Rozar una estrella con la punta de los dedos Ocho
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Ocho

Pablo también estuvo raro en casa todo el fin de semana.

—Para el carro un momento —Vera levantó una mano, ya que esa introducción le chirriaba—. ¿Tú cómo sabes lo que hacía Pablo en su casa? ¿Le instalaste cámaras ocultas o qué?

Leire rompió a reír por la ocurrencia, pero entendió perfectamente la pregunta que su hija le planteaba.

—No. Estoy en plena reconstrucción de hechos.

Con los años, la memoria funciona de una manera extraña.

Hay cosas que recuerdas con todo lujo de detalles y otras que reconstruyes a trozos, como cuando haces un puzle y obtienes completa la imagen final.

Algunas piezas me las dieron las chicas con el tiempo; otras, el propio Pablo, mucho después.

Y luego estaban esas conclusiones a las que una llega sola cuando maduras y dejas de mirar ciertas historias con ojos de chiquilla de diecisiete años.

Digamos que fui atando cabos —añadió—. Y que hay cosas que ahora entiendo mucho mejor que entonces.

También te digo, que la mayoría las comprendí demasiado tarde.

Vera entrecerró los ojos, divertida.

—O sea, que estás rellenando huecos igual que hago yo en el programa para la que los oyentes capten bien el tema.

—Más o menos. Estoy intentando que tengas una visión completa, sí.

—Me encanta. Sigue.

—Estábamos con Pablo.

El viernes, cuando leyó aquella nota, experimentó algo que no se parecía en nada a lo que había vivido hasta entonces con otras chicas, y eso que Pablo había tonteado lo suficiente como para reconocer cuándo alguien coqueteaba con él por aburrimiento, porque simple y llanamente buscaba ser el centro de atención, o quería echarse unas risas.

A esas alturas ya sabía distinguir una indirecta de una apuesta entre amigas, por ejemplo.

Pero aquello era distinto, y no era solo por lo que decía la nota, sino por cómo estaba escrita, que la hacía diferente a las dos que encestó en la papelera.

Las otras dos cartas que había recibido aquel día tenían frases que habían sido copiadas de algunas de esas revistas que leían las chicas, y que se notaba a la legua que fueron escritas desde el cachondeo, como si quienes las enviaron estuvieran participando en la broma colectiva de dejar mensajes anónimos.

Sin embargo, aquella parecía escrita para soltar lastre y que el corazón pudiera caminar más ligero. Esas no eran cosas que uno le escribe a alguien con quien solo desea enrollarse un sábado. Eso Pablo lo entendió enseguida.

Intentó convencerse de que se le pasaría en cuanto tuviera el partido del sábado encima y volviera a centrarse en algo importante.

Pero no ocurrió. El runrún seguía ahí incluso durante el partido, entre las jugadas, los gritos del capitán y la bocina que marcaba el final de cada cuarto, como el soniquete de la canción del verano que repites mentalmente sin darte cuenta y se hace agotador.

Después de ducharse, ya solo en el vestuario con Santi, terminó lanzando el bote de gel contra los azulejos por pura frustración. El golpe resonó entre los azulejos blancos, tomando desprevenido a su compañero.

—¿Pero qué coño te pasa? —le soltó, sobresaltado.

Pablo se pasó ambas manos por el pelo mojado y resopló.

Lo que le desesperaba era sentirse atrapado en una especie de investigación absurda y adolescente.

Llevaba horas intentando recordar a quién le había visto aquella clase de libreta en el instituto.

Le daba mil vueltas a quién usaba bolígrafos de tinta rosa con brillantinas.

O, peor todavía, de qué compañera era aquella letra que le resultaba tan condenadamente familiar.

Porque sonar, le sonaba, y le traía loco la sensación sentir que estaba a punto de descubrir algo importante y no terminar de alcanzarlo nunca.

—Estás así desde ayer cuando repartieron los papeles esos de los enamorados. Suelta ya lo que decía la nota que no quisiste leer en alto, colega, que igual podemos hacer algo si te pusieron algo que te jodió —le aconsejó su amigo mientras terminaba de vestirse.

Pablo no respondió. Se sentó en el banco, con la toalla enrollada a la cintura y miró el suelo, sin más.

Lo peor era que no lograba asociarla a nadie concreto. Chicas había muchas, demasiadas, de hecho. En el instituto, en el barrio, en la pandilla…

Algunas le sonreían cuando se cruzaban con él por el pasillo.

Otras buscaban cualquier excusa para acercarse en los recreos.

Había quien gritaba su nombre durante los partidos con más entusiasmo del que lo hacían con el resto y luego estaban las de siempre: las que iban en grupo y lo miraban con disimulo.

Podía ser cualquiera, pero, al mismo tiempo, no terminaba de encajarle ninguna, y eso empezó a obsesionarle bastante más de lo que estaba dispuesto a reconocer ante nadie.

Concluyó que, más que descubrir quién era la autora, necesitaba aclararse a él mismo por qué le afectaba tanto. Podría haberla ignorado, pero ahí estaba, pensando machaconamente en lo mismo como un pardillo.

Por la tarde volvió a leerla en su habitación.

«Me conformo con mirarte desde lejos…»

Se detuvo un rato ahí. Comprendía la intensidad que había detrás de algo así.

La vulnerabilidad y la valentía de abrirse en canal a otra persona, dejando ver de forma tan evidente tus dudas y miedos.

Se sentía impotente al no poder ponerle cara a alguien que sentía por él algo tan grande.

Porque el anonimato le quitaba realidad a todo aquello y, al mismo tiempo, hacía que resultara todavía más intenso.

Comenzó a tramar planes en su cabeza para descubrir a la autora, considerando la posibilidad de pedirles los apuntes a chicas distintas para comparar la letra.

Una idea bastante ridícula, por cierto, porque se pasaría el resto del curso pidiendo apuntes a medio instituto, pero supongo que no vemos con objetividad cuando algo se nos mete entre ceja y ceja.

—Menuda paranoia… —murmuró para sí.

El domingo tampoco estuvo mucho mejor.

Intentó distraerse viendo la tele con su familia, ayudando en casa o saliendo a correr un rato, pero el pensamiento siempre regresaba al mismo sitio.

A media mañana se cruzó con Leire al volver de correr. Ella salía del taller de su padre.

Pablo pensó en detenerse y decirle algo que diera pie a una conversación que le apartara la atención del motivo de su tormento en los últimos días, pero al final siguió trotando y solo levantó la mano a modo de saludo.

—Adiós, Pablo —respondió ella con una media sonrisa distraída.

Lo que Pablo desconocía es que, desde el mismo instante en el que él recibió la nota en clase, Leire solo pensaba en cómo volverse invisible para no tener que enfrentarlo cara a cara.