Rozar una estrella con la punta de los dedos Siete
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Siete

El domingo se le hizo eterno a Leire desde que el coro de la iglesia parroquial de algún lugar que ya no recordaba la despertó.

—¿Me he perdido algo? —pestañeó Vera, sujetando a su madre de la muñeca para que detuviera la narración.

—No creo. Como te comentaba, los niños cantaban…

—Junto a la casa de los abuelos no hay ninguna iglesia, a no ser que se mudaran en aquellos años.

—No me dejaste terminar —acarició el dorso de la mano de su hija con la que tenía libre—. Escucha.

La abuela de Leire tenía la costumbre de sentarse los domingos en la sala a ver la misa en la televisión.

Como la pobre mujer no tenía el oído demasiado fino, cuando se le olvidaba colocarse el sonotone, le subía el volumen al máximo, por lo que despertaba a todos en la casa con los acordes de Alabaré, alabaré u otras por el estilo.

Aquella mañana, Leire sentía algo extraño por dentro.

Fue de la cocina al salón, de ahí a su habitación, abrió una revista que tenía sobre la mesa y la pasó sin leer realmente ninguna página; encendió la radio y la apagó a los pocos minutos porque no le interesaba nada de lo que ponían, hasta que su madre, que llevaba un rato observándola de reojo mientras preparaba la comida, entró en su dormitorio con la cuchara de madera en la mano, por cierto, y cabeceó, achicando los ojos, como si estuviera haciendo un esfuerzo sobrehumano por adivinar qué le ocurría.

—¿Se puede saber qué es lo que te traes, que no paras?

Por supuesto, no le iba a decir nada de la tontería que había hecho con las demás chicas ni lo que le había escrito a Pablo.

Pablo. Él era lo que le pasaba.

—Me aburro, solo eso —hizo un mohín, curvando los labios hacia abajo—. No encuentro qué hacer.

—Pues desabúrrete en otro lado, que me tienes nerviosa. Parece que tienes chinches en el culo, que no te estás quietecita en ningún lado. Ve a tomar el aire. —Le dejó esa orden con envoltorio de sugerencia antes de darse media vuelta para ir a darle una vuelta al sofrito.

Así, sin tener claro adónde ir, se puso sus vaqueros más cómodos, un jersey de lana rojo de los que la abuela Fernanda le tejía y cogió del perchero de la entrada una cazadora que la abrigase.

Se puso unos guantes de lana de lo más coloridos, porque el aire de esa mañana era gélido, a pesar de que su abuela siempre decía aquello de que en febrero busca la sombra el perro , y torció el gesto al ver los paraguas en el paragüero de latón de la entrada, al recordar que el sol lucía entre nubes.

La abuela también solía decirle que febrero era un traicionero que, por la mañana, secó a su madre al sol y por la tarde la apedreó .

Se llevó la mano a la cara, con gesto desagradable ante la imagen mental que le acababa de crear el refranero, y suspiró antes de coger el paraguas, por si la pillaba la lluvia.

Durante su paseo, sin rumbo concreto, agradeció que el frío de la calle le despejara un poco la cabeza.

Se cruzó con un par de conocidos y, al llegar a la altura de la casa de Luisa, la escuchó, a través de la ventana de la cocina, cantando una copla que sonaba en la radio que tenía encendida.

Luisa era una de las que le ponían banda sonora al barrio, haciendo los quehaceres de buen ánimo.

Intentó no pensar en ello, pero era imposible no volver, una y otra vez, al viernes y después al sábado, al poema, al partido y a Pablo.

Y, de alguna forma que no alcanzaba a comprender, también a Rafa.

Giró en una esquina casi sin darse cuenta y siguió bajando hasta la zona de las naves, donde estaba el taller de su padre, un sitio al que había ido mil veces desde pequeña, descubriendo de mayor que no estaba tan lejos como se le figuraba cuando era una niña y todo se le hacía un mundo.

Desde lejos vio la puerta entreabierta.

Frunció el ceño, con curiosidad, porque aquello no tenía mucho sentido un domingo, y más cuando su padre salió temprano para ir a la sierra a buscar espárragos, que era uno de sus pasatiempos favoritos en esos días invernales en los que, tras las lluvias, calienta el sol, y fue acercándose al local.

