Rozar una estrella con la punta de los dedos Seis
18%

Seis

El partido del sábado acabó y ya está. Les dio un poco de bajón, pero en esa ocasión a los chicos les tocó perder.

No hubo canastas de tres puntos sobre el pitido final ni aplausos atronadores que retumbasen bajo el techado de chapa del pabellón del polideportivo municipal.

Los chicos recogieron la pelota y se fueron, saliendo de la pista cada uno con el pensamiento puesto en su parte de responsabilidad.

Estaban verdaderamente fastidiados, porque esa tarde las cosas no habían salido como esperaban.

—Lo que cuentas me acaba de recordar a la típica escena de serie americana —interrumpió Vera, levantándose para ir en busca de una botella de agua que tenía sobre la estantería del dormitorio—. ¿Qué veíais en aquellos años? —se interesó, desenroscando el tapón para darle un sorbo.

—No te sabría decir exactamente. Por aquellos años me acuerdo de Salvados por la campana , Las gemelas de Sweet Valley o Sensación de vivir .

Series de adolescentes en instituto. Aunque el nuestro no era tan movido.

Ve a la cocina y me traes un vaso, por favor —señaló con la mano la botella—, que tengo la garganta más seca que el esparto con tanto parloteo.

A solas en el cuarto de su hija, Leire recordó cómo fue el partido y que ella estaba en la grada con las demás, frotándose las manos para entrar en calor, sin distinguir si era por el frío o por los nervios que había pasado durante el encuentro, porque lo habían tenido cerca en varios momentos y, aun así, no había terminado de salir nada bien.

—Tu agua. —Vera le tendió el vaso y Leire le dio un par de pequeños sorbos—.

Ahora mismo estabas bastante lejos de aquí —observó la chica, volviendo a sentarse junto a su madre—.

Continúa por donde ibas, que no quiero perderme nada.

Esta parte es nueva y me interesa —alzó las cejas en una mueca simpática.

—Habían perdido. Sin desastre, pero sin excusas. Y se notaba en cómo salían los chicos.

Y en Pablo, que apenas levantó la cabeza en todo el último cuarto, como si ya supiera que aquello no iba a arreglarse en los minutos restantes.

Cuando bajaron de la grada, Ana empezó a hablar de cualquier cosa para desviar la atención, como hacía siempre cuando algo no le gustaba del todo; Claudia se quejaba del frío y Nerea decía que se moría de hambre, pero Leire iba un poco más callada, mirando de vez en cuando hacia la pista, buscando sin quererlo la figura de Pablo entre los demás.

No lo vio salir. O no se dio cuenta.

Tiempo después, cuando él le habló de ese partido, a Leire no le costó imaginar esos momentos en los que finalizaba un partido y todos daban su opinión, formando un barullo en el que la decepción se liaba con los reproches para acabar disipándose al pensar en el siguiente encuentro.

Según lo que escuchamos a los chicos a la salida, Pedro, por lo visto, fue el primero en empezar a echarse cosas en cara.

—Es que no puede ser, tío. Fallé los dos libres más tontos del mundo. Si los hubiera metido, las cosas habrían salido de otra forma.

Y Manu, desde el otro lado, sin darle demasiada importancia, decía:

—Claro. Y si yo midiera dos metros, estaría en la NBA.

Luego Santi, como siempre, ponía la puntilla con sus comentarios:

—Para eso, primero tendrías que jugar bien, porque lo haces de puta pena. De nada te valdría medir dos metros —soltó una carcajada y le dio con la toalla en el culo al pasar por detrás de camino a la ducha.

Pablo se sentó sin más en el banco de madera, sin hablar con nadie, con los codos apoyados en las rodillas mientras se desataba las zapatillas despacio, como si no tuviera ninguna prisa en hacer lo siguiente.

—Hoy has estado fino, ¿eh, Vega? —Le espetó Joaquín. Y no iba en broma.

—Gracias por el apunte. No me había dado cuenta.

—Te has fumado tres tiros tú solo… y uno debajo del aro.

—Ya lo sé.

Cuando respondió eso, se encogió de hombros, pero no sonaba a alguien a quien le diera igual.

—¿Qué te pasa hoy? Estabas empanado —Rober se sentó a su lado y le puso la mano en el hombro.

—Nada.

—Nada mis cojones.

—¡Espabila, Vega! —Santi le lanzó el tapón del gel desde la entrada de la ducha, y Pablo lo cogió al vuelo.

—He tenido un mal partido. Ya está.

Eso fue lo que afirmó, pero él sabía que no era solo eso, ya que, mientras los demás hablaban, se cambiaban y formaban bulla como siempre, él no podía dejar de pensar en el papel.

Leire no estuvo allí para verlo, pero sí para notar lo que vino luego.

Porque cuando salieron del pabellón y se juntaron todos en la puerta, ya vestidos y con el frío de la tarde helándoles las manos, el ambiente era otro.

No había enfado y, a pesar de eso, también era evidente que todos se acordaban de lo que había sucedido en la cancha.

—¿Vamos al bar? —propuso Pedro, ajustándose la chaqueta—. Que tengo sed.

