Rozar una estrella con la punta de los dedos Trece
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Trece

El sábado, Leire se despertó temprano, con el kikiriki del gallo del vecino sirviéndole de despertador.

—Para un poco, mamá, que te estás emocionando demasiado con la calidad literaria de la historia, pero me has cortado lo más importante —Vera se cambió de postura, sentándose sobre las piernas como si estuviera haciendo una postura de meditación.

—¿Qué se supone que te corté? El gallo del vecino se llamaba Primitivo —los labios de Leire dibujaron una curva burlona.

—No me dijiste qué hizo Leire con el mosqueo que pilló por la actitud infantil del chico estrella que parece que va de camino a estrellarse. Has pasado al sábado sin ton ni son —gesticuló, tropezando con sus palabras.

—Es que, nena, eso sucedió un viernes y al día siguiente…

—¿No lo llamaste para cantarle las cuarenta? Quiero decir que si «tu amiga» no le puso las pilas —carraspeó Vera, con una sonrisa traviesa.

—No. Tan solo le dijo lo que tenía que decirle ese mismo sábado en su fiesta de cumpleaños.

—¿La fiesta de quién? No sigas. Espera, que voy a buscar un par de vasos de leche y galletas, que esto se pone interesante. —Vera se incorporó y bajó a toda prisa a la cocina, regresando un minuto después con un paquete de galletitas rellenas de crema de frambuesa y un vaso de leche fría.

—¿Compartes? —Leire le quitó dos del paquete, con cuidado de no dejar caer migas en la cama.

—¿A qué esperas? Sigue, mamá, que esto estaba llegando a un punto interesante —puso morritos sexys , ante lo que Leire soltó una carcajada antes de abrazarla.

Retomemos el hilo…

Leire abrió los ojos temprano, y siguió tumbada en la cama, calentita bajo el peso de las mantas.

No pensó en nada, hasta que, como si alguien se hubiera colado en su cabeza para pulsar los interruptores que la conectaban a la realidad, regresaron de golpe todas las cosas que habían pasado el día anterior.

La clase, el trabajo en parejas y el modo en el que Pablo había pedido cambiar de compañera sin mostrar ni una pizca de consideración.

Se volvió hacia la pared, se acurrucó hecha un ovillo y se tapó hasta la cabeza. No tenía ganas de celebrar nada, pero su parte guerrera le decía que tampoco debía permitir que nada le arruinase su día especial.

A media mañana, Ana la llamó, haciendo que al fin se pusiera en marcha.

—Cumpleañera, espabila —escuchó Leire nada más descolgar—. Lourdes y yo estamos ya en El Límite. Vente cuando quieras, pero no te duermas.

—Voy ahora —respondió Leire, en mitad de un bostezo perezoso.

—Y tráete lo que tú sabes. Que las dejamos en la nevera que ya tenemos en el maletero del coche de mi padre para que Rafa las lleve más tarde cuando estemos en el parque, que se te iban a olvidar, seguro —se refirió al pack de cervezas que habían comprado en el super la tarde anterior.

—No se me olvidan.

—Recuerda que yo tengo en casa el hielo para nosotras. Venga, date prisa.

Ana cortó la llamada, pero Leire sostuvo el auricular un momento entre las manos, escuchando los pitidos del otro lado antes de dejarlo en su sitio.

Se vistió sin pensar demasiado en lo que se ponía, aunque terminó cambiándose dos veces de jersey por pura manía, y es que ninguno la convencía.

Al final eligió unos pantalones de pana burdeos, una camiseta de manga larga en color hueso y una cazadora oversize de borrego, que le gustaba especialmente porque le quedaba bien en los hombros.

Se recogió el pelo en una coleta alta y se puso sus pequeños aros plateados.

Salió de casa y agradeció que el aire fresco le despejase un poco la cabeza. Caminó hasta el bar con las dos bolsas en las que llevaba las cervezas, repasando mentalmente lo que quedaba por hacer, como si centrarse en eso fuera suficiente para no pensar en lo demás.

El Límite estaba medio vacío a esa hora. Ana y Lourdes ya estaban dentro, moviendo mesas, colocando sillas y discutiendo sobre dónde poner la tarta.

—¡Ya era hora! —resopló Ana, al verla entrar—. Pensaba que te habías rajado.

—No soy tú —respondió Leire, dejando las velas sobre la barra.

—¿Te crees graciosa? El año pasado no lo celebré porque estuve mala con diarrea. ¿Recuerdas?