—¿Papá?

Su voz retumbó en el interior.

No obtuvo respuesta. Entró, paraguas en mano, dispuesta a presentar batalla contra el intruso si fuera necesario. Sin embargo, más que Juana de Arco parecía una tortuga ninja, por el verde de su cazadora, en plena concentración antes del ataque.

Se relajó al ver que era Rafa quien se encontraba allí, agachado junto a una moto, completamente concentrado en lo que hacía, con las manos sucias de grasa y la camiseta pegada al cuerpo en algunas zonas, terminando de ajustar la rueda delantera de una Vespa amarilla que brillaba bajo la luz blanca del fluorescente, como si acabaran de sacarla de una tienda.

Dejó lo que había pretendido usar como arma de defensa junto a la mesa de trabajo y se apoyó en una de las columnas, con los brazos cruzados, sin quitarle ojo a lo que hacía el chico.

—¿Qué haces aquí, Rafa?

Él levantó la cabeza de golpe, ya que no esperaba ver a nadie, y frenó en seco, con cara de quien ha sido pillado en algo, antes de relajarse al reconocerla.

—Hostia… me has dado un buen susto, enana.

—Pues anda que tú —respondió ella, entrando ya del todo—. ¿Desde cuándo se trabaja en domingo?

Rafa se limpió las manos en un trapo, sin dejar de mirarla.

—No trabajo. Bueno, la verdad es que sí, pero no.

—Oh. Estupendo. Eso me lo aclara todo —ironizó, negando con la cabeza, ante lo que él sonrió con chulería, un poco incómodo.

—Es de un colega de tu padre. La tenía parada desde hace tiempo y le dije que me la dejara, que le echaba un vistazo, sin más. A tu padre le pareció buena idea.

Leire se acercó despacio, rodeando la Vespa con curiosidad, fijándose en los detalles, en el brillo, en lo bonita que era.

—Es chulísima.

—A que sí. El hijo se compró un coche y la moto quedó arrinconada en el garaje.

—Parece nueva.

—La dejaré aún mejor. No es por fardar, pero tengo unas manos increíbles —se las mostró, grandes y sucias.

Leire pasó la suya por el asiento, y su sonrisa se ensanchó, embobada en lo que tenía delante.

—Me encanta. Es una pasada.

Rafa terminó de ajustar la rueda, comprobó que estaba bien firme y se levantó despacio, estirando un poco la espalda.

—¿Quieres subir? Podemos dar una vuelta.

—¿Ahora? —pestañeó, descolocada.

—Claro, ¿cuándo, si no? ¿Cuando vengan y se la lleven?

—No sé.

—Venga, hay que agarrar las oportunidades cuando se nos presentan —la afirmación de Rafa le sonó a consejo del Nuevo Vale.

Sintió un pequeño toque en el brazo, de confianza. Rafa tenía razón, se dijo contemplando la moto otra vez, como si necesitara convencerse.

—Vale, pero si me caigo es culpa tuya.

—No te vas a caer.

Se acercó y pasó la pierna por encima con cuidado, sentándose en el asiento, primero rígida, sin apoyar del todo el peso, hasta que terminó acomodándose.

—¿Así?

—Así. Arranca y date una vuelta por el taller, que quiero comprobar cómo suena.

—¿Estás flipado? Yo no sé llevar una moto. Mi sueño es tener una, pero tendría que aprender primero a…

—Échate para allá —sacudió la mano, acortando la distancia entre ellos.

Ella se fue a bajar, pero él la detuvo, sujetándola por la cintura, y a Leire se le cortó la respiración.

—Espera, espera, mamá. Esto es nuevo. Necesito saber qué pasó ahí —Vera, ojiplática, se arrodilló en la cama clavando sus ojos en los de su madre, que compuso un pícaro mohín ante el que su hija rio de manera escandalosa—. ¿En serio?

—Si me dejas continuar…

Vera se enderezó y adoptó actitud teatrera, lo que preparó a Leire para lo que estaba por venir.

