Once
El timbre anunció el final de la última clase del día, pero Leire continuó sentada, dejando que los demás salieran poco a poco, guardando sus cosas con movimientos tranquilos y con las manos temblorosas.
—Leire… —se acercó Ana, que sabía que le debía una explicación de lo que comenzaron a contarse por escrito.
—Esta tarde hablamos por teléfono, ¿vale? No tengo ahora la cabeza para más historias —susurró ella, sin mirarla.
—Te contaré todo como fue. Sé que no estás bien —asintió y salió.
Cuando casi ya no quedaba nadie en el aula, Leire soltó un suspiro y, resignada, se levantó y se colgó la mochila para marcharse.
El pasillo ya estaba más tranquilo, pues las voces se alejaban hacia la salida. Bajó las escaleras, con la atención puesta en el suelo, por el pánico que sentía de toparse con los ojos verdes más bonitos que había visto en su corta vida.
—Te esperaba —la voz de Pablo la hizo detenerse en seco en el descansillo.
El corazón le iba a mil, y la piel se le había erizado al escuchar las palabras que le dirigió su chico soñado.
Él estaba apoyado en la barandilla, con una mano en el bolsillo y la otra relajada, contemplándola sin inmutarse.
Leire consideró la idea de darse la vuelta y echar a correr, pero no lo hizo, y fue hasta él con pasos medidos, notando cómo el pulso se le disparaba y se le secaba la garganta.
Cuando estuvo a su altura, él se incorporó ligeramente.
—Tenemos que hablar.
No era una pregunta. Leire tragó saliva.
—Tengo prisa. Mi abuela está sola en casa hoy y…
Intentó pasar, pero Pablo se interpuso, sin brusquedad, dejando claro que no pensaba apartarse.
—¿Es tuya?
Leire se hizo la tonta fingiendo lo mejor que sabía.
—¿El qué?
—La nota del buzón del amor.
—No —la respuesta salió rápida, limpia, tal y como la había ensayado en su encierro en el baño.
—¿Estás segura?
Leire bajó la cabeza, y Pablo sostuvo su mentón entre los dedos, en un contacto tierno que a ella le pareció la caricia más romántica que le habían regalado hasta la fecha.
—No —repitió, con más firmeza—. Era una tontería de San Valentín.
Pablo asintió despacio.
—Me gustaría ver tus ojos cuando hablas conmigo.
Ella hizo acopio de valor, inspiró hondo y continuó con aquella farsa.
—No es mía. Alguien flipó bastante y se le fue la mano.
—¿Alguien?
—Sí.
—¿Y tú no sabes quién? —insistió intrigado.
—No lo tengas en cuenta. Fue un juego que se hizo en el grupo.
Pablo apoyó la mano en la barandilla, apretando ligeramente los dedos.
—Entonces lo del papelito que Ana te lanzó en clase…
—Era algo entre nosotras. Nada más.
—¿Nada más?
—Solo eso —insistió ella, con la voz más baja—. Ha sido una chorrada que todas hicimos para pasar un buen rato con vosotros.
Aquella afirmación fue como una pedrada lanzada a mala hostia contra su orgullo y, ¿su corazón?
Pablo soltó el aire por la nariz, conteniéndose para no herir a Leire, y sus iris verdes intentaron indagar en los de ella, como si esperaran algo más, una rectificación, una duda o cualquier cosa que contradijese esa versión tan cerrada que ella mantenía, pero no llegó.
A Leire se le cortó la respiración. Era incapaz de meter aire en los pulmones, porque le daban asco las mentiras y se acababa de convertir precisamente en lo que más odiaba en el mundo: en una mentirosa.
Porque en su cabeza, decir la verdad significaba exponerse a que él la tratase con distancia, con condescendencia o, peor aún, con lástima, como si ella o lo que sentía no fuera suficiente, y la idea de escuchar de su boca que nunca se fijaría en alguien como ella, teniendo a medio instituto yéndole detrás, le resultaba insoportable.
—Perfecto. Era curiosidad —se rindió él, y ella respiró cuando él se giró para continuar bajando.
—Bueno…
Leire pasó por delante de él con el pulso desbocado, bajando el resto de la escalera al trote, casi sin sentir los escalones bajo los pies.
—¡Leire! —la llamó antes de que se perdiera por el pasillo.
Ella se dio la vuelta, blanda como un flan, sin saber qué venía ahora.
—Esa carta es lo más bonito que me han dicho nunca, una pena que esa chica no sea lo suficientemente valiente como para dar la cara. Díselo.
Dos lágrimas que Pablo no apreció desde la distancia corrieron por las mejillas de Leire.
Ella se dirigió veloz hacia la salida, avergonzada, feliz y, a la vez, ahogada de dolor, porque había desperdiciado la ocasión de decirle a él lo que sentía.
Y Pablo tenía razón, su falta de valentía acababa de ser la tijera que cortó de cuajo el hilo que, sin que ella se hubiera dado cuenta, la unía a su estrella.
Él había entendido el poema y le había gustado. Pero ya no había vuelta atrás posible.
¿Cómo desdecirse y reconocer que le había mentido por miedo?