Rozar una estrella con la punta de los dedos Nueve
26%

Nueve

—Supongo que el lunes no fue fácil —Vera estaba totalmente metida en la piel de cada uno.

—Llegó rapidísimo, tanto que no tuve tiempo de hacer ningún plan concreto para salir del embrollo en el caso de que algo saliera mal.

—¿Y él? Ahora mismo creo que Pablo tampoco sabría cómo reaccionar si llegaba a descubrir quién era la chica que lo admiraba en silencio.

—Tienes toda la razón. Ambos lo estábamos pasando igual de mal por diferentes motivos. Por lo que pude ver y por lo que Ana me contó esa tarde por teléfono, él también tuvo un día complicado.

Pablo llegó al instituto con la mochila roja colgada de un hombro, la camisa de cuadros atada a la cintura, y cara de pocos amigos, saludando a los de siempre con un gesto de cabeza, moviéndose en la rutina como cualquier otro día, y eso que parecía llevar fijada con chinchetas la necesidad de averiguar quién era la que le había dejado esa cosa rara correteándole por dentro.

Durante las primeras horas de clase estuvo más callado de lo habitual y se ciñó a responder cuando le tocaba. Sin embargo, era más que evidente que no estaba allí del todo.

En el recreo, sin pensarlo demasiado, decidió que ya estaba bien de tonterías. Tenía que preguntar, y a nadie mejor que a ella, que era la clara líder del grupo de las chicas de clase. Si alguien lo sabía, esa era Ana.

Salió al patio con los demás, pero, en lugar de quedarse con el grupo de siempre, buscó entre la gente hasta dar con las chicas.

Ana estaba apoyada cerca de la zona de siempre, con Claudia y Nerea, hablando de algo que parecía serio por la forma en que gesticulaba, pero cuando lo vio acercarse guardó silencio.

—Oye —se dirigió a Ana, deteniéndose frente a ella—. ¿Puedo hablar contigo de una cosa?

Ana alzó las cejas, sorprendida.

—¿Conmigo?

—Sí. Será solo un minuto.

Claudia y Nerea intercambiaron miradas de extrañeza.

—Uy. A ver qué quiere este ahora —susurró Claudia.

—Sí, claro. Dime —accedió Ana, apartándose de ellas sin quitar los ojos de encima a Pablo, en un intento de adivinar por dónde iban los tiros para poder anticiparse, y se alejaron unos pasos, lo suficiente como para no escuchar lo que decían las otras ni que las otras los oyeran a ellos.

Ana cruzó los brazos, teniendo clarísimo que no debía hablar de más.

—Tú dirás.

Pablo dudó un instante. Tomó aire y fue a lo importante sin rodeos.

—Lo de las notas del buzón.

Ana parpadeó, incrédula.

—¿Qué pasa con eso?

—Que necesito saber quién escribió una.

—¿Te crees que tengo una bola de cristal?

—Algo así.

—¿En serio?

—Sé que vosotras estáis en el ajo, solo que desconozco quién de vosotras exactamente.

—¿Para qué quieres saber eso? —lo enfrentó, desafiante.

Pablo se encogió ligeramente de hombros.

—Por saber.

—Era una broma —admitió, con una sonrisa de chulería.

—¿Cómo que una broma?

—Eso. Se nos ocurrió para lo del buzón y escribimos cosas sin más para todos vosotros. No es para tanto.

Pablo arrugó la nariz. Se estaba impacientando.

—Ya, pero una de ellas no es ninguna tontería.

Ana apartó la mirada, incómoda.

—Bueno, pues alguien se vendría arriba. No te rayes, tío.

—¿Quién?

—No lo sé.

—Sí lo sabes.

—Que no.

—Ana. Debes ser sincera. Es importante.

Ella suspiró, dejando caer los brazos.

—De verdad, Pablo, no te comas el tarro con eso. Es una chorrada de San Valentín. Olvídalo. Pasa página y ya está.

Pablo no se movió.

—No. No es ninguna coña, y no te dejaré en paz hasta que me lo digas.

Ana levantó la vista, sorprendida por el tono firme del chico.

—¿Cómo que no?

—¡Que no lo voy a olvidar, joder! —alzó el tono más de lo que debía, atrayendo la atención de quienes tenían más cerca.

Ana se mordió el labio, indecisa, mirando de reojo hacia donde estaban las demás, como si buscara una salida.

—De verdad que no es para tanto —insistió—. Era para reírnos un rato y ya está.

—Pues yo no me estoy riendo.

Antes de que pudiera decir nada más, una voz se metió en la conversación sin pedir permiso.

—Pues igual deberías. Estás más macizo cuando sonríes —expresó María con naturalidad al aparecer a su lado, con un triángulo de chocolate y crema en la mano, al que le dio un mordisco pequeño al tiempo que lanzaba a Pablo una de sus miraditas insinuantes.

—Estaba hablando con Ana, no te metas donde no te llaman.

—¿Qué pasa aquí? —preguntó, mirando de uno a otro.

—Nada —respondió Ana rápido.

—Sí pasa —la contradijo Pablo—. Que quiero saber quién escribió una nota.

María alzó una ceja, divertida.

—¿Y para qué?

—Para hablar con esa chica.

—¿Y si nuestra compañera no quiere hablar contigo?

—Que me lo diga ella misma entonces.

María dio otro mordisco al bollo, masticando con calma, como si se estuviera pensando si decir algo o no, aunque el modo en el que miraba a Ana dejaba claro que ya había decidido.

—Fue Leire.

Ana volvió la cabeza de golpe, a punto de sufrir un patatús.

—María…

—¿Qué? —replicó ella, subiendo los hombros—. Si tanto le interesa, ya tiene el nombre. Que vaya a buscarla.

A Pablo se le borró el color de la cara. Le parecía haber oído mal.

—¿Leire?

—Sí —asintió María—. Así que deja de dar la lata y vete a preguntarle a ella directamente.

Ana negó con la cabeza, claramente molesta.

—No tenías por qué decirlo.

—Claro que sí —respondió, sin perder la calma—. Si no, este pavo va a estar todo el rato dando vueltas por aquí para jodernos el recreo.

Pablo vio a Leire, que estaba un poco más allá, con Lourdes, hablando de algo que parecía no tener nada que ver con el asunto que a él le amargaba desde hacía unos días, ajena a la conversación que acababa de tener lugar a pocos metros.

María siguió hablando, como si nada.

—Además, si no te gustó lo que puso, lo mínimo es que puedas decírselo a ella en su cara, ¿no? Y si te gustó… — puso voz de niña mimosa, con una media sonrisa pícara—, pues también se lo dices.

Ana le dio un pequeño empujón con el hombro.

—Eres lo peor.

—Estoy intentando que a todas nos salgan bien las cosas.

Pablo soltó el aire despacio y comenzó a caminar hacia donde estaban las demás.

—No vayas a liarla, ¿eh? —le advirtió Ana, que no sabía cómo avisar a su amiga.