—Rafa, Rafa —comenzó—. En ese momento Vespa, ¿qué le dijiste, mamá? ¡Ya lo sé! Algo así como: Nene, deberías llamarte plot twist , porque eres el giro que necesitaba mi libro.

Leire la sujetó del brazo, haciendo que volviera a sentarse a su lado.

—No seas pava. No pasó nada, o casi, porque recuerda que «mi amiga» estaba pillada por Pablo.

—Sigue. Íbamos por lo de chico abraza a chica y ambos flipan, se flechan y suena Love Story .

—Ya te vale —negó con la cabeza, animada, por las ocurrencias de su hija.

Leire tomó un poco de aire, regresando a aquel día.

Ella se echó un poco hacia atrás y Rafa subió delante, sujetando el manillar.

—Vamos a dar una vuelta por aquí. Por algo hay que empezar.

—Ya —Leire apoyó las manos a los lados, notando el frío del metal, y miró al frente.

—La gente, cuando va de paquete, se suele agarrar al cuerpo de quien tiene delante para no caerse y tal —la informaba él, todo solemne y, a la vez, ¿cortado?

—Lo siento —corrigió su error, rodeándole la cintura con sus brazos.

Fue ahí cuando se dio cuenta de que el cuerpo de Rafa era como aquellos que veían en los pósteres de las revistas, y tragó saliva.

Dieron un par de vueltas por el taller y luego se detuvieron en el mismo lugar. Él no hizo ademán de bajarse, y ella permaneció allí, pegada a su espalda, respirando agitada sin saber por qué.

—Ha sido como en las pelis —balbuceó ella.

—¿Qué pelis?

—Las antiguas que me gustan. Esas en las que salen chicas con gafas grandes, pañuelo en la cabeza y todo eso.

Rafa sonrió al ver la mirada soñadora de Leire a través de uno de los espejos.

—Ya sé cuáles dices.

—Yo siempre he querido hacer esto.

—¿El qué exactamente?

—Ir en una Vespa por la costa.

—¿Por aquí? Huelva no está lejos.

—No.

Negó con la cabeza, convencida.

—Por Italia.

—Claro, ya puestos…

—En serio —insistió ella, buscando sus ojos oscuros en el retrovisor—. Por la costa amalfitana, con el mar al lado, el viento suave y una buena música de fondo.

—¿Qué música?

Leire dudó, buscando algo concreto.

—Algo italiano… no sé… una tarantela o algo así —gesticuló, separándose del chico.

—Te pega bastante ese rollo.

Leire notó cómo se le escapaba una sonrisa sin querer.

—¿A que sí?

—Totalmente. Esa imagen es muy Lei.

Durante un instante se quedaron en silencio, sin moverse, con esa sensación rara de no saber bien qué estaban haciendo.

Leire bajó finalmente de la Vespa con cuidado, abrochándose la chaqueta para poder recomponerse.

—Ha molado bastante —le confesó al fin.

—Yo siempre tengo buenas ideas —presumió él, y ella le dio una palmada en el hombro.

—Qué modesto.

Rafa bajó y fue a coger el trapo para limpiar el manillar, como si no hubiera pasado nada especial.

—Cuando la termine, le daré caña en serio.

Leire respondió con un arrojo que desconocía que poseía.

—Pues llámame.

Rafa alzó una ceja, divertido.

—¿Para qué?

—Para que me lleves.

¿Acababa ella de decirle eso? ¿A Rafa? ¿Se estaba volviendo loca?

—Ya veré.

Leire negó con la cabeza, sonriendo.

—Serás idiota.

—Y tú una enana. Quizás te llame cuando crezcas —le dedicó un guiño al que solo le faltó ir seguido por el sonido de la campanita que sonaba cuando lo hacían los guaperas de las series de televisión que veía.

—Nos vemos —se despidió, con un gesto de la mano, al que él respondió asintiendo levemente.

Y en ese preciso momento, sin tener nada claro, Leire notó que la cabeza dejaba de darle vueltas a lo de siempre, como si, por primera vez en todo el fin de semana, algo distinto hubiera conseguido colarse entre todos esos pensamientos que no la habían dejado tranquila desde el viernes.