Rozar una estrella con la punta de los dedos Catorce
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Catorce

Él se detuvo en la entrada, como si necesitara ubicarse porque no tuviera del todo claro si debía estar allí. Luego localizó al grupo de los chicos y se acercó con ese paso tranquilo que tenía siempre, saludando a Manu y a Pedro con naturalidad para saber si lo estaban pasando bien.

Los nervios le achucharon el pecho a Leire. Lo sentía cerca. Intentó mantener la conversación en la que estaba, pero dejó de escuchar.

—Leire —la llamó Pablo con el toque suave de su dedo en la espalda.

Ella cerró los ojos, sin saber qué hacer al girarse ni cómo enfrentarse a él al desconocer a cuál de los dos Pablos se encontraría. Si al compañero atento y a su chico soñado o a ese otro, distante y brusco.

Tomó aire, intentando serenarse, y se dio la vuelta.

Él se inclinó un poco, la atrajo de la cintura, pegándola al máximo contra su cuerpo, y Leire pudo sentir su aliento rozando su mejilla.

Eso debía parecerse bastante al cielo al que, según los curas de las misas que escuchaba su abuela los domingos, iba una cuando moría.

—Yo… —tartamudeó.

Y todo sucedió en una milésima de segundo. Dos besos gélidos, sin pausa, y de pronto, se sintió como Eva, expulsada del paraíso.

—Felicidades —una sola palabra. No obtuvo más.

—Gracias —respondió ella, con una sonrisa que le salió automática, casi por reflejo, ya que estaba más preocupada por mantenerse en pie en mitad del local.

Él se apartó y continuó saludando al resto, integrándose en el grupo como si ella fuera una más y no hubiera existido escalera, ni carta, ni nada que mereciera que la vida les diera otra oportunidad.

Leire tardó en reaccionar, alucinada con el calor de esos dos besos que todavía sentía sobre su piel.

Y fue entonces cuando se llevó las manos a la mejilla, en ese par de centímetros exactos que su boca había rozado, y acortó la distancia que les separaba, repitiendo con él el gesto de llamar la atención con el dedo índice en su espalda.

—Oye.

Pablo giró la cabeza, sorprendido.

—¿Sí?

Leire lo miró desafiante, intentando que las mariposas no se escaparan de la red y echasen abajo su aparente seguridad.

—Lo del trabajo… no hace falta que lo hagamos juntos.

Pablo frunció ligeramente el ceño.

—¿Cómo?

—He hablado con el profe —añadió ella, intentando que sonara casual—. Lo voy a hacer sola. Para los dos será más fácil.

—Perfecto —respondió él. Nada más. Pero en su cara apareció algo que intrigó a Leire. No era alivio. Desde luego, no lo era.

—Por eso —añadió ella, encogiéndose de hombros, como quitándole importancia—. Estoy hasta arriba estos días.

Pablo asintió en señal de conformidad.

—Sí. Claro. Gracias —se pasó la mano por su cabello negro, alborotando algunos mechones.

Leire apartó la mirada y dio un paso hacia atrás, refugiándose de nuevo en otra parte del grupo.

Pablo dejó de seguir la conversación de los chicos y se limitó a observarla sin que ella lo viera. Había sido él quien había querido que todo fuera distinto y quien comenzó a tomar distancia. Pero aquello… Jamás se le pasó por la cabeza que ella pudiera actuar así.

Durante un rato, se mantuvo con los demás, participando en las bromas, respondiendo a comentarios, jugando alguna partida de billar con Santi y Manu, pero su atención se escapaba cada dos por tres hacia donde estaba Leire, y no entendía por qué.

La veía reírse con las chicas, inclinarse para hablar con Lourdes, apartarse un mechón de la cara con ese gesto soñador que se asomaba a sus ojos a veces, y algo le molestaba.

Porque, si realmente ella no le importaba, si asumió que el escrito no había sido más que un juego de las chicas, ¿por qué le fastidiaba que ahora fuera ella la que no quisiera pasar el rato del trabajo con él?

Se rascó la nuca, incómodo por sus propias dudas.

—¿Qué te pasa? —le preguntó Manu, apoyando el taco en el suelo.

—Nada.

—Andas empanao.

—Calla y juega. Venga. Van veinte duros en esta partida.

—La jodiste bastante con Leire. No sé lo que ha pasado, pero la dejaste en ridículo en clase al no querer trabajar con ella.

Pablo no respondió, y le pasó la tiza a su taco.

Al otro lado del bar, Leire se fue hacia la barra, con el vaso entre las manos. Había hecho lo correcto. Eso era lo que se repetía una y otra vez para que el dolor se le calmara. Si él no quería estar con ella, lo mejor era cortar por lo sano.

Se encontraba con el pensamiento puesto en lo contradictorio de la idea que tenía de lo que sería estar con Pablo a lo que en verdad estaba conociendo de él cuando la voz de Ana la hizo volver a la realidad de golpe.

—¡Rafa! —exclamó, llamando la atención de su hermano.

Leire se volvió hacia la puerta, viendo cómo Rafa entraba y se acercaba al grupo, frotándose las manos.

—Hombre —voceó Manu—. Más vale tarde que nunca.

—Las estrellas somos las últimas en llegar —bromeó, y guiñó un ojo, burlón, a Leire, que miró a Pablo inconscientemente cuando Rafa mencionó lo de las estrellas.

Rafa rio y fue abriéndose paso entre los de la pandilla hasta llegar a ella.

—Felicidades, Lei.

Le tendió la mano, y Leire, por inercia, la tomó, permitiendo que Rafa rodeara su cintura con el otro brazo para atraerla hacia él. Fue tan cálido, que cerró los ojos, navegando en ese abrazo en el que él la cobijaba.

—Gracias, Rafa.

No supo explicar por qué, pero en ese momento necesitaba sentir algo que no doliera ni la dejara en evidencia ante nadie. Rafa le acarició el cabello con dulzura.

—Mi hermana me ha contado la movida que os traéis en el insti —susurró, cerca de su oído, provocando que ella abriera los ojos de golpe e intentara alejarse de él.

—Rafa…

—Si me lo pides, le parto la cara al niñato este por bocazas —fulminando a Pablo con una mirada de desdén de arriba abajo.

—Todo está bien —respondió ella, sorprendida porque nunca había visto a Rafa así antes—. Ya sabes, son cosas de enanos. Es lo que tú nos dices que somos —rio, quitándole importancia al asunto.

Rafa aflojó su agarre y Leire se apartó un poco sin soltarlo de la mano.

—Tengo un regalo para ti, enana cumpleañera. Te lo daré más tarde.

Leire arqueó una ceja, intrigada.

—¿Ah, sí?

—Te tenemos. Rectifico. Es en plural —su sonrisa volvió a los labios.

Al otro lado del bar, Pablo había levantado la vista justo a tiempo para ver el brillo que Rafa acababa de provocar en los ojos azules de Leire y, aunque apartó la mirada rápido, ya era tarde; ya que, sin darse cuenta acababa de convencerse de algo que no era verdad, y ese error iba a cambiarlo todo.