—Dejemos de echarnos las mierdas a la cara —puso paz Lourdes, y las tres se miraron extrañadas al caer en la cuenta de que la chica había hecho un gracioso juego de palabras, inusual en ella.

—¡Fiesta doble hoy! —alzó Ana las manos—. La calladita ha hecho su primer chiste.

—¿No te parece que aquí está bien? —preguntó Lourdes, pasando del comentario irónico de su amiga, señalando una mesa larga cerca del billar.

—Ahí estorbamos —replicó Ana.

—Pero podemos poner otra a ese lado —movió la mano para que se fijaran en el sitio libre.

—Mejor junto a las ventanas. Así nos sentiremos más cómodos todos sin tener que apretujarnos, que luego Santi y Manu aprovechan para soltar pellizcos a lo tonto…

Leire las observó un segundo, apoyada en la barra, dejando que esa discusión absurda la absorbiera. Había algo reconfortante en ese tipo de conversaciones, en lo cotidiano, en esas cosas simples que, al fin y al cabo, eran lo más valioso de la vida.

—Veo buena opción dejarlas frente a las ventanas. Así no molestamos por si alguien quiere echar un billar.

Las dos se quedaron pendientes de lo que fuera a decir.

—Vale —cedió Lourdes—. Hoy mandas tú.

Pasaron un buen rato preparando todo con la ayuda del dueño del local.

Movieron las mesas, colocaron los vasos y colocaron lo que habían comprado.

Entre risas, empujones y comentarios sin importancia, Leire consiguió olvidarse por momentos de todo lo demás.

Hasta que Ana, aprovechando el ratito en el que Lourdes había salido a comprarle el pan a su madre, se apoyó a su lado en la barra.

—¿Va a venir?

Leire supo a quién se refería sin necesidad de nombrarlo.

—No lo sé.

—¿Le dijiste algo más?

—No. ¿Cuándo voy a hablar con él? Lo veré si viene.

—¿Le comentarás en lo que quedaste con el profe? —Ana ladeó la cabeza, achicando los ojos, y valorando si contarle o no lo que había sucedido en realidad para que María, actuando como una supuesta buena samaritana le soltase la verdad a Pablo tan a la ligera.

—Santi me comentó anoche que no lo veía con muchas ganas de venir.

Ana la miró de reojo, y Leire se encogió de hombros, fingiendo indiferencia.

—Es lo mejor. Tampoco me voy a morir. Me hace ilusión que venga, pero… él sabrá.

—¿En serio te parece lo mejor?

—Sí. Así ninguno de los dos nos vemos en la obligación de tener que hacer el paripé de que todo está como siempre.

Ana no respondió, no esperaba esa firmeza en el tono de su amiga. Y eso era lo peor, que por fuera mostraba distancia cuando por dentro sufría y callaba.

A medida que avanzaba la tarde, el bar empezó a llenarse.

Fueron llegando los primeros. Santi, con su energía habitual, acompañado de Manu, que entró quejándose del frío.

Claudia y Nerea, que ya venían riéndose de cualquier cosa porque ambas eran así, la alegría de la huerta.

Rober, Pedro, que llegaba con María, a la que se encontró un par de calles más abajo, y así, poco a poco, el local fue cogiendo ese ambiente festivo por el que todos se dejaban llevar.

—¡Cumpleañera! —gritó Nerea en cuanto la vio, levantando el vaso de cola que se sirvió nada más entrar.

Leire sonrió, abrazó a unas y a otras, recibió tirones de oreja, bromas y algún que otro comentario sobre lo mayor que se hacía.

Durante un rato, todo parecía estar en calma, a pesar de los dardos que Ana le lanzaba con los ojos a María.

Leire no quiso pensar por qué ambas estaban tirantes, ya hablaría con Ana más tarde. Bailó, rio y brindó. Sopló las velas de una tarta que habían colocado en medio de la mesa y, durante unos minutos, incluso consiguió olvidarse de mirar hacia la puerta.

—¿Un cubata? —preguntó Santi, señalando su vaso.

—Mi madre me mata, tío. Luego te tomas lo que quieras en el parque —rogó Leire, uniendo sus dos palmas en gesto de súplica.

Y entonces, en uno de esos momentos en los que alguien entra y la nube de humo de los cigarros que fumaban algunos salía en tropel por la fugaz apertura de las puertas, vio llegar a Pablo.