Doce
Habían pasado un par de semanas. Lo imprescindible para que algunas cosas empezaran a enfriarse un poco, aunque no tanto como para olvidar lo ocurrido, ni para que ciertas emociones dejaran de dolerle o pudiera hablar de ellas sin sentir un nudo en el estómago.
Después de aquella conversación en la escalera, Leire empezó a medir muchísimo todo lo que hacía delante de Pablo, como si cualquier gesto pudiera delatarla.
Entraba hablando lo esencial con los demás, dejaba la mochila en su sitio, sacaba el cuaderno y se ponía a garabatear cualquier tontería cuando no tomaba apuntes.
Siempre hacía eso cuando quería que el mundo le diera una tregua.
El problema era que esta vez no le servía de gran cosa, porque había algo que ya no podía ignorar, y era la presencia del chico estrella, que estaba ahí, a un par de metros, respirando el mismo aire que ella.
No volvieron a hablar más allá de algún saludo o despedida al llegar al aula o al marcharse, algo que hacían más por inercia que por cortesía. Ni media palabra distinta a eso, ni un gesto que pudiera interpretarse como señal de bandera blanca entre ellos.
Al principio, Leire pensó que la vergüenza le duraría un par de días, el tiempo que preveía para que el enfado se enfriara y él olvidara lo ocurrido o, al menos, dejara de darle importancia.
Pero no fue así. Pablo se instaló en una especie de distancia fría en la que no había reproches ni escenas, pero sí una ausencia de cordialidad evidente, como si hubiera decidido que ella ya no formaba parte de nada que le interesara.
Leire tan solo reconocía el daño que le hacía su actitud ante sus mejores amigas, sobre todo en las confesiones que le hacía a Ana, porque una cosa era haber imaginado ese rechazo por parte de él y otra bien diferente experimentarlo en carne propia, y eso que, de la boca del chico no salió ninguna palabra ofensiva o fuera de tono.
A veces, en mitad de una explicación, ella se giraba y se encontraba con él mirando hacia otro lado, hablando con Pedro o con Santi mientras se reían de algo que no llegaba a escuchar bien.
En otras ocasiones, era peor, porque tenía la sensación de que él la observaba, pero, cuando intentaba comprobarlo, Pablo tenía la mirada enfocada en el lado opuesto del aula, como si la hubiera apartado, dejándola con esa duda insignificante, pero que a ella lograba revolverle las tripas de la misma forma que las curvas de la carretera en el último viaje que hizo con sus padres de Madrid a Segovia.
—Estás en Babia otra vez —le susurró Ana una mañana, inclinándose hacia ella mientras la profesora escribía en la pizarra.
Leire reaccionó tarde, parpadeando repetidamente como si regresara de algún lejano planeta, y es que su cuerpo estaba allí, pero su mente se había convertido en una nave espacial en la que escapar a explorar otras galaxias.
—¿Qué?
—Que llevas un rato sin copiar nada —insistió, señalando el cuaderno en blanco—. ¿Te pasa algo?
Leire negó con la cabeza, el problema es que lo hizo demasiado rápido, lo que despertó las sospechas de Ana, que arrugó la nariz al no tragarse semejante trola.
—No. Todo guay.
—No te lo crees ni tú. ¿Cuándo hablaréis? —se interesó en un susurro.
—No tengo nada que hablar con nadie.
Leire se hacía la fuerte, pero nadie sabe cuánto le dolía ver a Pablo sonreírle a otras.
—Chata… —insistió Ana.
—Que no me pasa nada, tía. Al final acabarás rayándome con esto.
Pero sí que pasaba. Y, entre otras cosas, que aún no entendía cómo había podido negarle a Pablo en su cara que ella era la autora de esas letras sin que la verdad hubiera atropellado a la mentira que subió por su garganta.
¿Y sabes qué era lo peor de todo aquello?
Que no podía dejar de pensar en la última frase que él le dijo en la escalera.
Esa carta es lo más bonito que me han dicho nunca, una pena que esa chica no sea lo suficientemente valiente como para dar la cara. Díselo.
Se repetía esas palabras una y otra vez, como si al hacerlo pudiera encontrar en ellas una forma de darle una patada a las agujas del reloj y volver atrás para rehacer ese momento en el que todo se torció sin remedio.
