos cruzados, observando el momento especial que ella estaba viviendo sin intervenir, y eso que fue él quien más había trabajado para que la moto estuviera lista.

—¿Tú…? —se dirigió a él.

Él se encogió de hombros.

—Algo he tenido que ver. Tu padre la consiguió y yo me limité a ponerla a punto.

Leire soltó el aire de golpe, como si lo hubiera estado reteniendo sin darse cuenta, y fue primero hacia sus padres para abrazarlos con fuerza, sin decir nada, porque no hacía falta.

—Gracias —murmuró contra el hombro de su madre.

—Es tu cumpleaños. Te nos haces mayor y mereces un buen regalo —respondió ella, acariciándole el cabello con amor.

Cuando se separó, volvió a mirar la Vespa, todavía con esa sonrisa que delataba que no terminaba de creerse aquello del todo.

—Es para ti, enana —añadió Rafa entonces, aproximándose un poco más—. Solo que antes tengo que enseñarte a conducir.

Leire se giró hacia él sin pensarlo y acortó la distancia, rodeándole el cuello con los brazos en un gesto que le salió completamente natural.

—Qué tonto eres. Me habéis emocionado —confesó con los ojos aguados.

—De eso van las sorpresas —respondió él, cómodo con ella entre los brazos.

Desde la puerta del bar, algunos empezaron a aplaudir entre silbidos y otros comenzaron a cantarle el cumpleaños feliz sin orden ni concierto.

Leire era feliz, se sentía flotar entre nubes.

Estaba embelesada, aunque buscando la manera en la agradecerle a sus padres y a Rafa que hubieran hecho tanto por ella.

Unos metros más atrás, apoyado en el marco de la puerta, Pablo decidió que había escuchado suficiente. Y, sin despedirse de nadie, dio un paso atrás, alejándose, convencido de que era la hora de irse.

Cuando Leire entró al bar unos minutos más tarde, con las mejillas aún encendidas por el frío y el corazón palpitándole al compás del desafinado cumpleaños feliz, no advirtió que él ya se había marchado.

—Espera —la voz de Vera la detuvo ahí—. ¿Pablo se fue?

Leire asintió despacio.

—Sí.

—¿Y tú no te diste cuenta?

—Estaba en mi nube.

Vera hizo una mueca de sorpresa.

—Vaya timing .

Leire rio por la ocurrencia de su hija.

—El peor posible.

—Entonces él pensó que tú y Rafa…

—Sí —afirmó en un susurro.

—¿Y tú sentías algo más por él?

Leire negó con suavidad.

—Yo no estaba pensando en eso aquella tarde. Simplemente me dediqué a ser feliz en mi día especial.

—Ya —respondió Vera, apoyando la espalda contra el cabecero—. Pero él sí. Me refiero a Rafa.

—Él sentía mucho y nunca hablaba. Él siempre demostró con hechos cuánto le importaba.

—¿Qué pensó Pablo?

—A veces, hija, lo que uno cree pesa más que lo que realmente pasa. Llegados a ese punto, vemos cosas que no son. Al menos en este capítulo de la historia.