Rozar una estrella con la punta de los dedos Diez
29%

Diez

Pablo ni siquiera regresó con los chicos, que seguían junto a las canastas hablando y riéndose como si nada, porque, en cuanto María soltó el nombre de Leire sin pensárselo dos veces y vio a Ana quedarse blanca a su lado, entendió que aquello no tenía nada que ver con una simple broma de San Valentín como intentaban hacerle creer.

Y no se movió de allí en un buen rato, permaneciendo con las manos metidas en los bolsillos de los vaqueros y los ojos clavados en el lugar donde Leire conversaba con Lourdes sin enterarse de nada.

No sabía qué hacer. ¿Acercarse a decirle algo?

¿Reprocharle qué exactamente? Porque lo del poema, aunque le fastidiara admitirlo, en el fondo le había tocado la fibra.

Por otra parte, tampoco deseaba ir junto a los chicos a escuchar las bromas de siempre o a fingir que todo iba bien, así que, antes de que sonara el timbre, subió directamente a clase, con el pensamiento ocupado en una sola cosa que en ese instante no sabía cómo enfrentar, y no era otra que Leire.

Se sentó en su sitio, apoyó los antebrazos en la mesa, pequeña para su altura y, al cabo de un rato, notó una palmada en el hombro que le llevó a elevar la mirada, encontrándose con Santi.

—¿Dónde te has metido, tío?

—Por ahí, dando una vuelta —esbozó una sonrisa sobreactuada.

—Estás más raro que un filete con ojos. Tú sabrás lo que te ronda.

Pablo no respondió, y Santi, al ver que no entraba en el juego, lo dejó estar con un encogimiento de hombros, volviendo a lo suyo.

Mientras tanto, en el patio, Ana y María no se acercaron a Leire en los minutos que quedaban de recreo, porque las dos sabían que tenían que decirle lo que acababa de pasar, pero ninguna encontraba la forma de hacerlo sin que eso las perjudicara.

—Hay que decírselo —murmuró Ana, mordiéndose la uña del pulgar.

—Tú tienes más confianza con ella. Ve y sé valiente.

—Valiente soy, pero para arreglar las cosas cuando yo meto la pata, no porque tú seas una lianta.

—Ya.

—¿Esa es tu idea? —se indignó Ana.

María terminó de tragar el último bocado del dulce.

—Mi idea ya te la dije, y es que le cuentes lo de Pablo antes de que sea él quien le ponga la cara roja.

—Si voy yo se lo contaré todo —soltó la advertencia enarcando las cejas.

—Eres lo peor —farfulló.

—Y tú la que ha abierto la bocaza. Tía, tienes una boca como un albañal.

María se encogió de hombros.

—Alguien tenía que hacerlo.

El timbre sonó antes de que decidieran quién lo haría y cada una volvió a clase, segura de que sería la otra la que daría el paso.

Leire se sentó junto a la ventana, como siempre, dejando la mochila colgada del respaldo de la silla.

Se giró y sacó el cuaderno con movimientos automáticos, todavía con la cabeza en cualquier sitio menos en lo que estaba a punto de ocurrir, sin haberse dado cuenta de nada: ni de las miradas, ni de las sonrisas nerviosas de sus amigas, ni de la ausencia de Pablo en el patio.

Ana tardó unos minutos en decidirse, mirando alternativamente a la profesora y a Leire, hasta que arrancó una hoja del cuaderno, escribió deprisa y lo lanzó con un gesto disimulado que aterrizó en la esquina de la mesa de su amiga.

Leire lo miró con extrañeza, frunciendo un poco el ceño antes de abrirlo.

Tengo que contarte lo que ha pasado.

Levantó la vista buscando a Ana, que la contemplaba seria, sin esa expresión de «traigo cotilleo fresco» que se le ponía durante los intercambios de notitas.

Volvió al mensajito y escribió debajo, con una letra más pequeña de lo normal con la intención de dejar hueco para que Ana le contestara después. De sobra conocía que su amiga se explayaba en las explicaciones.

¿Qué es lo que pasó?

Lo dobló y se lo devolvió, y Ana lo recogió casi sin mirar, garabateando a toda prisa antes de lanzárselo de nuevo.

Cayó en la mesa, pero antes de que Leire pudiera cogerlo, una mano apareció sobre el papel, de manera inesperada, cortando la comunicación silenciosa.

—Veo que estáis de lo más entretenidas —la profesora arrugó la nariz en una mueca encantadoramente falsa.

Leire levantó la cabeza despacio, encontrándose con la profesora, que sostenía el papel entre los dedos y las miraba por encima de las gafas con suficiencia, al haberlas cazado en plena confesión de secretos.

—No, verá, yo… —balbuceó Leire.

—Si es tan interesante, seguro que no os importa compartirlo con todos.

Ana intentó decir algo, pero no llegó a tiempo. La profesora desplegó el papel, lo alisó sobre la mesa y leyó en voz alta.

— Tengo que contarte lo que ha pasado.

Algunas risas se escaparon por la clase mientras Leire sentía cómo el calor le subía por el cuello.

— ¿Qué es lo que pasó? —continuó.

El murmullo creció ligeramente. Y entonces, sin pausa, vino el remate:

— Él lo sabe todo .

Santi dejó escapar un «uy» por lo bajo que consiguió que el estómago de Leire pegara un salto.

La profesora se metió el papel en el bolsillo y se dirigió hacia la pizarra.

—Bueno. Si ya habéis terminado con esto tan interesante que hacíais, podemos continuar con la clase.

Leire no se lo pensó. Se levantó de golpe, haciendo que la silla rechinara estruendosamente contra el suelo.

—¿Adónde vas?

—Al baño. —No pidió permiso ni esperó respuesta.

Salió del aula con el pulso desbocado, notando cómo la cara le ardía y las miradas de todos se le clavaban en la espalda. Atravesó el pasillo, ignorando a los que se cruzaban con ella y sin querer pensar en lo que ocurrió allí.

En el aula nadie hizo ningún comentario al respecto. Pablo permanecía inmóvil, con la mirada fija en las fórmulas del encerado, y poco a poco fue dirigiendo la vista hacia el sitio vacío de Leire.

Era ella. Ya no le cabía ninguna duda.

Lo apresurado de su salida, la tensión en la expresión de Ana y el contenido del papel apuntaban a que María le había dicho la verdad.

Se pasó la mano por la nuca, tensando la mandíbula, mientras la profesora retomaba la explicación como si nada, sin que él pudiera volver a concentrarse en una sola palabra.

Leire no regresó hasta casi el final y, cuando lo hizo, entró cabizbaja y se sentó fingiendo prestar atención a la diatriba insulsa de la Bambi, con el cuaderno abierto y escribiendo palabras sueltas sin sentido, mientras la mente le vagaba muy lejos de allí, en un lugar en el que Pablo no fuera el chico estrella y ella no hubiera cometido el disparate de declararle sus sentimientos a corazón abierto.