—Y yo hambre —añadió Santi.

—¿Tú con ganas de comer? ¿En serio? Qué raro. —ironizó Manu.

—Soy de estómago grande, joder —Santi le dio una colleja a Manu, que echó a correr tras él por la calle.

—Mira los dos gilipollas estos. Ahora van a correr lo que no han corrido en el pabellón —Rober entornó los ojos y resopló.

Leire iba con las chicas, pillando solo a medias lo que decían y metiendo alguna frase de vez en cuando, pero con la atención dividida, porque cada cierto tiempo notaba que Pablo pasaba cerca, que se adelantaba para hablar con alguien o que volvía a quedarse atrás, y se veía incapaz de decidir si acercarse a decirle algo o no.

El Límite comenzaba a tener ambiente a esa hora, con el murmullo de las conversaciones que pujaban por elevarse sobre la música, el olor de la fritura de los aperitivos y una mesa de billar al fondo que ya tenía a un par de chavales apoyados esperando turno.

Pidieron refrescos, algún que otro botellín de Shandy, y se repartieron entre la barra y la mesa alta de siempre, dejando los chicos las mochilas de deporte en el suelo sin preocuparse demasiado por los manchurrones con los que regresarían a casa.

—¿Echamos una? —propuso Pedro, señalando el billar.

—Vamos —se sumó Joaquín.

—Yo paso —negó Ana—. Estoy muerta.

—Ni que vinieras de jugar —la pinchó Santi.

—Es demasiado trabajo animar a un equipo tan malo —se metió Nerea en la conversación y le dio un trago a su cerveza sin terminar la frase.

Las bolas empezaron a chocar al poco, ya que, como mayores que eran, habían conseguido espantar a los chavales que esperaban allí su turno, y Manu y Santi comentaban el partido entre risas.

—Si llego a meter esa, todo habría sido distinto —se lamentaba Rober, volviendo a sacar el partido a colación.

—No la metiste y ya está, deja de dar la matraca, colega —respondió Manu, alzando la voz.

—Porque me empujaron.

—Claro. A ser malo, ahora se le llama ser empujado.

Leire estaba apoyada en la barra, con el vaso entre las manos, presente sin intervenir, mirando de vez en cuando hacia el billar, donde Pablo se unía al equipo de Santi para la siguiente partida.

Fue entonces cuando se abrió la puerta del bar y entró Rafa, con ese aire de chico malo pero de gran corazón que le precedía, aunque esto segundo lo mostraba en contadas ocasiones y solo a los que le interesaban.

—Mira quién viene —Ana levantó la mano para saludar a su hermano y Leire giró la cabeza.

Rafa cruzaba el local con paso tranquilo, chocando algunas manos a su paso, hasta que los vio.

—Hombre —habló Pedro—. ¿Qué pasa?

Rafa levantó la barbilla a modo de saludo.

—¿Qué hacéis por aquí? ¿Celebrando la derrota, perdedores?

—No vayas de sobrado, que ya te quisiera ver yo… —se acercó Manu.

—Te recuerdo que fui capitán del equipo de fútbol sala, y era un equipo que solía ganar. ¿Algo más que te gustaría ver?

—Qué cabrón —masculló, apretando el puño, sacando una carcajada a Pablo.

Sin detenerse más con ellos, se aproximó a la barra para pedir su cerveza, recorriendo a Leire de arriba abajo con aquella mirada matadora de un negro profundo.

—¿Qué pasa, Lei?

En su cara se dibujó una sonrisa instantánea, sincera, fácil, y Leire le correspondió sin darse cuenta.

—Nada, aquí.

—¿Has visto el partido?

—Sí.

—Ha sido bastante desastre, o eso dicen por ahí, ¿no?

—Un poco —respondió ella.

Ana resopló.

—Un poco dice.

Rafa se apoyó un momento en un taburete, como si fuera a quedarse allí, pero alguien desde la zona del futbolín levantó la mano para llamarlo.

—Cuídate, enana —alborotó el pelo de Leire a la salida, sabiendo que eso la hacía rabiar.

Ella siguió sus pasos hasta que llegó junto a los otros chicos, a los que saludó con un abrazo, con sus correspondientes palmaditas en la espalda.

—María se lo pierde por marcharse a casa tan pronto —comentó Claudia como si nada.

—Ya ves —se encogió de hombros Ana.

Pero Leire no captó el comentario de sus amigas en aquel momento, porque su atención seguía fija en el billar.

—Vega, te toca ahora a ti. A ver si lo haces mejor que en la pista —lo picó Santi cuando los otros terminaron su turno.

Pablo se acercó a la mesa, apoyó el taco y golpeó la bola sin pensarlo demasiado, metiendo una de casualidad.

—Oye —se dirigió a él Pedro—. ¿Sigues rayado o qué?

—No, ¿por?

—Pues lo parece.

—Se te nota cantidad —añadió Santi.

—Que no. Al final vais a rayarme vosotros, joder. Vamos a jugar, que para eso hemos venido —exclamó sin sonar convincente.