Unas semanas después, el profesor anunció un trabajo en parejas que contaría bastante para la nota final. Dio unas cuantas indicaciones, escribió los temas en la pizarra y empezó a repartir los nombres.
Pedro con Santi. Fran con Ana…
Las parejas se iban formando entre comentarios y alguna que otra queja, hasta que llegó el turno que hizo que Leire dejara de escuchar todo lo demás.
—Leire con… Pablo Vega.
Ella notó cómo el bolígrafo se le escapaba ligeramente de entre los dedos y tuvo que hacer un esfuerzo por no levantar la vista de golpe. Rezó para que la tierra se la tragase. No quería comprobar su reacción ni ver en la expresión de Pablo algo que confirmara lo que ya intuía.
Pero él habló antes de que ella pudiera pensar en qué decirle al profesor.
—Profe —comenzó él, sin titubeos.
—¿Sí?
—¿Puedo cambiar de compañera?
La clase entera reaccionó con un murmullo a la petición de Pablo, mientras Leire solo deseaba convertirse en la mujer invisible.
—¿Algún motivo en particular? —el profesor enarcó una ceja, intrigado.
Pablo se encogió de hombros, con una naturalidad que resultaba casi insultante.
—No. Solo es que trabajo mejor con Manu o con Rober.
Manu levantó la cabeza desde su sitio.
—Eh, yo ya estoy con Joaquín.
—Pues cambiad —sugirió Pablo, sin darle demasiada importancia.
El profesor se acercó a él, haciendo sonar repetidamente el clic-clic del botón de su bolígrafo.
—Las parejas ya están hechas, Vega.
—Entonces presentaré el trabajo solo —añadió él.
Leire no pudo evitar reaccionar y darse la vuelta en ese momento.
Apreció el duro perfil del chico que siempre se había mostrado amable y tierno, con la mandíbula ligeramente tensa, sin dirigirle ningún gesto, como si aquello no tuviera nada que ver con ella y ese asunto fuera una simple cuestión práctica.
—No —zanjó el docente—. El trabajo es en pareja. Y tú debes hacerlo con Leire.
Pablo apretó los labios, disconforme.
—Vale.
No discutió más, pero tampoco se mostró dispuesto a aceptar la imposición tan fácilmente.
La clase continuó como si nada, pero para ella ya no hubo forma de seguir el hilo de la explicación.
Dejó la mirada perdida en el cuaderno sin ver las palabras, con esa dolorosa sensación de vacío que aparece cuando la estrella que adoras cae del cielo y se te clava en el corazón, formando un gran cráter.
Cuando sonó el timbre, Leire recogió sus cosas despacio, dejando que los demás salieran primero. No tenía ningún tipo de urgencia en encontrarse con nadie que le recordara lo que ocurrió.
—Oye —musitó Ana, acercándose—. Lo de antes…
Leire negó, cortándola.
—Da igual.
—No, tía, no da igual. Este pavo es imbécil. No hay otra explicación.
—Si no le apetece hacerlo conmigo, ya está. No voy a ponerle un puñal en el cuello.
Ana la miró con una mezcla de pena y frustración.
—Dile cuatro cosas y te quedas tan a gusto. No seas pava.
Leire se encogió de hombros.
—Puede que lo sea, pero no le daré el gusto de hacérmelo pasar peor.
Ana salió y Leire se acercó al profesor, que en ese instante anotaba algo en su agenda.
—José, respecto a lo que dijo Pablo antes…
—Me da igual lo que él prefiera —la cortó.
—Es que esta semana lo tengo complicado para quedar, por problemas familiares —mintió. Sí, una excusa más para librarse de quedar en ridículo.
—¿Entonces? —la observó el hombre, volviendo a sacar el cuaderno de su mochila.
—Me vendría mejor hacerlo sola, por esta vez. Luego, en serio —titubeó, bajando la vista al suelo—…, el siguiente lo haré con quien me toque.
Leire suspiró de alivio al verlo asentir con la cabeza. Era lo mejor. No deseaba obligar a Pablo a estar a su lado cuando era evidente que era algo que trataba de evitar a toda costa.